– Sólo porque quiero casarme contigo. -Jonas alargó el brazo, le cogió una muñeca y luego la otra y le hizo descruzar los brazos-. Pensé que quizá necesitabas un poco de ayuda para tomar la decisión y, como de todas formas vamos a casarnos, no pasa nada porque hayamos hecho el amor antes de pronunciar los votos matrimoniales.
Em entrecerró los ojos cuando él le soltó las muñecas y la cogió por la cintura para acercarla a su cuerpo.
– Pero esto… esto… -Em notó que se le disparaba el pulso ante la cercanía de Jonas y la promesa que leía en sus ojos. ¿Sería posible que estuviera sintiendo su deseo a través del roce de sus manos?-. ¿Es ésta tu manera de persuadirme?
El bajó los labios hacia los suyos.
– Entre otras cosas.
Ella no estaba segura de nada -no con respecto a él, ni mucho menos con respecto a ellos-, salvo del beso que la envolvió. Jonas le separó los labios y su lengua buscó la de ella, tentándola, y Em le buscó a su vez, ansiosa por volver a recorrer el camino del placer de la mano de él.
En ese momento, todo parecía muy sencillo. Allí estaba él y allí estaba ella, y entre ellos ardía una llama que nunca parecía apagarse por completo. Ardía con un simple toque, con una larga y evocadora caricia, con el roce de la mano de Jonas que se deslizaba desde el hueco de su garganta hacia uno de sus pechos, deteniéndose allí para capturarlo, para sopesarlo, para reclamarlo antes de continuar bajando hacia su vientre, apretándoselo suavemente para luego presionar más abajo, en la unión de los muslos, y posar su mano allí de una manera manifiestamente posesiva.
Y Em se perdió, se dejó llevar hacia aquel revuelto y ardiente mar de deseo que creaban los dos. La pasión creció y la envolvió. La joven respiró hondo y el anhelo y la necesidad tomaron posesión de ella, impulsándola a seguir.
Una tras otra las prendas que les cubrían cayeron al suelo, las de ella y las de él; no importó quién desabrochó qué ni quién tiró de que Lo único que importaba era desnudarse y sentir la piel del otro con una urgencia que pareció alcanzar tanto a uno como a otro. De repente estaban desnudos con las manos asidas y los dedos entrelazados con fuerza. Em se apretó todavía más contra él, como si haciendo eso pudiera fundir sus cuerpos y conseguir que la pasión alcanzara nuevas cotas.
Estaban de pie desnudos en medio de la habitación, con la luz de la luna entrando a raudales por la ventana y derramando su fría luz plateada sobre sus cuerpos calientes, Jonas rompió el beso y dio un paso atrás maldiciendo entre dientes; entonces la cogió por las caderas y la alzó.
– Rodéame la cintura con las piernas.
Las palabras no fueron más que un ronco gruñido. Ella apenas entendió lo que decía, pero le obedeció sin vacilar ni un instante.
Entonces, él la colocó sobre su gruesa erección y la bajó hasta empalarla por completo.
Iluminada por la luz plateada, Em cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás con un gemido. El sintió la presión con la que le ceñía, con que le acogía cada vez más profundamente en su interior, y también percibió la satisfacción de la joven cuando se hundió todavía con más avidez, aprisionándolo en su cuerpo, tomándole completamente para sentir la dichosa plenitud, para sentirse completa por un momento.
Deseándole. Necesitándole.
Encantada de sentirle en lo más profundo de su ser.
Em le estrechó con fuerza y un segundo después escuchó «mía, toda mía» resonando en su cabeza, pero esta vez supo que aquel ronroneo era aceptado sin ninguna reserva por su intrépida alma Colyton que también ronroneaba satisfecha.
Pero entonces el fuego irrumpió entre ellos. Ardió con enormes llamas y les envolvió en un rugido atronador. Los atravesó, surcando sus venas, tensándoles todas las terminaciones nerviosas, extendiéndose bajo su piel, y Em ya no tuvo tiempo de preguntarse ni pensar en nada más.
