– Tu madre se sentiría orgullosa de ti -le dijo Sonia.
Pero no era como la victoria de Indira en Bangladesh. Rajiv había vendido la piel antes de cazar el oso.
La mayoría cingalesa, temerosa de que sus intereses se viesen perjudicados por las concesiones hechas a los tamiles, reaccionó de manera violenta a los términos del acuerdo. Cuando Rajiv viajó a Colombo a finales del mes de julio de 1987 para ratificarlo, los agentes del Special Protection Group que le acompañaban intentaron disuadirlo de pasar revista a la guardia de honor como requería el protocolo. «Puede ser peligroso -le dijeron-. Pueden haberse infiltrado elementos incontrolados, hay mucha tensión en la isla…»
– ¿Cómo? Aquí estamos para firmar un acuerdo que garantiza su paz y seguridad… ¿y vais a decirles que tengo miedo de saludar a la guardia de honor?
Sus escoltas, que conocían lo testarudo que podía ser su jefe, no insistieron. Hacía poco tiempo, uno de ellos había sufrido la ira del primer ministro en carne propia. Había osado quejarse de que Rajiv conducía demasiado rápido su propio Range Rover, regalo del rey Hussein de Jordania, con el que le gustaba desplazarse desde su domicilio hasta su despacho en el Parlamento, y que no le podía seguir por las calles de Nueva Delhi. Rajiv lo había encontrado demasiado insolente y había pedido su traslado. La presión del cargo hacía surgir en Rajiv rasgos de cabezonería y determinación que recordaban a los de su hermano y su madre.
De modo que siguió con su programa y acompañó al presidente de Sri Lanka a pasar revista a la guardia de honor, con música de una banda militar, saludos marciales y toda la parafernalia. De pronto, un soldado, vestido del uniforme blanco de la marina, rompió la fila y se abalanzó sobre él, con la intención de golpearle con la culata de un rifle en la cabeza. Rajiv se percató del ataque y se agachó justo a tiempo para esquivar el golpe que le hubiera reventado el cráneo, y que recibió de lleno en el hombro. Todo ocurrió tan rápidamente que los que estaban presentes no se dieron cuenta de lo que había pasado. Rajiv quiso minimizar el incidente y rechazó ser atendido por los médicos. Permaneció escuchando el himno nacional, aguantando el dolor, y continuó con su programa, impertérrito. Hasta que no se metió en el avión para el viaje de vuelta no se dejó tratar por su médico. Hubiera querido esperar a decírselo a Sonia personalmente, para que no se asustase, pero la televisión había hecho llegar las imágenes al mundo entero. Sonia y sus hijos las habían visto en el salón de casa y estaban de nuevo con el corazón en vilo. Otro pequeño incidente venía a recordarles el peligro constante en el que vivían. «Durante mucho tiempo -contaría Sonia no pudo mover el hombro ni dormir sobre el lado izquierdo.»
No había aterrizado Rajiv en Nueva Delhi cuando el Gobierno de Sri Lanka solicitó poner en práctica la cláusula de asistencia militar. Una fuerza de paz de varios miles de soldados indios fue despachada a la isla con la intención de supervisar el alto el fuego y el desarme de la guerrilla y, una vez cumplido el objetivo, regresar. Pero las tropas fueron vistas con recelo por ambos bandos, por la mayoría cingalesa que las acusaba de violar la soberanía, y por los Tigres, que hasta entonces habían pensado que la India estaba de su parte. Cuando los soldados de la fuerza de paz les pidieron que depusieran las armas, los tamiles añadieron de pronto unas condiciones que eran inasumibles, dando al traste con el acuerdo. Regresaron a la selva, desde donde lanzaban cruentos ataques contra la fuerza de paz. Al tener que defenderse, los indios acabaron todavía más implicados en la contienda, asumiendo el papel que tenía anteriormente el ejército de Sri Lanka. Rajiv llegó a enviar casi setenta mil soldados, lo que hizo cundir el pánico en el Parlamento de Nueva Delhi:
– ¡El primer ministro está convirtiendo a Sri Lanka en el Vietnam de la India! -le acusaron desde el banco de la oposición.
Rajiv había sido muy ingenuo al pensar que los tamiles jugarían limpio. «Incumplieron cada uno de los compromisos que habían adquirido con nosotros -declararía Rajiv-. Se lanzaron deliberadamente a destrozar el acuerdo porque o no eran capaces, o no querían hacer la transición de la lucha armada a un proceso democrático.» Rajiv se lo había jugado todo a una carta, pero los tamiles le dejaron en la estacada. Al quitarles el apoyo del que siempre habían disfrutado en la India, le vieron como un traidor a su causa.
Frustración, desengaño y exasperación eran también el lote de un primer ministro, sobre todo cuando los resultados de elecciones regionales parecían confirmar las predicciones de los halcones de su partido, que le habían puesto en guardia contra una política que no diese resultados inmediatos a los pobres. En 1987, el Congress perdió en varios estados, provocando un aumento del descontento entre la vieja guardia, que empezó a cuestionar el liderazgo de Rajiv al frente del partido. Al problema de Sri Lanka y la derrota electoral se sumó un escándalo que causó un daño irreparable a su imagen de Mr. Clean. El 16 de abril de 1987, la radio sueca anunció que millones de dólares habían sido pagados en concepto de comisiones a funcionarios indios y a miembros del Congress por la empresa armamentística sueca Bofors en conexión con un contrato para la venta de cuatrocientos diez morteros a las fuerzas armadas indias. El contrato había sido el resultado de la decisión de Rajiv de mejorar el equipamiento del ejército indio, el cuarto mayor del mundo después del de Estados Unidos, la Unión Soviética y China.
