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Cuando habló, la voz de Jonas era oscura y resonante en la noche.

– Has venido aquí, a Colyton, y has hecho que el pueblo vuelva a estar completo -hizo una pausa-. Lo mismo que has hecho conmigo.

Em escuchó las palabras, comprendiendo lo que querían decir-la admisión elemental que contenían-, y que eran la respuesta a su pregunta.

Cuando se trataba de las preguntas de Em, Jonas tenía las respuestas. Respuestas correctas que le llegaban al alma.

La joven permaneció allí tendida, absorbiendo esa verdad, dejando que su corazón y su mente se reconciliaran, con ella. Luego, movió la mano que Jonas sostenía contra su pecho y entrelazó el pulgar con el suyo, mucho más grande.

Cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño mientras yacía entre los brazos de Jonas, con su mano unida, a la de él.

Al día siguiente era domingo. Em acudió al servicio dominical con Issy, Henry y las gemelas. Jonas no asistió. La joven sospechaba que podría tener algo que ver con la hora tardía, un poco después del amanecer, en la que, finalmente, había abandonado su cama. De todos modos, él le había dicho que la vería más tarde, por lo que Em estaba contenta.

En efecto, estaba contenta, un estado que no era habitual en ella, al menos no desde que podía recordar, Jonas quería casarse con ella, y Em estaba cada vez más segura de que también quería casarse con él, sobre todo cuando cada día que pasaba tenía más claro que las razones de su propuesta de matrimonio eran las correctas, el tipo de razones inquebrantables que le daban la confianza necesaria para construir un futuro con Jonas.

Aún tenía que encontrar el tesoro, pero era domingo y, después de la terrible experiencia del día anterior, la joven estaba dispuesta a dejar la búsqueda a un lado y disfrutar de las maravillas del día, de la delicia indescriptible de poder seguir a las gemelas, que retozaban, corrían y se reían, de vuelta a la posada. También la acompañaba Issy, que tenía los labios curvados en una tierna sonrisa de felicidad, y Henry que, con las manos en los bolsillos, caminaba a grandes zancadas junto a ellas mientras practicaba en voz baja las declinaciones.

Em alzó la cabeza, y sintió la ligera y agradable brisa jugueteando con las cintas de su sombrerito y la suave calidez del sol en las mejillas. Sonrió.

Hoy hacía un buen día.

Estaba deseando tener muchos días así, pero todavía tenía una posada que dirigir.

Habían llegado más huéspedes. Edgar, que no asistía a la iglesia, se había encargado de alojarlos. Em aprobó los preparativos y luego fue a reunirse con Hilda y sus chicas. Todo estaba casi listo para servir el almuerzo y Hilda la echó de la cocina con una sonrisa.

Issy se encargaría de supervisar la preparación del almuerzo familiar -habían invitado a Jonas y a Joshua a almorzar como muestra de agradecimiento por su inestimable ayuda el día anterior-, pero todavía quedaba media hora para subir a comer. Observó el salón de la posada y vio la habitual multitud de caras familiares. Con una sonrisa, se acercó a hablar con ellos.

Se movió entre los hombres que se encontraban en la barra del bar y las mujeres que ocupaban las mesas al otro lado del salón. El señor Hadley estaba sentado en el que se había convertido su lugar favorito, un rincón oscuro, cerca de una ventana por la que se podía ver el patio delantero de la posada, el camino y la iglesia.

– ¿Qué tal van sus dibujos? -le preguntó Em, deteniéndose al lado de su mesa con una sonrisa.

Hadley la miró a los ojos mientras le devolvía la sonrisa.

– Muy bien, gracias. -Hizo girar el gran bloc de dibujo sobre la mano libre y le señaló el boceto-. Mírelo usted misma.

Em bajó la mirada y observó el bosquejo, que guardaba un gran parecido con una de las estatuas que flanqueaban el altar de la iglesia. Era un boceto extraordinariamente detallado. La joven levantó la mirada a la cara del artista.

– Tiene usted mucho talento.

