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A continuación hubo un aturdido silencio. Todos los reunidos en el salón se quedaron mirándolo fijamente, asimilando sus palabras.

Em sintió que la atravesaba una creciente oleada de cólera incontrolable. Respiró hondo y contuvo la respiración, esperando. No podía permitirse el lujo de perder el control, de desatar su furia, no hasta que las gemelas volvieran con ella.

– Vamos a aclarar las cosas, tío Harold.

Él había notado el silencio y miraba a su alrededor con más curiosidad que alarma, tan insensible a los sentimientos de los demás que no detectó el creciente mar de animosidad dirigido contra él. Volvió a clavar los ojos en Em.

Ella le sostuvo la mirada.

– ¿Has buscado a las gemelas, las has engañado y las has llevado… dónde?

El soltó un bufido.

– A Musbury. Las muy tontas querían aprender a conducir un cabriolé, así que les ofrecí enseñarles a conducir el mío. Las llevé a Musbury, donde me esperaba un carruaje de alquiler, las metí en él en compañía de una mujer que contraté y las envié a Runcorn con un cochero y un mozo.

– ¿Y se fueron voluntariamente? -Em no se lo podía creer.

– Oh, por supuesto que no. Se pusieron a gemir y a lloriquear, ya sabes cómo son las niñas. -Harold hizo un gesto despectivo con las manos-. Las amordacé con unas bufandas, las metí en el vehículo y le dije al cochero que condujera lo más rápido posible. -Dio un par de palmadas con sus manos gordezuelas, luego se las frotó como si sintiera una gran satisfacción-. Bien, pues. ¿Estáis dispuestos a seguirme?

Jonas se volvió hacia Em.

– No han podido llegar muy lejos. Los seguiré en mi carruaje y las traeré de vuelta.

Tenía que hacer algo, algo que lo sacara del salón antes de que diera rienda suelta a su rugiente temperamento y tratara al tío de Em como se merecía.

Apretó el brazo de Em en un gesto de apoyo y consuelo. La soltó y miró a Potheridge con manifiesto desprecio antes de pasar junto a él y dirigirse a grandes zancadas a la puerta.

– Te acompañaré.

Era Filing quien había hablado. Jonas escuchó la misma rabia contenida que él sentía en la voz de su amigo. Se giró y vio cómo Joshua le lanzaba una mirada condenatoria a Potheridge antes de seguirle.

Harold se dio la vuelta con una expresión indignada y enfurecida.

– ¡Vengan aquí inmediatamente! No es asunto suyo lo que yo haga con mis sobrinas.

Joshua se detuvo al lado de Jonas y, apretando los puños con fuerza, se giró para mirar a Potheridge mientras Jonas le lanzaba una mirada de asco al tío de Em.

– Al contrario. Por lo que tengo entendido, las gemelas no son sus sobrinas. No es usted su tutor… y no tiene ningún derecho a decidir lo que es mejor para ellas. Creo que muy pronto descubrirá que el secuestro sigue siendo un delito.

– ¡Secuestro! -Potheridge les miró con los ojos desorbitados-. ¡Eso no son más que tonterías! -Finalmente echó un vistazo alrededor y pareció darse cuenta de que ninguno de los presentes estaba de su parte. Sacó pecho-. ¡Caramba! ¡Esto es lo último que faltaba! Lo único que quieto es…

– Lo que usted quiera -le interrumpió Jonas- no viene al caso. Lo único que importa es lo que quieran esas niñas, y lo que Em, como tutora legal, quiera para ellas. Eso es lo que importa. -Miró a Em y le hizo un gesto de cabeza-. Nos vamos. No te preocupes… las encontraremos y las traeremos de vuelta.

Volvió a mirar al tío de Em, aunque esta vez curvó los labios en una sonrisa ominosa.

– Si no tuviese edad para ser mi padre, le daría una lección que jamás olvidaría.

– Y si yo no fuera un hombre de Dios -dijo Joshua entre dientes-, le ayudaría.

Con los ojos muy abiertos, Potheridge dio un paso atrás.

Jonas se dio la vuelta y salió de la posada con Joshua pisándole los talones.

Em les observó partir, deseando poder ir con ellos, pero sabía que tenía que quedarse en la posada y… enfrentarse a Harold.

Se obligó a mirar a su tío, cuyas mejillas comenzaban a adquirir un intenso color púrpura, y que, farfullando como un pavo, se giró para enfrentarse a ella.

El gentío que les rodeaba se movió para hacer sitio mientras Thompson se abría paso entre ellos. El herrero se interpuso entre Harold y ella y se encaró a su tío, lanzándole una mirada desafiante.

– Por lo que veo -dijo Thompson, con el acento suave y arrastrado de la zona-, usted y yo somos más o menos de la misma edad. Y el cielo sabe que no soy un hombre de Dios, así que…

Con un movimiento preciso y medido, Thompson estampó su enorme puño en la mandíbula de Harold.

