No buscaba el tesoro por la riqueza, sino por lo que representaba, y lo consideraba incluso más importante para sus hermanos que para ella misma.
El tesoro aseguraría el futuro de Henry y devolvería a la familia la posición social para la que habían nacido. Proporcionaría dotes para las chicas y repondría la de Em, que si había entendido bien, se había reducido bastante al utilizar los fondos para escapar de Harold.
Todo aquello estaba muy bien, pero para Jonas no tenía ninguna importancia. Si Em se casaba con él, sus hermanos quedarían bajo su protección y Jonas se encargaría de que nunca les faltara de nada.
En lo que concernía a la dote de Em, a él no le importaba que la joven no poseyera ni un penique. Gracias a su relación con los Cynster y al fascinante mundo de las inversiones, Jonas se encontraba en una posición mucho más que desahogada.
Por supuesto, Em no lo sabía, y Jonas tenía que admitir que era muy alentador que las cuestiones monetarias no influyeran de ningún modo en su decisión de casarse o no con él. Sin embargo, a pesar de su riqueza y del hecho consiguiente de que ni ella ni sus hermanos se encontraran a punto de verse en la indigencia -o incluso condenados a ser posaderos el resto de su vida-, él comprendía, valoraba y, definitivamente, aprobaba las emociones que la guiaban.
El sustento y el orgullo familiar. No era un orgullo prepotente, sino uno respetuoso, un sentido del honor que la instaba a proteger el nombre de la familia, a no verlo desprestigiado, a que los demás lo respetaran como debían.
Y ésa no era una emoción sencilla, ni mucho menos algo que todo el mundo sintiera. Era un sentimiento que estaba profundamente arraigado en ella, y con el que él también se sentía identificado, incluso más después de haber regresado de Londres y sentir un nuevo aprecio por sus raíces.
Creer en la familia, en los orígenes y en la tradición era algo que los dos compartían.
Por eso la ayudaría a encontrar el tesoro, fuera como fuese, sin escatimar esfuerzos. Porque por esos principios, merecía la pena cualquier esfuerzo.
Sus pies hicieron crujir la grava del estrecho ante-patio de la posada. La puerta principal estaba abierta ante ellos, y fueron recibidos por el agradable murmullo de las conversaciones.
Jonas siguió a Em al interior del salón.
Ella se detuvo justo al entrar para escudriñar la estancia, observando que había pocos clientes a esa hora de la tarde, y luego se dirigió a su despacho.
– Debo comprobar si Hilda necesita ayuda para esta noche.
Jonas la siguió sin prisa, saludando con una inclinación de cabeza al viejo señor Wright y los Weatherspoon. Observó que el artista, Hadley, estaba sentado en un rincón oscuro, con un bloc de dibujo abierto ante él sobre la mesa.
Se volvió de nuevo hacia Em.
– Me pasaré por casa de Lucifer -dijo, detrás de ella-. Comprobaré si ha conseguido averiguar algo al volver a examinar los libros, y luego creo que iré a ver a Silas Coombe.
Al llegar al mostrador de la taberna, Em se detuvo y lo miró arqueando las cejas.
Jonas sonrió de oreja a oreja.
– Su biblioteca no es tan amplia como la de Colyton Manor, pero los gustos de Silas son más eclécticos. ¿Quién sabe? Podría encontrar alguna referencia a la descripción que buscamos, y sé que, si se lo pido, hará todo lo posible por complacerme.
Em le miró con los ojos entrecerrados; luego asintió con la cabeza y se dirigió al despacho.
– De acuerdo. Pero recuerda que siempre se ha comportado con suma corrección desde nuestro malentendido.
Jonas emitió un bufido y la siguió al despacho.
La joven emitió un pequeño suspiro y dejó el bolsito sobre el escritorio.
El acortó la distancia entre ellos y la rodeó con los brazos, estrechándola contra su cuerpo. Ella apoyó la espalda en su pecho, dejándose envolver en aquel abrazo protector. Jonas apoyó la barbilla en su lustroso pelo y, simplemente, la abrazó.
