– Nunca me hubiera imaginado… -susurró entonces Láufer desde la oscuridad-. ¿Esto lo haces siempre, Ana? Quiero decir… ¿siempre te vistes igual y todo eso?
– Siempre -le respondí, recogiéndome cuidadosamente el pelo con un apretado gorro de goma negra-. El traje no sólo me protege del frío exterior sino que impide que el calor de mi cuerpo dispare los sensores de infrarrojos. Las personas emitimos una radiación térmica equivalente a la de una bombilla incandescente de unos quinientos vatios, ¿lo sabías? Si el cinturón de sensores de la muralla detecta cualquier emisión de calor en las almenas, las alarmas se dispararán y tú y yo acabaremos pasando la noche en la cárcel.
– Tu traje me parece precioso, Ana, de veras. No te lo quites.
Me puse un par de guantes de látex, me calcé las botas y anudé con firmeza los cordones. Láufer estaba muerto de curiosidad.
– Esas botas, ¿también son especiales?
– Son botas con suela de pie de gato, de caucho, muy útiles para escalar paredes verticales. Se af errana los bordes, huecos y grietas como auténticas garras. Y, antes de que me lo preguntes, te diré que lo que me estoy poniendo en este momento en los oídos -y acompañé las palabras con los movimientos- son dos miniauriculares con amplificadores de sonido que me permiten escuchar el fuelle de tus pulmones como si fueras el primo del huracán El Niño. Sirven para que nadie pueda pillarme desprevenida y para controlar mis propios ruidos. Así que ahora, por favor, silencio. Métete en el coche y duérmete. Dentro de una hora estaré de vuelta.
Me ajusté en la cabeza, sobre el gorro, la correa de los intensificadores de luz -las gafas de visión nocturna- y los apoyé firmemente sobre el puente de la nariz. De pronto, el mundo se iluminó bajo un curioso y potente resplandor verde. ¡Incluso la pálida cara de Láufer!
– ¿Y si no vuelves?-El pobre temblaba como un flan de gelatina.
– No te preocupes -dije cargando a la espalda la mochila con el equipo y el tubo portalienzos con la copia hecha por Donna-. Te despertarán las sirenas de los coches de la policía.
Crucé la carretera rápidamente y me detuve un segundo frente al puente de madera. Rogué a los dioses que no crujiera mucho bajo mi peso y, por suerte, los dioses me escucharon. Encogida sobre mí misma avancé despacito por él hasta alcanzar el islote y una vez allí caminé sigilosamente alrededor de la muralla hasta situarme en la parte posterior, en la pared oeste, la que daba al lago. Los amplificadores de sonido me indicaron que los perros todavía no habían detectado mi presencia. Su caseta quedaba justo al otro lado de la cortina del muro. Calculé bien mi posición, el ángulo de tiro, la fuerza y la altura, y, arrancando la anilla, lancé un bote de gas tranquilizante que dibujó un arco en el aire y desapareció tras las almenas. El bote chocó contra el suelo con un golpe secó y uno de los perros ladró, sobresaltado; al otro, probablemente, ni siquiera le dio tiempo de abrir los ojos: unas buenas dosis de cloracepato dipotásico y de cloruro de mivacurio le dejaron fuera de juego en décimas de segundo. No les pasaría nada; al día siguiente se despertarían contentos como cachorros después de un buen sueño.
Saqué de la mochila el rollo pequeño de cuerda, de trece metros de largo y sólo diez milímetros de grosor, y sujeté uno de los extremos con la abrazadera del arpón de tres puntas que debía engancharse al adarve de la muralla. Lo hice girar como las aspas de un molino, trazando un círculo cada vez mayor y, cuando tuvo el radio adecuado, lo disparé hacia arriba como si aspirara a ganar la medalla olímpica de lanzamiento de martillo. Tenía que ser muy precisa si no quería que el arpón cayera contra el suelo de la ronda, tras las almenas, y disparara la alarma. Pero salió bien y se enganchó en la cornisa a la primera. Coloqué entonces en la cuerda los dos puños de ascensión, rapidísimos y fuertes como bocas de lobo, y, agarrándome a las empuñaduras con firmeza, comencé a escalar la pared a toda velocidad. Cuando llegué arriba, me senté a horcajadas sobre el muro y busqué ávidamente con la mirada los abanicos de rayos infrarrojos que mis gafas me permitían desenmascarar. Allí estaban, relampagueando débilmente en la verdosa claridad. Ni si quiera cubrían por completo la distancia entre atalaya y atalaya. White Knight Co. volvía a darme una gran alegría con su trabajo chapucero. ¿Cómo se atrevían a cobrar las fortunas que cobraban por semejantes instalaciones? Avancé a lo largo de la muralla hasta llegar a la zona de sombra entre los dos manojos de rayos y me dejé caer hasta el suelo con toda tranquilidad. Enganché de nuevo el garfio en sentido contrario y me deslicé suavemente por la cuerda hasta la esponjosa hierba del antiguo y magnífico patio de armas. Aquel terreno solitario y silencioso que yo pisaba ahora subrepticiamente había sido el escenario de los ejercicios militares, duelos, torneos, juegos, justas y fiestas de una sociedad y unas gentes desaparecidas para siempre.
