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Em siempre había oído decir que cuando uno contaba una mentira, lo mejor era ceñirse tanto como fuera posible a la verdad. Lanzando a Jonas una mirada inocente pero llena de curiosidad, le preguntó:

– ¿Podrías enseñarme el túnel? -No necesitaba fingir impaciencia. Si se lo enseñaba, podría regresar por la noche para investigarlo por su cuenta.

Él le sostuvo la mirada durante un buen rato antes de apartarse de la puerta.

– Los túneles se derrumbaron hace mucho tiempo. Fueron rellenados con piedras antes de que yo naciera, ni siquiera mi padre los recuerda. -Se detuvo ante ella y bajó la mirada a sus ojos-. ¿Por qué quieres encontrar los túneles?

– Para distraerme un rato. -Y distraerle era lo que ella necesitaba hacer ahora. Alzó una mano para acariciar la delgada mejilla de Jonas y sonrió-. No había nada que hacer en la posada, casi todo el mundo está durmiendo. -Le miró la boca, se puso de puntillas y le rozó los labios con los suyos-. Estaba aburrida, así que se me ocurrió venir aquí en busca de un poco de excitación.

Todo eso era cierto.

Los sentidos de Em se agitaron y estremecieron cuando sintió que Jonas le ponía las manos en la cintura, agarrándola con firmeza para acercarla a él. Ella alzó los ojos hacia los suyos. Tenía una mirada oscura e indagadora; entonces, lentamente, inclinó la cabeza.

Em se estiró un poco más y le besó, ofreciéndole su boca mientras él profundizaba el beso.

El resultado, la explosión, fue instantáneo, como si los dos hubieran caído de lleno dentro de un horno, envolviéndolos en un calor creciente y voraz. Un calor chispeante y candente que provocó que leí hirviera la sangre en las venas y que les ardiera la piel, haciéndoles sentir hambrientos y llenos de deseo.

Reduciéndolos a un estado primitivo donde, de repente, sólo importaba unirse, fundirse, y sofocar aquel intenso calor, sumergirse rápidamente en las llamas y dejarse consumir por ellas.

Las manos de Jonas tomaron posesión de sus pechos doloridos, sopesándolos y amasándolos. A través del fino algodón de su vestido, los dedos encontraron los pezones y se los pellizcaron cruelmente. Em se quedó sin aliento, la cabeza le dio vueltas, y comenzó a forcejear cortos botones de la chaqueta de Jonas.

El interrumpió el beso, se deshizo de la chaqueta con rapidez y luego tomó a Em entre sus brazos, estrechándola contra su cuerpo. Volvió a capturar los labios de la joven en un beso ardiente hasta que las llamas se extendieron entre ellos con gran voracidad y avidez.

Surcando cada vena, abrasando cada nervio. Reduciendo las inhibiciones a cenizas.

Jonas alzó la cabeza con la respiración can jadeante como la de ella, y lanzó una oscura, salvaje y ardiente mirada a su alrededor. Luego la levantó en brazos, se dio la vuelta y la depositó sobre una de las hileras de sacos apilados, donde ella quedó tumbada desgarbadamente sobre la espalda, con las faldas arrugadas por encima de las rodillas.

Antes de que Em pudiera reaccionar, bajarse las faldas y cerrar instintivamente las piernas, él se colocó entre sus muslos y le levantó las faldas hasta la cintura, poniéndole las manos en las rodillas para separárselas todavía más.

Con la mirada clavada en la de ella, con los ojos llenos de un fuego oscuro y unas poderosas e intensas emociones, él se detuvo… Un simple instante que pareció extenderse hasta la eternidad y Em supo que estaba esperando, si no exactamente su permiso, sí algún indicio de que aquello era lo que ella quería, a él… y todo lo que podía darle.

Sin apartar los ojos de los de Jonas, Em se humedeció los labios y se contoneó desasosegadamente, provocándole e incitándole con el movimiento de sus caderas.

La interrupción se hizo pedazos y cualquier control desapareció.

Los rasgos de Jonas se convirtieron en granito, más afilados y cortantes que nunca, cuando bajó la vista hacia los delicados pliegues entre los muslos de Em, completamente expuestos ante él por la desgarbada postura de la joven. Entonces, se inclinó y posó los labios sobre la tersa carne.

