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Los labios de Jonas sobre ella, la ardiente y húmeda caricia de su boca en los pechos y el sutil tirón en los pezones que pareció propagarse hasta alcanzar un lugar en su vientre, le provocaron unas nuevas sensaciones: deliciosas, inimaginables, ilícitas, adictivas… Crecientes.

El calor de las manos de Jonas, de sus labios, le enviaba unos hormigueos imparables por todo el cuerpo, que crecieron cada vez más hasta que pareció como si un río, una corriente de deseo caliente la inundara por completo, haciendo que consintiera, que se centrara en sus sentidos y se deleitara en las llamas sensuales que la consumían.

Que la abrumaban sensualmente. Como un nuevo, atractivo y excitante señuelo, un cebo para su alma temeraria. Pero aunque se había permitido a sí misma dejarse arrastrar por la marea de placer que él evocaba en ella, no podía dejar de preguntarse por la facilidad con que se había entregado a él por completo.

No podía evitar preguntarse de una manera lánguida y perezosa por qué lo hacía.

Sólo sabía que cuando estaba con Jonas, envuelta entre sus brazos, se sentía confiada, segura y a salvo.

Protegida incluso de él. En completa libertad para explorar… eso.

Eso que había crecido y florecía entre ellos.

Era algo más que él, que ella, era algo que los cautivaba y los dirigía. Que exigía y ella tenía que dar. Que le llegaba a través de él y que Em aceptaba; eso era lo que parecía.

Y, en ese momento, ella sólo podía seguir adelante, aceptarlo y dejar que la controlara y guiara. Em conocía lo básico, la teoría, pero no conocía lo suficiente de la realidad física para tomar las riendas.

Así que esperó…, y cuando él se detuvo para observaría en medio de sus jadeos entrecortados, buscando su mirada, ella lo alentó a seguir. Había algo infinitamente precioso, atrayente y encantador en la manera en que él le preguntaba sin palabras, mientras esperaba a que ella le hiciera saber lo que deseaba.

Así que Em se lo hizo saber. Con los pechos ruborizados y húmedos, calientes, hinchados, tensos y puntiagudos, ardiendo hasta límites insospechados por sus expertas atenciones, ella respiró hondo y emitió un «por favor» con un doloroso jadeo. Luego aguardó a ver qué sucedía a continuación.

Esperó, conteniendo el aliento, a ver lo que él iba a hacer. Para descubrir en qué nuevo placer la iniciaría.

Los labios cíe Jonas regresaron a los suyos, capturándolos en un beso profundo, sumergiendo su mente en un torbellino de sensaciones.

Cuando sintió que él aminoraba la intensidad del beso y notó su mano en la rodilla desnuda, se dio cuenta de que Jonas había estado distrayéndola. Sintió que la palma subía lentamente por la sensible piel del interior del muslo, acariciándola manifiesta e implacablemente hasta más arriba, donde se unían el muslo y la cadera. Con la punta del dedo, Jonas siguió el pliegue de piel hacia donde los suaves rizos le cubrían el sexo. Luego subió la mano y le alzó las faldas todavía más para poder seguir el pliegue del otro lado hasta el interior, donde le acarició los rizos con el dedo.

Jonas rompió el beso. Ella abrió los ojos y, entre las pestañas, lo vio bajar la mirada para observar cómo le acariciaba ligeramente los rizos.

Em cerró los ojos y oyó sus jadeos entrecortados mientras se balanceaba al borde de algo desconocido, aguardando. Estaba sentada sobre la cama, apoyada en los brazos, con las rodillas abiertas, las faldas recogidas sobre las caderas y los pechos al descubierto, y en todo lo que podía pensar era en el ardiente latido de la suave carne entre sus muslos.

Y en qué podría aliviarlo.