Agachándose para ver por debajo del brazo del herrero, Em se quedó sin aliento cuando observó cómo Harold ponía los ojos en blanco y caía muy lentamente de espaldas al suelo.

Por un instante, ella se quedó mirando la figura inmóvil de su tío -corno todos los demás-, luego levantó la vista y, a través de la puerta abierta, vio que Jonas y Joshua se habían detenido en el patio para mirar lo que ocurría.

Jonas con una mirada de profunda satisfacción, saludó a Thompson con la cabeza.

Thompson le hizo un gesto con la mano para que se marcharan.

– Ya nos encargaremos de las cosas aquí… Id y traed de vuelta a esos angelitos.

Con un gesto de aceptación, Jonas se giró sobre los talones y se fue.

CAPÍTULO 16

Em no tuvo que hacer nada. Todo el pueblo se congregó a su alrededor y ni siquiera consintieron que moviera un dedo.

Estuvo arropada por la señorita Sweet, Lucifer y Phyllida, quien había estado antes en la posada, aunque había tenido que marcharse a su casa para atender a sus hijos. Había regresado justo después del enfrentamiento, a tiempo de ver cómo Thompson y Oscar cargaban al inconsciente tío Harold, uno por los pies y otro por los brazos, y lo sacaban fuera de la posada. Lucifer lanzó una mirada a Harold y, apretando los dientes, indicó a los Thompson que lo dejaran sobre uno de los bancos que había junto a la fachada principal de la posada.

– Quiero que se vaya de mi casa -dijo la señorita Hellebore, que parecía inusualmente beligerante, golpeando el suelo con el bastón.

Em se puso rígida; ni siquiera ahora estaba segura de que su tío quisiera marcharse. Y si exigía que lo hospedara en la posada… Levantó la mirada y se encontró con los ojos oscuros de Phyllida clavados en ella.

Con una imperceptible inclinación de cabeza, Phyllida se agachó al lado de la silla de la señorita Hellebore.

– La verdad -le dijo- es que si puede arreglárselas para no estrangularlo, le agradeceríamos que siguiera alojándolo en su casa. Si usted lo echa, es probable que atosigue a la señorita Colyton para que le dé alojamiento en la posada. -Un murmullo de desaprobación retumbó en la estancia. Phyllida asintió con la cabeza-. Y eso, sencillamente, no podemos consentirlo.

Visto de ese modo, la señorita Hellebore no tuvo más remedio que permitir que el señor Potheridge continuara viviendo bajo su techo. Aunque, por supuesto, había quedado sobrentendido que no era bien recibido ni allí ni en ninguna otra parte del pueblo.

Esperar, pacientemente o de otra manera, jamás había sido una virtud de Em. Su naturaleza Colyton no toleraba la falta de actividad. Y mientras pasaban las horas, con todos los vecinos del pueblo apretujados en el salón de la posada insistiendo en hacer lo que fuera necesario por ella, ofertas que Em no pudo rechazar de ningún modo y que le negaban la distracción que suponían sus deberes, se fue poniendo cada vez más tensa.

Cada vez más nerviosa y ansiosa.

Confiaba en que Jonas y Filing rescatarían a las gemelas -no tenía ninguna duda al respecto-, pero hasta que viera a sus hermanas sanas y salvas, hasta que volviera a estrecharlas entre sus brazos y sintiera sus bracitos devolviéndole el abrazo, no tendría paz, no podría relajarse.

Y mientras pensaba todo eso, con todo el ruido del salón de fondo, nadie oyó el crujido de las ruedas en la grava del patio.

Se enteró del regreso de las gemelas al escuchar sus pasos apresurados y sus agudas voces llamándola:

– ¿Em? ¿Em?

La gente se apartó y las niñas la vieron delante de la barra. Se alzaron las faldas y, corriendo hacia ella, se arrojaron a sus brazos abiertos.

Em las atrapó y las abrazó con fuerza mientras parpadeaba con furia para borrar las lágrimas que le inundaron los ojos y que le impedían ver con claridad a sus hermanas. En cuanto comprobó que estaban bien, no pudo evitar darles palmaditas y acariciar sus brillantes cabezas. Esbozó una sonrisa llorosa cuando Issy se unió a ella.

Precedidos por los hermanos Thompson, todos los presentes en la posada se acercaron a las gemelas con exclamaciones de alegría, haciendo que Gert y Bea, a las que no les gustaba ser el centro de atención, les miraran con curiosidad.

Las niñas se cansaron con rapidez de que todos les dieran palmaditas, y se apartaron de la multitud.

– ¡Qué hombre más horrible! -exclamó Gert.

Bea clavó sus enormes ojos azules en Em; le temblaba el labio inferior.

– ¡Nos mintió!

Las gemelas sabían muy bien que nunca debían mentir, así que la idea de que un adulto les mintiera les resultaba incomprensible.