– No vamos a darnos por vencidos -murmuró él, meciéndola suavemente-. Puede que no hayamos encontrado nada, pero apenas hemos empezado a buscar. Y no sólo nosotros, también Lucifer, Phyllida, Filing, la señorita Sweet, y todos los demás a los que hemos preguntado. Alguien descubrirá algo, daremos con la respuesta y encontraremos el tesoro. -Levantó la cabeza y le dio un beso en la sien-. Confía en mí… Ya verás cómo es así.
Em cerró los ojos y se relajó contra él. Por un breve instante, absorbió algo que no recordaba que nadie le hubiera ofrecido en ningún momento de su vida. Consuelo y constante apoyo incondicional. Algo muy simple pero conmovedoramente útil.
Todo estaba bien.
Escucharon unos pasos apresurados en el vestíbulo. Jonas la soltó a regañadientes. Con la misma renuencia, ella se apartó de la calidez que le ofrecían sus brazos antes de volverse para afrontar la crisis que se avecinaba.
Porque, por experiencia, sabía que aquella clase de pasos apresurados presagiaba una crisis.
Issy apareció en el umbral con un leve ceño en el rostro. Aparte de eso, no mostraba señales de pánico o desasosiego.
Em comenzaba a preguntarse si su instinto le había fallado y no había ninguna crisis, sólo una mala jugada de su mente abatida, cuando Issy preguntó:
– ¿Habéis visto a las gemelas?
Tras un momento de silencio fue Em quien respondió.
– No. -Mantuvo el tono de voz tranquilo-. ¿Dónde están? O mejor dicho, ¿dónde estaban?
Issy entró en el despacho.
– Les dije que podían salir a jugar media hora después del almuerzo, pero que luego tenían que reunirse conmigo en la salita del primer piso para ayudarme a zurcir. Estoy intentando enseñarles lo básico. -Lanzó una mirada a Jonas y luego volvió a mirar a Em-. No me sorprendió demasiado que no aparecieran. Seguí zurciendo mientras esperaba verlas aparecer en cualquier momento con algún tipo de excusa, pero no lo han hecho.
Em lanzó una mirada al reloj que había encima de un gabinete.
– Ya son más de las tres.
Issy asintió con la cabeza.
– Me di cuenta y comencé a buscarlas hace unos minutos. Las he buscado en el piso de arriba, pero no están, luego le he preguntado a Hilda y a las chicas, pero nadie las ha visto desde que salieron al patio después del almuerzo.
De eso hacía más de dos horas.
– No pueden haber ido muy lejos. -Em se dijo para sí misma que sus hermanas habrían ido a buscar moras y que se habrían distraído con cualquier cosa… Que aparecerían en cualquier momento con un montón de disculpas y excusas. Le indicó a Issy con un gesto de la mano que volviera a la cocina-. Venga, te ayudaré a buscar.
– Te ayudaremos a buscar -dijo Jonas, siguiéndolas fuera del despacho-. Veré si están en alguna parte del campo. Si no las encuentro, me acercaré a la rectoría.
Em asintió con la cabeza y corrió tras Issy.
Jonas se dio la vuelta hacia el salón y se encaminó con paso decidido hacia la puerta.
Em le estaba esperando en el salón cuando regresó media hora más tarde, con Joshua y Henry pisándole los talones.
Jonas no tuvo que preguntarle si había localizado a las gemelas, la expresión de ansiedad de su rostro lo decía todo.
Y una mirada a las caras de Jonas, Joshua y Henry le dijo a la joven que ellos tampoco habían encontrado a las niñas. Retorciéndose las manos con preocupación, Em miró directamente a Jonas.
– ¿Dónde pueden haberse metido?
El vaciló un momento, luego respondió:
– Hemos buscado en… -A continuación le mencionó todos los lugares posibles, todas las potenciales atracciones para un par de niñas tan aventureras como las gemelas. Él sabía por experiencia que al estar juntas, al contar con un apoyo mutuo, las dos se atreverían a ir más allá que cualquier otro niño.