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– Sí… Vamos.

Él dio un paso atrás en el vestíbulo, llevándola consigo. Mientras las sombras los tragaban, la joven dirigió una última mirada a los clientes, y observó que Hadley tenía los ojos clavados en Jonas y ella.

A pesar de la distancia, vio que había adoptado una expresión seria.

¿Estaría celoso el artista?

La joven sonrió, descartando aquella idea descabellada; resultaba evidente que Hadley estaba simplemente melancólico como solían estar todos los artistas. Se volvió para seguir a Jonas. Pero él se detuvo, la abrazó y la besó. A conciencia.

¿Cómo podía resultar tan devorador un beso normal?

Aquél era un beso entre amantes que no se olvidaban del lugar donde estaban. Y aun así Em sintió que le daba vueltas la cabeza, que se le obnubilaban los sentidos y la mente.

Él terminó de besarla y alzó la cabeza. Ella abrió los ojos y lo miró a la cara, observando la expresión engreída y satisfecha de Jonas. Se aclaró la garganta.

– El almuerzo -declaró.

Él se rio entre dientes y la cogió de la mano.

– Vamos a almorzar, pues. Si eso es lo que quieres, claro.

Em se dijo a sí misma que era eso lo que quería. Por supuesto que sí.

Un poco aturdida, lo condujo por la cocina hasta las escaleras de servicio.

A la mañana siguiente, como todos los lunes anteriores, Jonas y Em se reunieron como dueño de la posada y posadera en el despacho de Em y se concentraron en ponerse al día con las cuentas del negocio.

– Tienes razón -dijo Jonas, pasando las páginas del libro de cuentas y comparando las últimas anotaciones con las de las semanas anteriores-. Las ganancias que ya habían mejorado considerablemente gracias a los clientes habituales, aumentan todavía más con el dinero que dejan los huéspedes.

– Así que no te importará que contrate a Riggs para pintar las contraventanas delanteras y a más chicas como doncellas cuando tengamos más huéspedes, ¿verdad? -Em arqueó una ceja, mirándole por encima del escritorio.

Jonas se recostó en la silla.

– Pensaba que ya habías contratado a todas las jóvenes disponibles.

– Casi. Pero la señora Hillard, que vive en la granja del cruce, tiene dos hijas que quiere mandar a servir, y me comentó que preferiría que trabajaran aquí, al menos hasta que sean mayores. Ella o su marido podrían acompañarlas a casa todas las noches y todos tan contentos.

El consideró la cuestión durante un buen rato antes de hablar.

– Me parece bien que contrates a las chicas Hillard, pero no podemos permitirnos el lujo de contratar más gente de la necesaria.

Em sabía de sobra lo que quería decir. Sonrió y bajó la mirada a la mesa para escribir una nota.

– Tienes razón, por supuesto. Sólo podemos contratar a la gente que realmente necesitemos. Hablé con Phyllida sobre la Compañía Importadora de Colyton y sus orígenes. Comparto su filosofía sobre lo importante que es para la autoestima de las personas saber que se les contrata porque se las necesita, y no por razones caritativas. -Terminó de escribir la nota con un floreo-. Dirigimos un negocio, no una organización benéfica.

Em levantó la mirada al escuchar un ruido de pasos apresurados en el salón.

– ¡Señorita Colyton! Oh, ¡señorita Colyton!

– Es la señorita Sweet. -Jonas echó la silla hacia atrás y se levantó. Em le imitó y rodeó el escritorio. El la siguió por el vestíbulo hasta el salón, donde Sweet estaba dando saltitos y revoloteando con impaciencia.

En cuanto vio a Em, se abalanzó sobre ella con los ojos brillantes como los de un pájaro y la agarró de la muñeca.

– Aquí está, querida. -Le brindó una sonrisa radiante a Jonas-. Qué suerte que usted también esté aquí, querido. -Con aire conspirador, la señorita Sweet echó un vistazo a su alrededor y, acercándose más, les habló en voz baja-. La cosa es que Harriet, la señorita Hellebore, cree haber resuelto su acertijo. El de «la casa más alta». Bueno, lo cierto es que no está del todo segura. -La excitación contenida hacía estremecer a la señorita Sweet de los pies a la cabeza, pero logró calmarse y adoptar una expresión seria-. Por eso me pidió que viniera y la llevara junto a ella para que usted decidiera si lo que ella piensa tiene algún sentido.