Allí estaban mis dos feroces rottweilers de brillante pelo negro, pacíficamente dormidos como dos angelitos. Recogí el bote de gas, lo metí dentro de una bolsa con cierre hermético y lo guardé. No tenía tiempo que perder, así que eché a correr hacia la torre del homenaje mientras sacaba de la mochila la cuerda de treinta metros, la diminuta ballesta femenina de caza, de fabricación belga, adquirida años atrás por mi padre en una subasta, y otro pequeño gancho de acero de tres puntas. Preparé el material pegada como una mancha a la piedra de la torre y, cuando estuvo todo listo, me alejé unos tres o cuatro metros, tensé la cuerda del arco con la manivela, la ajusté al fiador del tablero, coloqué el arpón, apunté hacia lo alto del baluarte y disparé. Un suave silbido cortó el aire, aunque a mí casi me dejó sorda por culpa de los amplificadores. No hay instrumento más preciso, mortal y silencioso que una hermosa ballesta de caza. Escalé la pared del edificio y me encontré en una azotea, cuadrada con suelo de hormigón y revestimiento de tela asfáltica en torno a la maquinaria del ascensor, el escape de humos, los tubos de aire, gas y calefacción y el cañón de la chimenea, todo muy poco medieval. Afortunadamente, ya no tenía que enfrentarme a más sistemas de seguridad, sólo colarme por la puerta de la azotea en el interior del edificio y entrar en la Pinakothek de Hubner. La puerta estaba provista de una sofisticada cerradura blindada con mecanismo antiganzúa y antitaladro. Esbocé una sonrisa maliciosa y respiré aliviada… Aunque no debía ser muy difícil, la verdad es que no tenía ni idea de cómo utilizar una ganzúa o un taladro para descerrajar una puerta, pero eso sí, sabía bastante respecto a llaves maestras, y buena prueba de ello era la magnífica llave de pistones, con muelles de bronce, que me había hecho fabricar por la empresa alemana Brühl Technik amp; Co., y que entró de maravilla por la bocallave, ajustándose a las guardas y descorriendo el pestillo.
Voila! ¡El castillo de Kunst era todo mío!
Detrás de la puerta encontré unas relucientes escalerillas de madera pulimentada que terminaban en un amplio corredor decorado con alfombras, tapices españoles y espléndidos cristales de Baccarat y porcelanas de Sévres entre los ventanales. Avancé de puntillas a pesar de saber que no había peligro de ser escuchada porque el mullido recubrimiento del suelo ahogaba mis pasos y porque el matrimonio Seitenberg dormía cuatro pisos más abajo. Al fondo, una puerta de roble labrado, que se deslizó sin hacer ruido, me dio acceso a la galería de pintura y, cuál no sería mi sorpresa al ver allí, colgando de las paredes y de los paneles dispuestos en hileras en el centro de la sala, la mayor parte de las obras robadas en los más importantes museos de Europa durante los últimos años: el paisaje inacabado La cabana de Jourdan, de Cézanne, y los dos Van-Gogh, La artesiana y El jardinero, sustraídos de la Galería de Arte Moderno de Roma; Le chemin de Sévres, de Camille Corot, el Autorretrato, de Robert de Nanteuil, y el Turpin de Crissé, robados al Louvre; el Falaisesprés de Dieppe, de Monet, y el Allée de peupliers de Moret, de Alfred Sisley, hurtados recientemente en el Museo de Bellas Artes de Niza, así como un largo etcétera que despertó mi admiración y envidia. El Grupo de Ajedrez no era el único que se dedicaba a esta lucrativa tarea en Europa (incluyendo la cada vez más amplia Europa del Este), aunque había que reconocer que sí era el mejor en su forma de actuar, ya que, mientras los demás empleaban las armas para llevar a cabo los robos, nosotros utilizábamos la inteligencia. De modo, me dije con sorna, que Helmut Hubner, el honrado empresario, el filántropo de las galletas, el antiguo miembro del partido nazi, estaba detrás de aquellas sustracciones.