Выбрать главу

– Estar asentada -dijo después de un momento-. Tener una casa, saber dónde encaja cada uno. -Bajó la taza e hizo una pausa, luego apretó los labios y asintió con la cabeza-. Sí…, eso es. Cuando estás casada sabes perfectamente quién eres.

Em arqueó las cejas.

– Nunca lo había visto de esa manera. -Mientras tomaba otro sorbo de té, Em consideró la cuestión, luego terminó de beberse el té-. Gracias. -Se despidió de Hilda, se levantó, dejó la taza en el fregadero y se dirigió a su despacho.

«Saber quién eres», había dicho Hilda. Pero mientras se arrellanaba en su silla dispuesta a concentrarse en los pedidos del día, Em sospechó que la cocinera había querido decir «qué eres». El matrimonio, ya fuera entre miembros de la clase acomodada o entre campesinos, le daba a una mujer un cierto estatus, una posición que era reconocida por la sociedad.

¿Pero era eso -lograr eso- suficiente razón para casarse? ¿En especial para que Em aceptara casarse? Como posadera -si bien no conocía a ninguna otra posadera con la que hacer comparaciones- estaba satisfecha con su papel y con su posición en el pueblo, pues desde que había llegado allí había contado con el aprecio, el respeto y el apoyo de los vecinos.

No creía que tuviera que casarse para saber quién o qué era.

Aunque eso no aclaraba sus dudas, Jonas tampoco había sugerido que ella tuviera, que casarse con él por ninguna razón. Lo cierto es que no había dicho nada del matrimonio en sí, sólo que tenía intención de casarse con ella; la declaración no había sido una propuesta. No había preguntado, solicitado ni pedido su mano. Había, expuesto sus intenciones, como si la aceptación de Em estuviera fuera de toda duda, como si eso fuera algo que sucedería antes o después.

Con el libro de contabilidad todavía cerrado delante de ella, Em entrecerró los ojos y miró sin ver el otro lado de la estancia, preguntándose si no debería dejar de pensar en el tema hasta que él volviera a sacarlo a colación. Entonces podría obligarle a que se declarara correctamente y a que, por consiguiente, le explicara por qué razón quería casarse con ella.

Em tendría que presionarlo hasta conseguir una respuesta, pues conocía muy bien su reticencia sobre el tema. Después de todo, ¿cuánto tiempo había tardado Jonas en pronunciar la palabra «matrimonio»? De hecho, le había dicho que, al principio, no había tenido ningún deseo de admitir la idea.

Además, puede que quisiera casarse con ella, pero ¿sabría decirle por qué? ¿Por qué se sentía así? ¿Por qué pensaba que casarse con ella era una buena idea?

¿O es que simplemente se había acostumbrado a la idea?

Em sospechaba que se trataba de esto último. De todas formas, no podía dejarse guiar por la idea que Jonas tuviera del matrimonio. Después de todo, él era su adversario en ese campo.

Hasta que le hiciera la proposición correcta, ella no le daría una respuesta. Que no se hubiera declarado aún, daba tiempo a Em para definir su posición. Sospechaba que ése sería el mejor modo de proceder para saber qué era lo que realmente quería antes de que él le hiciera una propuesta formal a la que tener que responder.

Clavó la mirada en el libro de contabilidad. Frunció el ceño, negó con la cabeza y abrió el libro. Definir su posición ante un hipotético matrimonio no era una tarea que pudiera realizar adecuadamente mientras tenía pendiente un montón de tareas. Tendría que encontrar un momento mejor para pensar en ello.

– Entretanto -masculló para sí misma-, tengo que dirigir una posada.

Se puso a trabajar en serio, dedicándose a las tareas de muchas y variadas maneras. Parte de sus obligaciones, o al menos de las que había asumido, consistía en recorrer el salón de la posada con frecuencia a lo largo del día, especialmente a la hora de las comidas. Todo el mundo había empezado a hablar de las empanadas de Hilda incluso antes de que se sirviera el almuerzo. Phyllida y la señorita Sweet llegaron temprano y se detuvieron para felicitarla al salir.

– Has hecho maravillas en este lugar -le aseguró Phyllida con una sonrisa de oreja a oreja-. Juggs estará retorciéndose en su tumba.

