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– Sí, sólo que a veces me apetece tomarme un descanso. Creo que es algo muy humano.

Sonia sabía que era imposible volver a la vida de antes. Cuando su marido miraba hacia atrás, lo hacía con nostalgia, pero asumiendo que aquello era el pasado: «Soy el mismo de siempre -dijo en una entrevista en televisión-, pero lo que ha cambiado es todo lo demás. Tenía una vida muy confortable, una familia pequeña, un trabajo bien pagado con mucho tiempo libre… pero todo eso se acabó.» Rajiv estaba imbuido de un sentimiento de fatalidad que le hacía pensar que un hombre no reniega de su destino. Los últimos años le habían hecho crecer en una dirección que le había colocado en un plano distinto en la vida. Ahora los desafíos eran mucho mayores y las expectativas eran diferentes. Sobre todo, la responsabilidad de mejorar la vida de ochocientos millones de personas se había transformado en algo prioritario para él. «Esa responsabilidad pesa tanto que cambia todo lo que hacía y lo que hago ahora. Lo que no va a cambiar es mi compromiso con el pueblo de la India para mejorar su existencia, y para que la nación tenga su lugar en el mundo.» La derrota no había alterado su fe. Sabía que su nombre era, para su partido, sacudido por varias derrotas en distintos estados, el solo y único recurso. Su plan era seguir reformándolo para convertirlo en una organización más democrática, como lo era en tiempos de su abuelo. Un partido aconfesional capaz de abarcar todas las tendencias y las creencias. Una casa común que sería el mejor antídoto contra el creciente faccionalismo religioso que vivía el país. Para hacer ese trabajo, era mejor estar en la oposición.

– Con esta coalición entre comunistas y la derecha fundamentalista hindú -le dijo a su hija, siempre muy interesada en el día a día de la vida política-… ocurrirá lo que ocurrió con la abuela y el Janata… Caerá por su propio peso. Es sólo cuestión de tiempo antes de que sus líderes se peleen por el poder, ya lo verás.

Rajiv dimitió el 29 de noviembre de 1989: «Las elecciones se ganan y se pierden… el trabajo de una nación nunca termina. Quiero agradecer al pueblo de la India el afecto que me ha dispensado con tanta generosidad.» Eran palabras que evocaban las del testamento de su abuelo, en el que Nehru había afirmado sentirse conmovido por el cariño que todas las clases de indios le habían profesado. Eran palabras que sonaban a despedida. La cita que Rajiv Gandhi tenía con el destino se acercaba inexorablemente.

Tal y como lo había predicho, los dos líderes más importantes de la nueva coalición se enzarzaron en una pelea a propósito de la designación del nuevo primer ministro. Era un mal comienzo que presagiaba una singladura borrascosa. Pero entre los nuevos miembros del gobierno se encontraba una persona especialmente eufórica que había formado parte de la dinastía familiar de los Nehru. Al ser nombrada ministra de Medio Ambiente y Bosques, Maneka Gandhi vio por fin cumplido su viejo sueño. Ya estaba en el poder. Ya se había tomado la revancha, y pensaba llevarla muy lejos. Fue una humillación más para Rajiv, aunque estaba curado de espantos sobre los vericuetos torticeros de la política y nada de ese mundo le sorprendía. Para el resto de la familia, que había visto cómo Maneka utilizaba su apellido con una total falta de escrúpulo, fue una amarga píldora que sólo la certeza de que ese gobierno sería flor de un día consiguió endulzar.

