Y mientras pensaba todo eso, con todo el ruido del salón de fondo, nadie oyó el crujido de las ruedas en la grava del patio.
Se enteró del regreso de las gemelas al escuchar sus pasos apresurados y sus agudas voces llamándola:
– ¿Em? ¿Em?
La gente se apartó y las niñas la vieron delante de la barra. Se alzaron las faldas y, corriendo hacia ella, se arrojaron a sus brazos abiertos.
Em las atrapó y las abrazó con fuerza mientras parpadeaba con furia para borrar las lágrimas que le inundaron los ojos y que le impedían ver con claridad a sus hermanas. En cuanto comprobó que estaban bien, no pudo evitar darles palmaditas y acariciar sus brillantes cabezas. Esbozó una sonrisa llorosa cuando Issy se unió a ella.
Precedidos por los hermanos Thompson, todos los presentes en la posada se acercaron a las gemelas con exclamaciones de alegría, haciendo que Gert y Bea, a las que no les gustaba ser el centro de atención, les miraran con curiosidad.
Las niñas se cansaron con rapidez de que todos les dieran palmaditas, y se apartaron de la multitud.
– ¡Qué hombre más horrible! -exclamó Gert.
Bea clavó sus enormes ojos azules en Em; le temblaba el labio inferior.
– ¡Nos mintió!
Las gemelas sabían muy bien que nunca debían mentir, así que la idea de que un adulto les mintiera les resultaba incomprensible.
– Sabemos que es vuestro tío. -Gert paseó la mirada por Em, Issy y Harry, que se había acercado.
– Pero no es un buen hombre -declaró Bea-. Creemos que no deberíamos marcharnos con él.
Em asintió con la cabeza.
– No lo haremos. Ni ahora, ni nunca.
Bea deslizó su mano en la de Em.
– Bien. -Se volvió hacia la multitud-. ¿Hay una fiesta?
Muchos se rieron. Lady Fortemain sonrió y les hizo señas para que se acercaran. Las niñas dejaron a sus hermanas mayores y se acercaron a la anciana para contarle su historia, sin duda con floridas exageraciones.
Issy negó con la cabeza sin dejar de sonreír.
– Las van a volver locas. Mañana no serán capaces de hacer nada.
– Pero mañana será otro día -dijo Em-, y estoy tan agradecida de tenerlas de vuelta que no pienso reprocharles nada. Por un día podemos ser indulgentes.
Nuevas exclamaciones de alegría hicieron que todos miraran hacia la puerta, a los héroes del día, Jonas y Joshua. Los dos hombres sonrieron ante los vítores y cumplidos de la gente mientras trataban de llegar al lado de Em e Issy.
Em observó las dificultades de ambos y se volvió hacia Edgar.
– Sirve bebidas a todo el mundo por cuenta de la casa.
Con una amplia sonrisa, Edgar hizo lo que le pedía, desviando la atención de la gente hacia él; Jonas y Filing aprovecharon la oportunidad para abrirse paso hasta ellas.
Em les tendió las manos.
– Gracias.
Filing sonrió y le apretó los dedos, luego la soltó y se volvió hacia Issy, que también le dio las gracias.
Cuando la pareja se apartó de ellos, Jonas captó la atención de Em y lentamente llevó la mano de la joven a sus labios.
Ella lo miró a los ojos.
– No sé cómo agradecértelo.
El curvó las comisuras de los labios.
– Puedes intentarlo… más tarde.
Em se rio.
Jonas le puso la mano en el brazo y se volvió para observar a la multitud.
– De todos modos, como ya te he dicho en varias ocasiones, tú y tu familia sois asunto mío.
La joven levantó la vista a su cara.
– ¿Es esto a lo que te referías?
El asintió con la cabeza.
– Yo protejo lo que es mío. Entre otras cosas.
– ¿Incluso a dos diablillos como las gemelas?
– Incluso a dos diablillos como ellas. Bufaban como gatitas cuando las encontramos. De hecho, si Harold hubiera aparecido en ese momento, se habrían arrojado sobre él para hacerle pedazos. Por fortuna para tu tío, Filing y yo dimos con ellas. Las personas que Harold contrató no pusieron ningún reparo en entregárnoslas. Todos eran de Musbury y no tenían ni idea de en qué lío se estaban metiendo, de que en realidad estaban participando en un secuestro… Harold les dijo que era el tutor de las gemelas.