Rajiv y su gobierno reaccionaron ferozmente contra las alegaciones de la radio sueca, desmintiendo varias veces que se hubieran pagado comisiones. La oposición olfateó miedo en las filas del gobierno y lanzó un ataque contra el primer ministro con todos los medios a su alcance. La prensa llegó a acusarlo veladamente de haber cobrado una comisión a través de la familia de Sonia, aludiendo a la proximidad entre Turín y Ginebra como dejando entender que se habían utilizado cuentas suizas opacas manejadas por la familia o amigos de la familia. ¡Hasta hubo periodistas que llamaron por teléfono a los padres de Sonia allá en Orbassano, y el pobre Stefano Maino se vio de repente involucrado en una supuesta trama de tráfico de armas y de cobro de comisiones! Lo único que hicieron aquellas llamadas fue alarmarlos aún más, porque la distancia exacerba la angustia, y el miedo a lo que pudiera ocurrirle a su hija y sus nietos ya era grande. Al escarbar en el asunto, la prensa india sacó a relucir el nombre de un hombre de negocios que había estado involucrado en varios contratos de venta de helicópteros y armamento de empresas italianas al estado indio. Ottavio Quattrochi, el amigo exuberante que desde hacía años pertenecía al círculo íntimo de Rajiv y Sonia, habría cobrado seguramente una jugosa comisión en el asunto Bofors. De ahí a insinuar que Quattrochi les había pasado parte de esa comisión en el extranjero, sólo había un paso, que los periodistas dieron alegremente. ¡Qué escándalo más jugoso!
Aunque ninguna publicación pudo aportar pruebas, el daño estaba hecho y la ingenuidad y falta de experiencia de Rajiv no hicieron más que agravarlo. En lugar de ignorar acusaciones sin fundamento, salió a defenderse en el Parlamento: «Declaro categóricamente en este alto foro de la democracia que ni mi familia ni yo hemos recibido comisión alguna en estas transacciones de Bofors. Ésa es la verdad.» Pero la verdad ya daba igual. Lo importante para los adversarios de Rajiv era que había picado, que en lugar de ignorar la alegación desde el principio, había reaccionado con tanto ímpetu que había abierto la caja de Pandora de las insinuaciones y falsas sospechas. Desmintió de nuevo que se hubieran pagado comisiones o que cualquier ciudadano indio se hubiese beneficiado de ese contrato, y al hacerlo se hundió aún más en el fango del escándalo. En un país donde hasta un cartero cobra una pequeña mordida por entregar el correo al pobre de una chabola, donde la práctica del intermediario existe en todas las facetas de la vida y es tan antigua como la propia cultura, resultaba difícil creer que en un contrato de mil millones de dólares nadie hubiera cobrado un céntimo. A pesar de que un comité parlamentario conjunto concluyese que el proceso de elaboración y evaluación había sido objetivo y correcto, que la decisión de adjudicarlo a Bofors se había basado sólo en el mérito y que no existía evidencia de intermediarios en el momento en que se firmó el contrato, Rajiv ya era sometido a un veredicto público, y ese veredicto le acusaba de estar escondiendo algo. «Quizás sea cierto que Rajiv no estuviese envuelto en la corrupción -reconoció la prensa-. ¡Pero entonces estará involucrado en camuflarla!», proclamaba acto seguido. Cuando un periodista del India Today preguntó por qué Rajiv no respondía a esta última alegación, éste contestó irritado: «¿Tengo que contestar a cualquier perro que ladra?» Más tarde, Rajiv reconoció que ni él ni su gabinete habían sabido manejar el problema. En realidad, había reaccionado como un hombre decente. No lo había hecho como lo hubiera hecho un político avezado, buscando un chivo expiatorio y cargándole las culpas. No contó con que se desenvolvía en el mundo sucio de la política donde la verdad no era lo importante, sino su manipulación para sembrar dudas y descalabrar la imagen del adversario. Sonia estaba triste por él, y furiosa por haberse visto implicada de manera tan ridícula pero tan destructiva, a través de su familia y de los Quattrochi, en semejante despropósito. Se dio cuenta de que se había convertido en blanco de todas las críticas y que ni siquiera en la intimidad era libre. Se acabaron los brunch de los domingos. Ni Maria ni Ottavio Quattrochi ni ninguno de los hombres de negocios o diplomáticos que conocían volvieron a la residencia del primer ministro. Qué injusto, pensaba Sonia. Sobre todo porque ella había sido testigo de primera mano de los términos generales de la negociación. Habían tenido lugar alrededor de una lasaña que había cocinado personalmente para la ocasión. Corría enero de 1986, y el primer ministro sueco Olof Palme, de visita a Nueva Delhi, había ido a comer a casa. Él y Rajiv se habían hecho amigos durante unas conferencias sobre desarme en la sede de la ONU en Nueva York. También Rahul y Priyanka estuvieron presentes en esa comida, en la que ambos estadistas discutieron abiertamente los términos del contrato y Rajiv insistió en su veto a los intermediarios, precisamente para abaratar el coste de la transacción.