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Así que se granjeó el apoyo de su madre y mientras terminaba sus estudios, trabajaba esporádicamente en Fieratorino, la organización encargada de los congresos y las ferias industriales, como el famoso Salón del Automóvil Sonia hizo sus pinitos de azafata, y hasta de intérprete de ruso en un campeonato de golf. Le gustaba el contacto con gente diversa. La misma curiosidad que sentía hacia los idiomas la sentía hacia la cultura y el espíritu de la gente que los hablaba. El mundo era definitivamente mayor que la pequeña Orbassano, yesos trabajitos le ensanchaban el horizonte. Poco a poco, su sueño de ser azafata se fue transformando en el de ser profesora de idiomas o, mejor aún, intérprete en algún organismo internacional como las Naciones Unidas.

Como buen montañés, Stefano era autoritario y rígido, pero no tan terco como para no darse cuenta de las necesidades de sus hijas. Estaba atrapado en un dilema común a la gente de su generación: por una parte sentía la necesidad de tenerlas bajo control y de educarlas a la manera tradicional (las chicas podían hacer ciertas cosas; los chicos, en cambio, podían hacer todo lo que quisieran) y por otra veía que los tiempos cambiaban y que ya no se trataba de esperar a que encontrasen marido. y aun así, mejor que fuesen económicamente independientes para no tener que vivir bajo la férula de un hombre. De modo que ante la presión de su mujer que estaba empeñada en que sus hijas tuvieran una profesión, transigió, y aceptó hacerse cargo del viaje y de los estudios de Sonia en Inglaterra. Pero no estaban dispuestos a que su hija fuese de au pair a vivir con cualquier familia en una ciudad cualquiera. Eligieron Cambridge, cuna de una de las más prestigiosas universidades y colleges. En la edad en la que estaba Sonia, más valía rodearla del mejor ambiente posible… Ella se lo agradeció abrazándole y besándole como cuando era pequeña, buscando las cosquillas de su bigote.

El 7 de enero de 1965, se despidió de sus hermanas y dio un fuerte achuchón a Stalin, el viejo perro que había sido su compañero de juegos durante toda su infancia. Sus padres la acompañaron hasta el aeropuerto de Milán, a una oretta de distancia. La neblina de la mañana dio paso a un día soleado y frío. Sonia se debatía entre la excitación de viajar sola por primera vez y el miedo a lo desconocido. Tenía dieciocho años y la vida por delante. Una vida que ni en sus sueños más descabellados hubiera podido imaginar.

4

«Para ellas, siempre lo mejor…» Stefano nunca escatimó con sus hijas. La Lennox Cook School era una de las mejores y más caras escuelas de idiomas de Cambridge, situada en una bonita calle un poco apartada del centro. Presumía de haber tenido al famoso escritor E. M. Foster entre sus profesores de literatura, aunque en aquellos años era demasiado mayor y sólo iba esporádicamente a dar alguna charla. Por el precio de la matrícula, la escuela se encargaba también de buscar una familia inglesa a cada estudiante que lo solicitase, para que pudiese vivir como huésped de pago.

Comparado con el de Turín, el clima de Cambridge le pareció a Sonia deprimente: el frío congelaba los huesos a causa de la humedad, caía un chirimiri constante y se hacía de noche a las cuatro de la tarde. Además era un frío penetrante porque, para ahorrar, los radiadores de la casa se mantenían apagados la mayor parte del día. Para su sorpresa, el de su habitación funcionaba sólo con monedas. Había pensado que vivir en el seno de una familia inglesa sería como hacerlo con cualquier familia italiana, donde todo se compartía. Pero eso era desconocer las costumbres locales. Ser huésped de pago era un negocio más y, como tal, todo se contabilizaba. Descubrió horrorizada que tenía que pagar cada vez que quería darse un baño y que le iba a salir caro mantener el nivel de higiene diaria al que estaba acostumbrada. Pero lo peor eran las comidas. Nunca había comido col hervida ni carne con mermelada ni tortilla de patatas acompañada de… patatas. Levantarse por la mañana y encontrarse frente a una tostada con judías blancas en salsa de tomate le cortaba el apetito. Y la tostada con espaguetis blandos y pegajosos que le dieron un día le pareció una broma de mal gusto, aunque al ver que los demás le hincaban el diente con fruición, se dio cuenta de que así eran las cosas en ese país tan raro. A esto se sumaba la dificultad que tenía de expresarse: era incapaz de sostener una conversación fluida con la familia de acogida. En realidad, sabía menos inglés de lo que se había imaginado.