Em le devolvió la sonrisa. Si Phyllida no fuera la gemela de Jonas, se habría sentido tentada de pedirle su opinión sobre el matrimonio, sobre las cuestiones más importantes de la vida matrimonial. Pero se limitó a quedarse en la puerta de la posada, observando cómo Phyllida y la señorita Sweet se alejaban por el camino. Desde su posición vio que Lucifer salía de la herrería y se dirigía hacia ellas. La emoción que suavizó los rudos rasgos de Lucifer cuando se acercó a su esposa y la sonrisa radiante que iluminó la cara de Phyllida al ver a su esposo, le sugirieron que ambos eran fehacientes defensores del matrimonio.

Em sabía sin lugar a dudas cuál sería la respuesta de Phyllida si le preguntaba al respecto: Amor. El tipo de amor que existía entre un hombre y una mujer, algo que según la opinión popular era la mejor base para el matrimonio.

Al mirar alejarse a la pareja, cogidos del brazo y con las oscuras cabezas inclinadas mientras se dirigían a su casa con la señorita Sweet revoloteando junto a ellos, se hizo muchas preguntas.

¿Estaba enamorada de Jonas? ¿La amaba él?

¿O es que aquella indefinible e indescriptible amalgama de emociones que surgía entre ellos era sólo lujuria? Lujuria, deseo y pasión.

Aunque su experiencia era limitada, Em pensaba que esas tres cosas habían estado presentes y todavía lo estaban, entre Jonas y ella. Pero ¿existía también amor?

Em sabía que ésa era la pregunta más importante, la pregunta de todas las preguntas cuando se trataba de matrimonio.

¿Era amor lo que había entre ellos, lo que estaba creciendo entre ellos? ¿Sería una semilla recién plantada que aún tardaría en germinar o ya habría florecido?

¿Existirían grados o clasificaciones de amor?

La joven alzó una mano y se frotó el entrecejo, intentando borrar en vano el frunce de su ceño. Ojalá pudiera borrar de la misma manera su ignorancia. Pero como no podía, tendría que informarse y aprender sobre el amor y el matrimonio de aquellos que sí sabían.

– ¿Me permite, señorita?

Em dio un brinco, percatándose de que todavía seguía bloqueando la puerta de la posada.

– Sí, por supuesto.

Se apartó a un lado y vio que era el señor Scroggs quien esperaba para salir.

– ¿Le ha gustado la empanada?

– Estaba deliciosa. -Con el sombrero en las manos, Scroggs ladeó la cabeza-. Felicite a Hilda de mi parte. Mi mujer y yo regresaremos esta tarde. Mi esposa dice que prefiere la comida de Hilda que lo que cocina ella.

Em se rio.

– Les reservaremos una mesa. Estaremos encantados de servirles.

Scroggs volvió a inclinar la cabeza y salió, cruzó el estrecho patio delantero de la posada y tomó el camino que conducía a su casa.

Cuando se giró para entrar, Em observó una espalda familiar, unos hombros encorvados, en una de las mesas que estaba situada en la parte delantera de la posada.

Harold todavía seguía acechando. Estaba enfrascado en un debate con alguien. Em se movió para averiguar de quién se trataba y vio a Hadley sentado frente a su tío. El artista estaba escuchándole con atención y asentía con la cabeza de vez en cuando, aunque el peso de la conversación recaía en Harold.

La joven se retiró al interior de la posada antes de que Hadley la viera y alertara a Harold. Edgar le había mencionado que Hadley había salido esa mañana para explorar el terreno y buscar mejores perspectivas de la iglesia. Debía de haber regresado para almorzar con Harold, quien, tenía que admitir, podía ser muy agradable cuando así lo quería.

Em atravesó con rapidez lo que empezaba a ser conocido por todos como el «rincón de las damas», en la parte delantera del salón, frente a la barra del bar. La demanda del almuerzo, que había comenzado temprano por culpa de las empanadas de Hilda, se reducía de manera progresiva. Observó que lady Fortemain estaba sentada en la mesa que había junto a la ventana y que ya se denominaba como el «rincón de milady». Acababa de comerse delicadamente el último bocado de empanada cuando dejó el tenedor en el plato y lo empujó a un lado antes de coger la taza de té para tomar un sorbo.