¿Cómo podría olvidar Sonia a Olof Palme, tan comprometido con los problemas del Tercer Mundo y que compartía con Rajiv tantos puntos de vista, como la oposición al régimen del apartheid o el apoyo a los países no alineados? Menos de un mes después de aquella cena, Sonia se quedó helada al enterarse por la televisión, el 18 de febrero de 1986, del asesinato del líder sueco, en plena calle, cuando salía del cine con su mujer. ¡Dios mío! ¿Es que ya no existe ningún lugar seguro en el mundo? Si algo así ocurre en Suecia, ¿qué puede pasarnos a nosotros aquí en la India?
Por lo pronto, el asunto Bofors se convirtió en una cruzada que utilizó la oposición para echar a Rajiv de su puesto, aunque los periodistas y los editores de prensa se sentían frustrados por su propia incapacidad para aportar una evidencia definitiva de malversación por parte del gobierno. Nadie parecía saber quiénes habían cobrado de la empresa sueca, ni siquiera el gobierno, y menos aún Rajiv. Pero todos admitían ya que la cláusula del contrato que vetaba a los intermediarios había sido violada. ¿Habían cobrado miembros del Congress desvinculados del gobierno y el dinero había ido a parar a las arcas del partido? ¿Había cobrado Ottavio Quattrochi utilizando su proximidad al poder? ¿Era eso posible sin que lo supiera el máximo responsable, es decir el primer ministro? Rajiv sostuvo siempre que no, pero la duda pesaba como una losa. El clima de incertidumbre pulverizó su credibilidad. Durante los primeros dos años de su mandato, había disfrutado de una prensa favorable y parecía incapaz de hacer algo mal. Hasta la oposición encontraba dificultades en criticar sus acciones, limitándose a criticar su estilo: «La política india ya no huele a pobre como en tiempos del Mahatma Gandhi -había declarado un famoso periodista de un partido rival-; ahora, con Rajiv, huele a after-shave.»
«Al principio nada de lo que hacía estaba mal -diría Rajiv-.
De pronto, nada de lo que hacía estaba bien. Por supuesto, ninguna de las dos cosas eran ciertas.» De llamarle Mr. Clean, pasaron a llamarle peyorativamente the boy, con la intención de compararle desfavorablemente con su madre. «¿Conseguirá the boy estar a la altura?» era el tema de un editorial de prensa diario.
En realidad, la mayoría de los problemas de Rajiv tenían que ver con su inexperiencia política y su candor como ser humano. Le costaba fijar los límites entre la lealtad a los amigos y el bien público. El nombre de los hermanos Bachchan, amigos de la infancia en cuya casa Sonia había vivido sus primeros días en la India, se vio asociado a oscuros escándalos financieros. Un primer ministro más prudente se hubiera distanciado de ellos. Pero Rajiv no lo hizo, al contrario, se mostraba resentido porque criticasen a sus amigos. Su madre decía siempre que en política no existen las relaciones sociales, pero él era demasiado buen amigo para ser buen político. Al principio, se negaba a admitir que sus amigos pudieran fallarle y antes prefería ver una conspiración de sus adversarios políticos que la verdad. Sin embargo, muchos amigos de confianza que había nombrado como consejeros acabaron desengañándole. Uno de ellos, un piloto, el encargado de recordarle cuándo expiraría su licencia de vuelo y de ocuparse de los asuntos de su circunscripción de Amethi, fue acusado por la prensa de construirse una piscina de mármol importado de Italia en su casa. De nuevo Rajiv, en lugar de distanciarse de él, salió a defenderle e hizo un comentario que le causó más daño político que si hubiese realmente cometido un error de gobierno. Dejó caer que muchos pilotos de aviación tenían casas con piscina, una declaración que, dicha en cualquier país de Occidente por un jefe de Estado que además hubiera sido piloto de aerolínea, no hubiera causado furor alguno. En la India levantó ampollas. La oposición le echó en cara su falta de respeto hacia la «sensibilidad india». Fue muy criticado por la costumbre de cogerse unos días de vacaciones en Año Nuevo con su familia en sitios a veces exóticos, como las islas Lakshadeep, en el Océano Índico, o las islas Andamán, en la bahía de Bengala. En Occidente hubiera parecido razonable que alguien que trabajaba tanto mereciese un descanso, que los hijos que vivían enclaustrados todo el año pudiesen disfrutar de unos días de libertad y seguridad, pero en un país pobre como la India, que el máximo mandatario se lo pasase bien estaba mal visto. En realidad, Rajiv y Sonia seguían con la costumbre de reunirse en familia en Navidad y año nuevo, pero en 1988 dejaron de hacerlo en Italia. En octubre de ese año, Stefano Maino había caído fulminado por un ataque al corazón y pensaron que era mejor invitar a la familia a algún lugar que no les recordase las antiguas reuniones alrededor del patriarca.
Sonia se desplazó a Orbassano para el entierro, prácticamente de incógnito, y casi no se dejó ver. A los problemas de seguridad se unía un lógico sentimiento de profunda desolación y las ganas de estar en familia, con su madre y sus hermanas, buceando en los recuerdos, consolándose mutuamente. Al oír el ruido de la primera palada de tierra que el enterrador tiró sobre la caja, Sonia se estremeció. Una parte de su vida quedaba sepultada para siempre. Ya no escucharía sus consejos de sabio montañés que, ahora se daba cuenta, la habían marcado más de lo que siempre había creído.