Cuando Jonas deslizó los dedos más abajo y la tocó allí, Em sintió que el mundo se estremecía a su alrededor. Él la acarició, tanteando, explorando una y otra vez los pliegues resbaladizos e hinchados. Tocándola con dedos hábiles y expertos, hasta que ella se mordió el labio inferior para contener un gemido, hasta que, impotente, movió las caderas desasosegadamente, separando todavía más los muslos, suplicando que continuara acariciándola, que continuara excitándola.

Jonas volvió a cubrirle los labios con los suyos y le dio lo que pedía. Capturando sus labios hambrientos, él jugó y se burló de ella antes de volver a conquistar su boca mientras, entre sus muslos, dibujaba círculos en su entrada con uno de sus largos dedos antes de introducirlo dentro. Ella se tensó ante esa nueva intrusión, pero Jonas continuó penetrándola lenta e implacablemente con el dedo, hasta que éste quedó profundamente enterrado en su interior.

Mareada, ella interrumpió el beso, respiró hondo y contuvo el aire al notar que él movía la mano, buscando y acariciando con el pulgar el brote sensible que se escondía bajo los rizos.

Em jadeó y se tensó, pero él continuó moviendo la mano en aquella íntima caricia, sin dejar de acariciarle el tenso brote con el pulgar. Entonces, Jonas retiró el dedo con el que la llenaba, sólo para volver a sumergirlo en el interior de su resbaladiza funda. Levantó la cabeza y volvió a besarla, imitando con la lengua el movimiento de su dedo, llenándole la boca con ella una y otra vez.

Conduciéndola a lo alto de un pico de creciente tensión, de creciente calor.

Cada empuje del dedo en su funda, cada apremiante caricia de su pulgar, alimentaba ese fuego y la palpitante excitación que corría por sus venas, envolviéndola en unas intensas sensaciones que la hicieron arder, quemarse, alimentando el vacío horno que había surgido en su interior, hasta que las llamas fueron ensordecedoras y fundentes.

Hasta que el calor blanco e intenso que emitían se hizo insoportable.

– Deja que suceda -murmuró él contra sus labios, interrumpiendo el beso-. Déjate llevar.

Con los ojos entrecerrados, Jonas observó cómo ella se balanceaba en la cima, al borde del orgasmo. Em tenía la piel húmeda, los labios hinchados y separados y la respiración jadeante. La joven luchaba contra los estremecimientos sensuales, intentando contener las oleadas de placer que él provocaba en ella, el éxtasis que amenazaba con arrebatarle el sentido.

Jonas imaginó que la primera vez sería sorprendente para ella. Asombroso, maravilloso, algo nuevo e incomprensible. Se concentró en asegurarse de que Em alcanzaba el éxtasis, en que deseara volver a sentir aquel intenso placer. Movió la mano y presionó más profundamente en su apretada funda; acariciándola con firmeza, entonces, la rozó con el pulgar y la llevó al borde del…

Ella cayó con un grito suave.

Jonas observó el goce que atravesó los rasgos de Em mientras sus músculos internos ceñían el dedo invasor, mientras su vientre se tensaba y palpitaba. Las oleadas de la liberación de la joven retrocedieron lentamente, la tensión se desvaneció poco a poco y ella se relajó con un suspiro de placer.

Él esperó, saboreando el momento, y luego retiró la mano de entre sus muslos. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para apartarse del borde de la cama y bajarle las faldas. Le colocó las manos en la cintura, se inclinó sobre ella y le dio un largo y profundo beso, luchando por ocultar su ansia, la necesidad que le corroía, el deseo no saciado que pugnaba por alcanzar la liberación.

Jonas sabía lo que quería, lo que su dolorido cuerpo ansiaba, pero dado que ése había sido el primer contacto de Em con el paraíso, no podía seguir sin llevar las cosas demasiado rápido y demasiado lejos. No, él no podía apresurarla; quería que Em le deseara también con la misma certeza incondicional, con la misma innegable necesidad y, sobre todo, por la misma razón que él la deseaba.

Se prometió a sí mismo que daría el siguiente paso cuando llegara el momento adecuado y, con una renuencia imposible de ocultar, apartó los labios de los de ella.