– Sabemos que es vuestro tío. -Gert paseó la mirada por Em, Issy y Harry, que se había acercado.

– Pero no es un buen hombre -declaró Bea-. Creemos que no deberíamos marcharnos con él.

Em asintió con la cabeza.

– No lo haremos. Ni ahora, ni nunca.

Bea deslizó su mano en la de Em.

– Bien. -Se volvió hacia la multitud-. ¿Hay una fiesta?

Muchos se rieron. Lady Fortemain sonrió y les hizo señas para que se acercaran. Las niñas dejaron a sus hermanas mayores y se acercaron a la anciana para contarle su historia, sin duda con floridas exageraciones.

Issy negó con la cabeza sin dejar de sonreír.

– Las van a volver locas. Mañana no serán capaces de hacer nada.

– Pero mañana será otro día -dijo Em-, y estoy tan agradecida de tenerlas de vuelta que no pienso reprocharles nada. Por un día podemos ser indulgentes.

Nuevas exclamaciones de alegría hicieron que todos miraran hacia la puerta, a los héroes del día, Jonas y Joshua. Los dos hombres sonrieron ante los vítores y cumplidos de la gente mientras trataban de llegar al lado de Em e Issy.

Em observó las dificultades de ambos y se volvió hacia Edgar.

– Sirve bebidas a todo el mundo por cuenta de la casa.

Con una amplia sonrisa, Edgar hizo lo que le pedía, desviando la atención de la gente hacia él; Jonas y Filing aprovecharon la oportunidad para abrirse paso hasta ellas.

Em les tendió las manos.

– Gracias.

Filing sonrió y le apretó los dedos, luego la soltó y se volvió hacia Issy, que también le dio las gracias.

Cuando la pareja se apartó de ellos, Jonas captó la atención de Em y lentamente llevó la mano de la joven a sus labios.

Ella lo miró a los ojos.

– No sé cómo agradecértelo.

El curvó las comisuras de los labios.

– Puedes intentarlo… más tarde.

Em se rio.

Jonas le puso la mano en el brazo y se volvió para observar a la multitud.

– De todos modos, como ya te he dicho en varias ocasiones, tú y tu familia sois asunto mío.

La joven levantó la vista a su cara.

– ¿Es esto a lo que te referías?

El asintió con la cabeza.

– Yo protejo lo que es mío. Entre otras cosas.

– ¿Incluso a dos diablillos como las gemelas?

– Incluso a dos diablillos como ellas. Bufaban como gatitas cuando las encontramos. De hecho, si Harold hubiera aparecido en ese momento, se habrían arrojado sobre él para hacerle pedazos. Por fortuna para tu tío, Filing y yo dimos con ellas. Las personas que Harold contrató no pusieron ningún reparo en entregárnoslas. Todos eran de Musbury y no tenían ni idea de en qué lío se estaban metiendo, de que en realidad estaban participando en un secuestro… Harold les dijo que era el tutor de las gemelas.

– Sabe que no lo es…, aunque presuma de ello.

– Y hablando de él, ¿dónde está?

– Thompson y Oscar lo dejaron en uno de los bancos de ahí fuera. Debió de marcharse en cuanto recuperó el sentido. La señorita Sweet acompañó a la señorita Hellebore a su casa para ver si había regresado a su habitación, pero tampoco estaba allí.

– Es probable que esté vagando por las calles, arrepintiéndose de sus pecados.

Em no pudo reprimir un bufido.

– Una fantasía preciosa, pero irreal.

Con un gesto sombrío, Jonas bajó la mirada hacia ella.

– Si regresa…

– Oh, lo hará, pero no volverá a intentar nada parecido. Puede que regrese fingiendo estar arrepentido para intentar convencerme de nuevo, pero eso será todo. -Lo miró directamente a los ojos-. Nada de lo que no pueda encargarme.

Jonas apretó los labios.

– Si te causa más problemas -le dijo después de un rato-, prométeme que me lo dirás.

Em vaciló; por alguna extraña razón no quería hacerle esa promesa.

Jonas le sostuvo la mirada.

– Considéralo como mi recompensa por haber recuperado a tus angelitos.

Em buscó su mirada. En aquellos ojos oscuros vio su determinación de arrancarle esa promesa como mínimo. Desde que conoció a Jonas, habían sido evidentes sus tendencias protectoras. Parecían algo intrínseco a él, algo que llevaba en la sangre. Realmente, ella no lo imaginaba sin ellas.

Aunque aún sentía cierta renuencia a aceptar la proposición de Jonas, asintió con la cabeza.

– De acuerdo. Si surgen más problemas, te lo diré.

La respuesta pareció satisfacer a Jonas, que asintió con la cabeza y se relajó. Entonces Phyllida hizo señas a su hermano para que se acercara a ella. Em se volvió para dirigirse a otro lado, pero Jonas la cogió de la mano para que lo acompañara a hablar con su hermana.