Para Sonia, haber perdido las elecciones significaba una nueva mudanza, esta vez la última. Tuvieron que dejar la residencia oficial del primer ministro y ocuparon otra villa blanca de estilo colonial, de una sola planta y rodeada de un amplio jardín. Se encontraba en el número 10 de la avenida Janpath, la antigua Queen's Way, una de las grandes arterias de Nueva Delhi bordeada de flamboyanes y de nims, árboles con ramas muy abiertas y frondosas, y cuyas hojas amargas, según la creencia popular, «lo curan todo». Quizás su sombra protectora fuese responsable de curarles la melancolía producida por la derrota porque, nada más mudarse, el ambiente en casa se animó. La vida se hizo un poco más tranquila, más liviana, como si se hubieran quitado un peso de encima, el peso del poder. Rajiv seguía estando muy atareado con su trabajo en el Parlamento y en el partido, pero a un ritmo más llevadero. «Estaba relajado -escribiría Sonia-, casi aliviado. De nuevo disfrutaba de placeres sencillos y cotidianos como comidas ininterrumpidas, quedarse en la sobremesa con nosotros, ver de vez en cuando un vídeo en lugar de encerrarse en su despacho a trabajar.» El chef del exquisito restaurante indio Bukhara, donde antaño solían acudir en familia al buffet de los sábados, les recibió con los brazos abiertos cuando volvió a verlos después de tan larga interrupción. Fueron allí a celebrar el cumpleaños de Rahul, y su inminente partida a Estados Unidos. Los niños ya no eran niños, sino jóvenes adultos devoradores de periódicos y muy interesados en todo lo que pasaba a su alrededor. Como no podían seguir estudiando en casa porque ya habían terminado el equivalente al bachillerato, Rajiv y Sonia habían decidido mandar a su hijo a la universidad de Harvard, acabando así con la tradición de educar a los hijos en Inglaterra, como lo habían hecho tres generaciones de Nehrus. Priyanka prefirió quedarse en Nueva Delhi, estudiando psicología en el Jesus and Mary College. Su obsesión por la política preocupaba tanto a su padre que lo comentó con Benazir Bhutto, cuando se encontraron por última vez en París, invitados por el presidente Mitterrand a asistir a las celebraciones del bicentenario de la Revolución Francesa.

– Por favor -le dijo Rajiv-, cuando la veas, intenta convencerla de que no se meta en esto.

De escuchar a alguien, sabía que su hija escucharía a Benazir, cuyo propio padre había sido asesinado después de una parodia dé juicio bajo las órdenes de un dictador militar. Era otro ejemplo. Próximo y terrible, del destino que esperaba a los que se dejaban seducir por la política. «No se da cuenta de lo peligroso que es esto», insistió Rajiv ante Benazir.

Él pensó que, estando fuera del poder, la amenaza que pesaba sobre él y sus hijos disminuiría, pero los informes que le llegaban sobre su seguridad le tenían siempre preocupado. Las amenazas contra su vida se habían multiplicado. En 1984, estaba el primero en la lista de tres grupos terroristas. Cinco años más tarde, lo estaba en una docena de organizaciones, incluida los Tigres Tamiles. El problema del Punjab parecía haberse solucionado, pero había otros conflictos, especialmente entre hindúes y musulmanes, potencialmente igual de peligrosos. «Ambos habéis vivido en circunstancias muy difíciles durante mucho tiempo, cinco años en un espacio limitado a la casa y el jardín -les había escrito Rajiv a sus hijos en una ocasión-. Es la época de vuestra vida en la que teníais que haber vivido en libertad, haber conocido gente de vuestra edad, haber descubierto el mundo como realmente es. Desafortunadamente, las circunstancias no nos han permitido ofreceros una vida normal.» Aquella carta desprendía un sentimiento de culpabilidad y al mismo tiempo de fatalidad. Rajiv era consciente de que no era dueño de su destino. Lo que le había catapultado a la política había sido un accidente, luego un atentado le había llevado al más alto cargo del gobierno de la nación, y, al fin, el escándalo Bofors le había colocado en la oposición. No había podido cambiar el rumbo de los acontecimientos y en esa carta parecía disculparse por el sufrimiento que ello pudiera haber ocasionado a sus hijos.

En realidad, la derrota en las elecciones fue una bendición para Sonia. En agosto, se fueron unos días a Mussorie, en las montañas, y Rajiv condujo su propio coche. Era su primera escapada juntos en diecinueve meses y allí, con la cordillera del Himalaya de fondo, celebraron el que sería el último cumpleaños de él.