Esto último hizo que Jonas se quedara sin aliento y que le diera vueltas la cabeza. Hizo que le fuera más difícil mantener el control de su coito, en especial cuando ella parecía querer arrebatárselo. Habiéndose comprometido en el interludio, resultaba evidente que Em no veía ninguna razón para andarse con inhibiciones. A Jonas no le sorprendía ni le escandalizaba que la joven se lanzara de cabeza en aquella intimidad, en el ansioso y entusiasta deseo, incluso más ávida de experimentar, de aprender, de saber más.
En especial sobre él. Las manos de Em parecían tener vida propia, deslizándose sobre el pecho de Jonas, sobre sus hombros y más abajo aún para acariciarle las nalgas y los muslos. La joven extendió los dedos y pareció imprimirlos sobre sus sentidos. Jonas no podía ni quería desalentaría, más bien al contrario, pero el efecto de aquella caricia exploradora le hacía tambalearse.
Le hacía rendirse y hacer cualquier cosa que ella quisiera, como deseara, sin tener en cuenta su propio deseo.
Sin tener en cuenta ninguna experiencia anterior.
Que Em pudiera reducirle a tal estado con la deliciosa presión de su cuerpo, con la sensual percepción de sus curvas, de sus flexibles extremidades, de su suave piel femenina ondulando debajo de él mientras sus tersas manos extendían un fuego ardiente sobre su piel, le hizo recuperar un poco la cordura, lo suficiente como para volver a centrarse en la realidad de que un largo compromiso no era la mejor opción para Em, ni para él, no después de esa primera vez.
La besó con más firmeza, deslizando la lengua en su boca y reclamando su ternura y su atención. Usó la momentánea distracción para bajar su cuerpo hacia el de ella mientras resistía el sutil atractivo de los pechos femeninos contra su torso, que servían de almohada a su pecho. Luego se hundió por completo en ella y atrapó sus manos indagadoras, engulléndolas con una de las suyas, para sujetarla y guiarla.
Para conducirla a un ritmo constante por el camino de la liberación.
El ritmo de ese primitivo baile iba in crescendo, hasta que ella se contorsionó debajo de él, implorándole provocativamente con su cuerpo, incitándole de una manera elocuente. Em llevó la mano libre a la mejilla de Jonas y le acarició la mandíbula. Luego le besó, utilizando labios y lengua para transmitirle una feroz y patente exigencia, una tan poderosa y explícita que tenía todas las probabilidades de hacerle perder el control.
Y de repente, se vieron envueltos en calor y llamas, se contorsionaron juntos, forcejeando con sensual abandono, esforzándose, presionando, deseando, aferrándose, hasta que finalmente se quedaron sin aliento y juntos subieron hasta la cima.
Para caer por el precipicio. El la hizo volar con un último envite. Ella se agarró a él y le arrastró en su clímax.
En ese momento un placer indescriptible, una sensación explosiva, un sentimiento blanco y puro que les dejó ciegos.
Una emoción que, sin precedentes para él, le hizo sentir un cálido torbellino en el corazón.
Por un instante definido estuvieron atrapados, abrazados, suspendidos en ese momento de cristalina claridad.
Entonces cayeron. Desaparecieron las brillantes sensaciones mientras descendían vertiginosamente de vuelta a la tierra, seguros en los brazos del otro, unidos mientras se mantenían a flote entre las oleadas doradas que les envolvían y arrastraban.
CAPÍTULO 13
Em se movió y se preguntó por qué las sábanas eran tan ásperas.
Con los ojos todavía cerrados, frunció el ceño, incapaz de recordar por qué se había acostado desnuda sin ponerse el camisón. ¿Cómo era posible que estuviera desnuda?
Entonces percibió el calor -y el cuerpo del que éste emanaba-, y la sensación la envolvió por completo.
No eran las sábanas de su cama lo que le rozaba ásperamente la sensible piel.