Ella gritó ante el primer contacto, igual que había hecho la noche anterior. Se apretó los labios con los nudillos, luchando valientemente por conseguir lo imposible, reprimir aquellos sonidos que él la hacía emitir. Pero entonces, Jonas la tomó entre los labios y empujó la lengua en su interior, y Em ya no pudo contener ningún gemido.

La lamió, sorbió, succionó y saboreó, incluso con más vehemencia que la noche anterior, conduciéndola hasta la cumbre donde finalmente explotó en un clímax arrebatador que la dejó sin aliento y con los sentidos obnubilados. Em tuvo que llevarse el puño a la boca para ahogar un grito de placer.

Mientras luchaba por recuperar el aliento, con el corazón latiendo a toda velocidad, Em percibió que el calor seguía inundando su interior, que todavía seguía sintiéndose vacía y anhelante. Él se enderezó, bajó la mirada hacia ella y sonrió. De una manera picara y peligrosa.

Para sorpresa de la joven, Jonas le bajó las faldas de un tirón, la agarró por las caderas y, alzándola, la hizo girar sobre el estómago. Luego acercó las caderas hacia él, dejándola con las piernas colgando sobre los sacos. El montón era tan alto que Em no podía tocar el suelo ni siquiera con la punta de los pies.

Llena de curiosidad, ella se apoyó en los codos.

Al mismo tiempo, él le levantó la parte trasera de las faldas por encima de la cintura.

Dejándole el trasero expuesto.

El aire fresco de la despensa le enfrió la piel caliente. La joven contuvo el aliento y giró la cabeza hacia él. Entonces, Jonas le acarició los glúteos desnudos con la palma de la mano.

Em se quedó paralizada y soltó poco a poco el aliento que había estado conteniendo. Se mordió el labio para reprimir un gemido cuando Jonas le deslizó la mano descaradamente por los glúteos, rastreando con las puntas de los dedos cada línea, poseyendo cada centímetro de piel, haciendo que un calor húmedo creciera más abajo. Entonces bajó la mano, ahuecando la curva de sus nalgas entre los muslos, y presionó los dedos contra la resbaladiza y cálida superficie para explorarla a placer.

La joven no pudo contener un trémulo gemido. Se apretó contra la mano, queriendo más, exigiendo mucho más. Suplicando por una profunda y satisfactoria penetración.

Ella estaba muy caliente, tan anhelante y dispuesta que Jonas apenas podía pensar en nada coherente mientras con la otra mane se desabrochaba los botones de la bragueta. La erección surgió libre y completamente engrosada. El no perdió el tiempo y situó la punta púrpura en la entrada de Em; entonces, con un firme envite, la llenó.

Sintió que Em le ceñía con su funda, que las paredes se cerraban en torno a su miembro en una ansiosa bienvenida, en un cálido abrazo.

Sintió más que oyó el grito ahogado de la joven, percibiendo en el sonido el asombro femenino.

No la había penetrado antes desde atrás, nunca la había tomado así, con los deliciosos, excitantes y maduros globos de su trasero desnudos ante él.

Em movió las caderas de manera tentativa, en un movimiento lento y envolvente con el que le acarició la longitud del rígido miembro, haciendo que los ojos de Jonas brillaran de pura lujuria. El los cerró, se retiró y volvió a empujar dentro, más profundamente esa vez, haciéndole sentir su fuerza para que fuera consciente de su propia vulnerabilidad y desamparo.

No es que a Em le molestara en absoluto; el pequeño jadeo que emitió era producto de la excitación, de la fascinación y el embeleso. Una vez más, ella movió las caderas, provocándole con más descaro. Jonas aceptó su invitación, se retiró y empujó todavía con más fuerza en el hirviente refugio de su funda, luego comenzó a impulsar sus caderas con un ritmo implacable y medido; uno que rápidamente escapó de su control.

Apoyándose en los codos y antebrazos, Em empujó hacia atrás, obligándole a que la penetrara más profundamente, contoneando las caderas con cada largo envite, meciéndose cuando él la llenaba, ciñéndole con su funda hasta que Jonas sintió que la tensión crecía y le apretaba. Entonces, levantó la cabeza, embistió con más fuerza en su interior y ella explotó.