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Que Dios le ayudara. El fervor y el ansia de Em parecían muy arraigados. Sabía que una vez que ella había tomado una decisión, que había optado por un camino, se comprometía incondicionalmente a no abandonarlo.

Lo que era una buena señal para prever lo que ocurriría una vez que ella tomara la decisión de ser su esposa. Los acontecimientos de esa noche eran, claramente un primer paso hacia ello. Con la certeza animándole, Jonas estaba dispuesto a darle el tiempo que necesitara, sin importar lo que le costara, para que tomara esa decisión.

– Pero ¿no deberías… -Em hizo un gesto vago con la mano- irte? Ahora estamos… ¡Oh!

Esa exclamación fue provocada por la mano de Jonas que se deslizaba, de manera muy posesiva, por el cuerpo de la joven. Em abrió mucho los ojos cuando le acarició la carne resbaladiza entre los muslos con un dedo.

Sonriendo, él se inclinó sobre ella para bajar la sábana y acariciarle con la nariz un pecho insolente.

– Más tarde.

Ella vaciló, luego él notó que asentía con la cabeza.

– De acuerdo -susurró Em-, más tarde.

Jonas levantó la vista y miró atentamente los ojos de Em, que arqueó la espalda cuando él deslizó el dedo profundamente en su cálido interior. La exploró con él y ella se movió desasosegadamente, conteniendo el aliento, tanteando con las manos basta que logró aferrarse a la parte superior de los brazos de Jonas.

El no necesitó más invitación. Retiró la mano y se alzó sobre ella. Le hizo separar los muslos y se colocó entre ellos. La miró a la cara y observó cómo se mordía el labio inferior para contener un gemido, Jonas la penetró con un largo y poderoso envite, y Em perdió la batalla.

El sonido de la jadeante respiración de la joven, su profundo gemido, lo impulsó hacia adelante.

Esta vez el acto fue mucho más descarado y provocador. Em respondió con ansiosa lujuria a cada movimiento de Jonas, y pareció encantada no sólo de dejar que él tomara la iniciativa, sino de seguirle, observando, evaluando, aprendiendo…

Jonas no hizo el amor sin más, le hizo el amor a ella.

Si él se hubiera hallado en un estado en el que pudiera disfrazar los hechos, habría cubierto con un velo las emociones que le atenazaban y que brillaban en todo su sombrío esplendor bajo la luz de la luna mientras Em le daba la bienvenida dentro de su cuerpo y él la montaba con un salvaje abandono que les sumergía en un placer mutuo. Pero en ese momento, Jonas carecía de cualquier habilidad para ocultar, ya no de ella sino de sí mismo, los sentimientos que le embargaban.

Jamás había sentido con otra mujer lo que sentía con ella. Nunca se había acostado con una mujer que significara tanto para él como significaba Em. Era como si por fin se hubiera enfrentado a su destino.

La llevó más allá, sumergiéndose más profunda y poderosamente en su interior, y ella respondió sin condiciones, abrazándole, reteniéndole, aferrándose a él cuando explotó, acunándole cuando la siguió en el dichoso olvido del placer.

Em se despertó a la mañana siguiente sola. Levantó la cabeza y miró a su alrededor, pero no había señales de Jonas.

Entonces, su mirada cayó sobre la cama, sobre las sábanas arrugadas y torcidas y el cubrecama enredado, y sonrió.

Con un suspiro, se dejó caer sobre las almohadas y clavó los ojos en el techo. Qué noche tan excitante, tan cautivadora, tan absolutamente fascinante había pasado entre los brazos de Jonas. Él había respondido a todas las preguntas que Em se había hecho sobre las relaciones sexuales, le había demostrado lo excitante que era la atracción que había crecido entre ellos, lo que significaba y a dónde conducía…

Frunció el ceño. Ahora era una mujer disoluta. ¿No debería sentirse más… deprimida? ¿Pasmada? ¿Culpable? ¿Arrepentida?

Rebuscó en su interior y no pudo encontrar ningún rastro de esos sentimientos. Lo cierto era que se sentía en el séptimo cielo, como cuando uno se despierta en un día soleado sin una sola nube en el horizonte.