La conciencia, y luego los recuerdos, asaltaron su mente. Con un grito ahogado abrió los ojos, confirmando la conclusión de sus sentidos. Aquellos recuerdos no eran sólo un sueño.
Estaba tumbada boca arriba en la cama con Jonas tendido boca abajo a su lado. Clavó los ojos en el brazo musculoso y velludo que le cubría los pechos; luego desvió la mirada hacia la larga y enorme figura -decentemente oculta bajo la sábana- que estaba tumbada a su lado, con un pesado muslo desnudo cubriendo el de ella.
¿Realmente…?
Sí, lo había hecho. Había invitado a Jonas Tallent a meterse en su cama, en su cuerpo. Si no recordaba mal, él la había seguido hasta su habitación en medio de una fuerte discusión. Aunque ahora no podía acordarse de por qué habían discutido. No podía recordar qué era lo que había provocado que ella se lanzara directamente al vacío. Sólo recordaba con sorprendente nitidez todo lo que había sucedido a continuación, todas las exploraciones posteriores, todo lo que él le había enseñado, todas las increíbles sensaciones que había experimentado.
Recordaba todas esas cosas hasta el último detalle.
Parpadeó y se dio cuenta de que habían pasado muchos minutos mientras se recreaba en aquello que ellos habían hecho.
Lo que era comprensible. Pero ¿y ahora qué?
Después de haberle invitado a meterse en su cama, ¿cómo obligarle a salir?
No conocía la etiqueta a seguir, pero asumía que debería acompañarle hasta la puerta de alguna manera. Lo que estaba claro era que él no podía quedarse en su habitación hasta la mañana siguiente.
¿Qué hora era? Había un pequeño reloj sobre una cómoda que estaba contra la pared al lado de la cama. Em entrecerró los ojos para poder ver la hora, pues obviamente no podía alargar las manos y…
– Es algo más de medianoche.
Las roncas palabras le retumbaron en el oído, sobresaltándola. Placiendo que sus nervios, que su piel, crepitaran de excitación. Haciendo que volviera la cabeza hacia él.
Jonas había girado la cabeza sobre la almohada para observarla. Seguía tumbado a su lado. La luz de la luna que caía sobre la cama era suficiente para que Em le viera los rasgos, pero los ojos masculinos seguían siendo dos lagos oscuros y ella no podía leer su expresión.
Podía verle los labios, curvados en algo que parecía una sonrisa de profunda satisfacción. Una que rayaba en la arrogancia.
Em habría fruncido el ceño, o por lo menos lo habría intentado, pero él movió el brazo y le rozó con el dorso de los dedos el lateral de un pecho. Un sobresalto diferente la atravesó, un recuerdo traidor que la hizo estremecer de ansiedad. Aunque siguió con la mirada clavada en la cara de Jonas, toda su atención se centró en la mano masculina, en los dedos indagadores que buscaban y acariciaban, lentos y cuidadosos, hasta que ella casi se retorció con renovado placer, con creciente expectación.
Em se humedeció los labios y observó que él se los miraba fijamente.
– ¿No deberías marcharte ya? -se obligó a preguntar.
Él levantó la vista a sus ojos, sosteniéndole la mirada durante un instante antes de curvar definitivamente los labios en una sonrisa. Negó con la cabeza y desplazó la mirada adonde, por debajo de las mantas, seguía acariciándole el pecho con la mano.
– Estoy justo donde quiero estar.
Y no tenía intención de marcharse, no hasta que la consideración por la reputación de Em le obligara a hacerlo al amanecer, Jonas no recordaba ningún momento en el que se hubiera sentido tan satisfecho y feliz.
Emily Beauregard era suya. Sin discusión, fuera de toda duda o consideración.
Estaba desnudo en su cama y ella estaba acostada a su lado también desnuda. Y a pesar de su confusión, de su débil insinuación de que debería irse, el cuerpo de la joven respondía de una manera alentadora a sus caricias, incluso con más fervor que antes.