Al principio, pensó que nunca se acostumbraría. Su timidez constituía un obstáculo para relacionarse. Evitaba verse con otros italianos porque estaba allí para estudiar y no para divertirse. Los primeros días se dedicó a descubrir la ciudad. La iglesia gótica del King's College y el río lleno de bateas con turistas eran dos de sus lugares preferidos. Pero había muchos sitios interesantes como la capilla del Trinity College con sus estatuas y placas en honor a los grandes personajes que habían estudiado o investigado allí, como Isaac Newton, Lord Byron o el propio Nehru; el «puente matemático», el primer puente en el mundo diseñado según el análisis de las fuerzas matemáticas que actúan sobre su estructura… No le pareció extraño que Cambridge fuese considerada una de las ciudades más bellas de Inglaterra, pero eso no dejaba de ser un pobre consuelo a su soledad. A la salida de clase solía deambular por las calles del centro. De vez en cuando entraba en una de las numerosas librerías, sobre todo en las que tenían prensa extranjera, para hojear alguna revista o periódico italianos. Ese fugaz contacto con su país era como un bálsamo. Sentía tanta nostalgia, echaba tanto de menos a los suyos, que al regresar a su cuarto gélido se le caía el alma a los pies. Pero ¿por qué demonios se me habrá antojado venir a estudiar a un sitio así?, se preguntaba mientras daba una fuerte calada a su inhalador.

Por muy tímida que fuese, era imposible no hacer amigos a los dieciocho años en un lugar como Cambridge, donde uno de cada cinco habitantes era estudiante. Los había de todas las nacionalidades y todas las razas y se dedicaban a todo tipo de actividades durante su tiempo libre, desde el deporte al arte dramático, pasando por escuchar música en vivo o ir de pícnic al Orchard Tea Garden, unos jardines en un paraje idílico que parecía sacado de una novela de Thomas Hardy y cuya cafetería servía una deliciosa tarta de queso. Son ellos los que habían impreso a la ciudad ese ambiente cosmopolita, divertido y a la vez interesante, por el que Cambridge era mundialmente conocida, y muchos eran como Sonia, es decir extranjeros sin familia ni amigos. Se necesitaban los unos a los otros.

Fue un chico alemán quien le habló por primera vez de un restaurante donde se comía decentemente. Christian von Stieglitz era un estudiante de Derecho Internacional en el Christ's College, un chico alto, bien parecido, con ojos de un azul intenso y mirada pícara. Medio inglés medio alemán, hablaba varios idiomas, aunque sentía predilección por el italiano y el francés. y por las italianas y las francesas, de modo que… ¡qué mejor manera de unir lo útil a lo agradable que pululando por las escuelas de idiomas, llenas de guapas estudiantes! Así fue como conoció a Sonia, y la convenció para que probase el único lugar en Cambridge donde se comía decentemente. No era muy caro, y tampoco estaba lejos de la escuela. El Varsity era conocido por ser el restaurante más antiguo de la ciudad y se jactaba de haber tenido como ilustres comensales al príncipe Faisal y al duque de Edimburgo en su época de estudiantes. Diez años antes había sido comprado por una familia grecochipriota y desde entonces ofrecía platos mediterráneos a su numerosa clientela, que incluía tanto profesores como alumnos. Se encontraba en un edificio antiguo de fachada de ladrillo visto pintada de blanco con dos grandes ventanas a cuadritos en el piso superior. Estaba anunciado por un rótulo discreto de letras negras. Era un local estrecho y desde los ventanales que daban a la calle se podían ver los edificios del Emmanuel College, otra institución con mucha solera donde había estudiado el mismísimo señor Harvard, y que le sirvió de inspiración para fundar la universidad que lleva su nombre cerca de Bastan.