Em miró a Jonas con los ojos llenos de esperanza.

El asintió con la cabeza, echó un vistazo a su alrededor y le puso la mano en la espalda.

– Vayamos ahora. Los libros de cuentas pueden esperar.

Jonas condujo a Em y a la señorita Sweet por el salón hasta la puerta abierta de la posada. Sólo cuatro nuevos visitantes, dos viejos campesinos y un puñado de clientes habituales y Hadley, que permanecía entre las sombras de la mesa del rincón, con la cabeza inclinada sobre su bloc de dibujos, fueron los únicos que presenciaron el excitado revoloteo de la señorita Sweet y la mirada esperanzada que iluminaba el rostro de Em.

Pero a Jonas no le hacía gracia que hubiera testigos. Aunque no tenía ni idea de si el tesoro de Colyton existía en realidad, ni si tendría un valor significativo, creía que lo más prudente sería no correr riesgos innecesarios ni difundir de manera fortuita la posible existencia de un tesoro oculto a todo el mundo.

Pensaba que lo más sensato sería mostrarse cautelosos sobre el objeto de su búsqueda, pues aunque la excitación de la señorita Sweet sólo conseguiría que la gente esbozara una sonrisa, la mirada emocionada de Em que, por lo general, era mucho más prosaica, haría alzar las cejas y despertaría la curiosidad de todos.

La casa de la señorita Hellebore estaba al lado de la carretera, y poseía un exuberante jardín en la parte delantera.

Jonas abrió el pequeño portón en el muro bajo de piedra para que Em y la señorita Sweet pasaran, luego las siguió por el camino de entrada hasta la puerta principal.

Ésta se abrió antes de que llegaran, y Harold Potheridge salió al porche. Pareció tan sorprendido de verles como ellos de verle a él.

Em, con el rostro inexpresivo, se apartó a un lado. La señorita Sweet la imitó.

Potheridge vaciló, luego pasó junto a ellos y les saludó con una inclinación de cabeza.

Después de dejarle pasar, Jonas se quedó mirando al hombre hasta que éste cerró el portón y se alejó por el camino.

La señorita Sweet se estremeció de manera histriónica.

– Qué hombre tan soso.

Jonas miró a Em y vio que apretaba los labios con nerviosismo.

– Es mejor que haya salido -dijo-. No queremos que escuche nada que no debe.

– No, en efecto. -Sweet les guió al interior de la casa, esperando que se reunieran con ella en el vestíbulo. Luego cerró la puerta con llave-. Ahora nadie nos interrumpirá ni escuchará a escondidas. -Con un gesto de la mano les indicó la habitación del frente-. Harriet nos está esperando en la salita.

Encontraron a la señorita Hellebore sentada en su sillón favorito entre la chimenea y la ventana. Estaba muy excitada y con los ojos tan brillantes como los de la señorita Sweet.

– Ya sé cuál es el lugar que han estado buscando. Se me ha ocurrido de repente. -La señorita Hellebore aguardó a que Em y Jonas se sentaran en el sofá y que Sweet tomara asiento en el otro sillón antes de continuar-. Estaba aquí sentada, mirando por la ventana el campo, como suelo hacer habitualmente, cuando me di cuenta.

Con un gesto de la mano, indicó el paisaje que había al otro lado de la ventana. Observaron el fondo de la carretera, el estanque de los patos y, más allá, el camino que conducía a la iglesia que estaba asentada en la cima de la colina.

La anciana aguardó mientras todos miraban por la ventana y contemplaban el paisaje, antes de entonar con voz queda.

– La casa más alta, la casa en lo más alto. Creo que hay que considerar ambas frases como dos partes separadas de una descripción. Como dos pistas, no la repetición de una. Por otro lado, tenéis que saber que este pueblo siempre ha estado muy vinculado a su iglesia… Por eso las estatuas que hay en su interior son tan antiguas y majestuosas. Y por último, debemos recordar que, en otros tiempos, la casa del Señor era descrita a menudo como…