Y cuanto más lo pensaba, cuantas más vueltas le daba en la cabeza a las posibles ramificaciones de sus actividades nocturnas, más comprendía cuánto se estaba alejando de la verdad, cuánto se distanciaba de la realidad, arrebatada por aquellos engañosos sentimientos.

Estaba en Colyton para encontrar el tesoro de su familia. Intentaba hacerse pasar -sin demasiado éxito- por una posadera para que le resultara más fácil buscar dicho tesoro. No formaba parte de sus planes convertirse en la amante de su patrón ni de ningún otro hombre.

Y lo que era peor aún, entre las numerosas vivencias de la noche anterior estaba el borroso recuerdo de que, después de que se hubieran unido por segunda vez, cuando ella yacía en la cama, maravillosa y felizmente indefensa, había escuchado o creído escuchar que Jonas susurraba unas palabras que sonaban muy parecidas a «Eres mía. Mía por completo».

El problema era que…

Hizo una mueca, apartó la ropa de cama y, haciendo caso omiso de su estado de desnudez, se levantó. Buscó la bata y se la puso, se anudó el cinturón y se preparó para enfrentarse a un nuevo día. En esos momentos podía escuchar a Hilda y a sus chicas trajinando en la cocina, en el piso inferior.

Mientras se lavaba y se vestía, rebuscó en su memoria, intentando recordar ese momento revelador que le aclarara las ideas, pero no tuvo éxito.

Tras darle los últimos toques a su peinado, Em le hizo una mueca a su reflejo en el espejo, se levantó y se dirigió a la puerta.

Su problema era que no podía recordar si realmente había oído a Jonas gruñir esas palabras o si había sido ella quien las pensó con tanta intensidad que las había escuchado resonar en su cabeza.

En el mismo momento en que salió de sus aposentos, la posada y su familia la reclamaron y no tuvo tiempo de considerar el cómo y el porqué, ni mucho menos reflexionar sobre las posibles consecuencias de su noche de pecado. En vez de eso, se dejó envolver por un autentico torbellino de actividades, de dar órdenes, de organizar, de tomar decisiones y -maravilla de maravillas-de dar la bienvenida a los primeros huéspedes de la posada en más de cinco años.

– Escuché en Exeter que Red Bells volvía a estar en pleno funcionamiento -dijo el señor Dobson, uno de los clientes-. Hace años, solía detenerme muy a menudo en esta posada. Viajo por la zona cada pocos meses. He pensado que valía la pena pasarme por aquí, en especial cuando oí que hay buena comida.

Em le brindó una sonrisa de bienvenida.

– Nos alegramos mucho de que lo haya hecho. Mary le acompañará a su habitación. Le subirán el equipaje en un momento. Pídale a Edgar cualquier cosa que necesite.

El hombre inclinó el sombrero y siguió a Mary, una de las dos chicas de las granjas cercanas que Em había contratado para que ayudar; a limpiar las habitaciones y se encargara de las tareas de doncella, escaleras arriba. Bajo la guía de Em, las dos chicas y las tres lavanderas habían trabajado como esclavas para que las habitaciones volvieran a ser confortables. Em se había quedado bastante sorprendida y complacida con el resultado. Ahora sólo faltaba saber cómo reaccionarían los nuevos huéspedes ante las paredes recién encaladas, las sábanas limpias y las almohadas y colchones recién rellenados. Las cortinas y la tapicería también estaban limpias; había hecho falta una semana de trabaje para que Em quedara satisfecha con el aspecto de las cuatro habitaciones de la parte delantera y diera el visto bueno para que volvieran a abrirse a los huéspedes.

Em se pasó la mañana, charlando con los vecinos, supervisando órdenes y dándoles la bienvenida a los huéspedes. A las once, después de que Mary hubiera instalado en sus habitaciones a un matrimonio que recorría el país contemplando las vistas, le sugirió a la chica que llevara a su hermana con ella al día siguiente, para que pudieran compartir el trabajo y conseguir que el resto de las habitaciones estuvieran preparadas para su uso. Ojalá no tuviera que rechazar a un cliente por eso. Dado que cualquiera que pasara la noche en la posada tenía que comer y beber allí necesariamente, las ganancias que obtendrían serian mayores y por lo tanto la contratación de personal extra quedaría compensada más que de sobra.