– Sabe que no lo es…, aunque presuma de ello.
– Y hablando de él, ¿dónde está?
– Thompson y Oscar lo dejaron en uno de los bancos de ahí fuera. Debió de marcharse en cuanto recuperó el sentido. La señorita Sweet acompañó a la señorita Hellebore a su casa para ver si había regresado a su habitación, pero tampoco estaba allí.
– Es probable que esté vagando por las calles, arrepintiéndose de sus pecados.
Em no pudo reprimir un bufido.
– Una fantasía preciosa, pero irreal.
Con un gesto sombrío, Jonas bajó la mirada hacia ella.
– Si regresa…
– Oh, lo hará, pero no volverá a intentar nada parecido. Puede que regrese fingiendo estar arrepentido para intentar convencerme de nuevo, pero eso será todo. -Lo miró directamente a los ojos-. Nada de lo que no pueda encargarme.
Jonas apretó los labios.
– Si te causa más problemas -le dijo después de un rato-, prométeme que me lo dirás.
Em vaciló; por alguna extraña razón no quería hacerle esa promesa.
Jonas le sostuvo la mirada.
– Considéralo como mi recompensa por haber recuperado a tus angelitos.
Em buscó su mirada. En aquellos ojos oscuros vio su determinación de arrancarle esa promesa como mínimo. Desde que conoció a Jonas, habían sido evidentes sus tendencias protectoras. Parecían algo intrínseco a él, algo que llevaba en la sangre. Realmente, ella no lo imaginaba sin ellas.
Aunque aún sentía cierta renuencia a aceptar la proposición de Jonas, asintió con la cabeza.
– De acuerdo. Si surgen más problemas, te lo diré.
La respuesta pareció satisfacer a Jonas, que asintió con la cabeza y se relajó. Entonces Phyllida hizo señas a su hermano para que se acercara a ella. Em se volvió para dirigirse a otro lado, pero Jonas la cogió de la mano para que lo acompañara a hablar con su hermana.
Mucho más tarde, cuando todos dieron por concluida la celebración y se habían ido ya a sus casas, Em, seguida de Jonas, subió las escaleras de servicio hasta las habitaciones que se encontraban situadas sobre las de los huéspedes; sus hermanos se habían retirado un poco antes.
Las gemelas, cansadas por la terrible experiencia, habían subido a su habitación a las nueve. Asimismo, Issy y Henry, agotados por los acontecimientos, se habían retirado hacía una hora. Em pasó por delante de las dos habitaciones con las puertas cerradas y se dirigió a la última habitación, la que se encontraba al fondo del estrecho pasillo.
Aquélla tenía la puerta entreabierta. Dentro, la llama de una vela parpadeó cuando la joven abrió aún más la puerta y asomó la cabeza.
AI otro lado de la estancia había dos camas individuales con los cabeceros contra la pared. En cada una dormía un angelito. Las trenzas doradas de las niñas se extendían sobre las almohadas, enmarcando delicadamente las pequeñas mejillas ruborizadas.
Jonas observó la escena por encima de la cabeza de Em y escuchó el suave suspiro de la joven. El tierno sonido contenía alivio, amor y satisfacción.
Las gemelas se habían removido con inquietud en sueños y habían desordenado las mantas, por lo que sus brazos y piernas estaban expuestos al aire fresco de la noche. Em se acercó de puntillas a las camas y arropó a las niñas con las mantas, dándoles un beso en la frente.
Jonas la observó con el hombro apoyado en el marco de la puerta y las manos en los bolsillos. Vio el amor sincero que iluminaba el rostro de Em y el cariño que se traslucía en cada caricia, en cada mirada silenciosa.
Le invadió el anhelo, la necesidad de ver a Em ofreciendo ese mismo amor incondicional a un hijo o hija de ambos. De una manera profunda, pura y punzante, aquel nuevo deseo se abrió paso con facilidad en su interior.
Satisfecha, Em se apartó de sus hermanas y volvió al lado de Jonas. Se llevó un dedo a los labios para indicarle que guardara silencio y saliera al pasillo; luego volvió a entornar la puerta.