Sólo pudo besarle, envolver los brazos en torno a sus hombros, y aferrarse a él mientras le daba la bienvenida al evocativo y constante saqueo de su lengua, que imitaba y enfatizaba la repetitiva posesión de su cuerpo, el empuje y la retirada indescriptiblemente eróticos de la erección en su resbaladiza funda.
El la llenó de una manera constante e implacable y lo único que ella pudo hacer fue disfrutar. Jonas le sujetaba las caderas con firmeza y ella no podía moverse más que en su dirección. Sólo podía contener el aliento, aferrarse a él y gemir mientras Jonas la movía sobre él para poder penetrar más profundamente, y luego retirarse, provocando un flujo constante en la marea de sus pasiones, ralentizando el inevitable viaje hacia la cumbre hasta el momento en el que sus terminaciones nerviosas y sus sencidos no pudieran soportarlo más.
Jonas se esforzó, batalló, luchó por contenerse, por controlar la bestia de su interior que sólo quería devorarla. Ya le había tomado la medida sensual y, por lo tanto, la había tomado de esa otra manera, sin llevarla a la cama.
A Em le gustaba… la aventura. Las innovaciones, las nuevas posiciones, los estímulos intensos y eróticos, explorar nuevos horizontes, y él estaba perfectamente preparado para darle el gusto. Desde el primer beso, Jonas había sospechado -reconocido de alguna manera-su carácter apasionado, su temeraria intrepidez, su valor incuestionable, la habilidad -incluso la tendencia-de abandonarse sin condiciones, sin reservas, a cada nueva experiencia.
En ese caso, la persuasión más efectiva resultaba ser la más innovadora, tener algo nuevo con lo que seducirla. Mostrarle un nuevo paisaje que Em pudiera explorar con él y sólo con él, y conducirla hasta el final sin que ella se diera cuenta de cuál era la meta.
Jonas no tuvo que pensar para comprender todo eso, lo sabía de manera razonable e instintiva.
Igual que sabía, cuando finalmente permitió que recorrieran los últimos e inevitables pasos hacia la cima, que el camino que había elegido era el correcto. Poseerla física, total y absolutamente era la única forma de hacerla suya.
Su esposa, su amante…, a la que abrazar, poseer, proteger.
Cuando Em alcanzó el clímax en sus brazos, él emitió un rugido ahogado contra la curva de su garganta y se permitió perderse, empujar profundamente en el cálido interior y llenarla con su semilla. Tener a una mujer, poseerla, nunca le había hecho sentir tan bien.
Tan profunda y completamente satisfecho.
Tan profunda y absolutamente completo.
CAPÍTULO 14
Em se dio cuenta de que la persuasión podía adoptar muchas formas. Y al parecer Jonas consideraba que el éxtasis era un potente persuasor; Em no estaba segura de si podía o quería disentir con él.
De hecho, las tres veces que la había hecho alcanzar el éxtasis la había dejado lánguida y jadeante; las deliciosas sensaciones que le había provocado la noche anterior sugerían que Jonas estaba dispuesto a invertir una considerable cantidad de tiempo y energía en convencerla de que aceptara casarse con él.
De que aceptara convertirse en su esposa.
Mientras cumplía con lo que ahora era su rutina matutina, desayunando con Issy, las gemelas y Henry, dando una vuelta por la posada y charlando con todos los empleados antes de meterse en su despacho para revisar la lista de pedidos y ajustar cuentas, trataba de asimilar la declaración de Jonas. En cuanto la aceptara, podía decidir cómo se sentía.
Cuando finalmente se encontró sentada en la silla del despacho, con el libro de contabilidad abierto sobre el escritorio ante ella -sin haber hecho ninguna anotación- masculló por lo bajo y dejó de intentar fingir que podría concentrarse en el trabajo. Cerró el libro y se dedicó a considerar el tema que ocupaba su mente en ese momento.