Él le agradeció las palabras con un gesto de cabeza, obviamente complacido por el cumplido.

– Gracias. -Hadley le indicó con un gesto de la mano que se sentara a su lado-. Por favor, mire el resto. Me gustaría mucho conocer su opinión.

La joven se sentó en un banco frente a él y pasó la página. El siguiente boceto era una versión exacta de otra de las figuras que había en la iglesia. Página a página, Em ojeó incontables bocetos y dibujos completos. La precisión con la que Hadley había captado los detalles de los monumentos era espectacular, tanta que ella casi podía ver la imagen real, salvo por la iluminación. La mayoría de los dibujos carecían de luces y sombras e incluso de textura; Hadley sólo había plasmado una cierta atmósfera en aquellas estatuas que estaban situadas en zonas sombrías, y algunas resultaban un tanto extrañas.

La joven sonrió y le dijo que los dibujos le gustaban mucho, cerrando el bloc.

Él se encogió de hombros.

– Sólo dibujo lo que veo.

– Entonces tiene muy buen ojo. Usted, fue marino, ¿verdad? He oído que los marinos tienen una vista de lince.

Hadley se rio.

– Sí, muchos dirían eso. También se dice que los marinos tienen ojos errantes, pero en mi caso diría que, aunque deambulo por el mundo, siempre me detengo a mirar las cosas.

Em apoyó el codo en la mesa y la barbilla en la palma de la mano.

– Hábleme de los lugares que ha visto.

Él la complació.

A la joven no le resultó difícil mostrarse fascinada cuando él le relató algunos de sus viajes, y se le ocurrió que Hadley se estaba esforzando por embelesarla. La idea no le molestó; muchos hombres ejercían un gran encanto simplemente porque podían hacerlo.

Mientras le escuchaba, Em sonrió y asintió con la cabeza; Hadley parecía como un libro abierto -una criatura que vivía por completo para la luz-, con una afinidad inversamente proporcional a la oscuridad que rezumaban sus dibujos. Aquello hizo que sintiera curiosidad por él, que quisiera saber más de él.

En ese momento se escucharon unas voces agudas que atrajeron la mirada de Em y Hadley hacia la ventana, a la escena que se desarrollaba en el patio. Filing, que se estaba acercando a la posada, fue abordado por las gemelas. Cotorreando sin cesar, cada una de las niñas agarró al párroco de una mano y lo condujeron al interior de la posada.

Con una carcajada, Filing se lo permitió, dejando que le hicieran desfilar por el salón como un héroe vencedor. Todos sonrieron. Demasiado absortas en el desfile del pastor, las gemelas no vieron a Em sentada en la esquina. Filing sí lo hizo. Le sonrió y la saludó con la cabeza antes de que las gemelas volvieran a reclamar su atención y lo condujeran entre las mesas del comedor en dirección a la cocina.

Con una risita ahogada, Em se volvió hacia Hadley. Este se había recostado contra la pared de la esquina. Volvió a sentirse impresionada ante la afinidad del hombre con las sombras. Hadley esbozó una sonrisa fácil.

– Sus hermanas parecen haberse encariñado con el párroco.

– En efecto. Es un hombre muy agradable.

– Ha debido de ser un enorme alivio tenerlas de vuelta.

– Lo fue. -Em sintió el peso de una mirada familiar y miró a su alrededor. Vio a Jonas salir del vestíbulo que había ante su despacho-. Les estoy muy agradecida a todos los que participaron en la búsqueda. -Jonas la esperaba. Se volvió hacia Hadley con una educada sonrisa-. ¿Me disculpa?

El curvó los labios de manera automática mientras cogía el bloc de dibujos. Ella se despidió con una inclinación de cabeza, con los pensamientos y los sentidos centrados por completo en Jonas.

Se reunió con él con una sonrisa, una que contenía una calidez que procedía de lo más profundo de su ser. Le puso una mano en el brazo y él la cubrió con la suya.

– Nos estarán esperando para comer. Deberíamos subir.

Él deslizó sus ojos oscuros por la cara de Em, con una suave expresión en su rostro.