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Luego, en Navidad, cuando Rahul volvió de Harvard, toda la familia fue a pasar una semana de vacaciones a la casa de campo de Mehrauli, la que había comprado Firoz Gandhi con la idea de vivir sus últimos años tranquilo con Indira. Nunca habían podido estrenar esa casa, cuyos detalles de construcción Rajiv había supervisado durante años y costeado con sus ahorros. «Fue la primera vez que nos quedamos a vivir en una casa que era enteramente nuestra», escribiría Sonia. Rajiv se encargó de ponerla a punto. Sus hijos ayudaron a sacar los muebles de jardín y a limpiar el vetusto interior mientras él preparaba algo para picar, porque lo prefería a las comidas formales. Ellos le escondían el chocolate que tanto le gustaba porque les parecía que desde que había dejado el poder había ganado peso. Recordaron las fiestas de Holi que habían pasado allí en la infancia, tirándose polvos de colores hasta acabar todos perdidos. Jugaron al bádmington y al scrabble y Sonia empezó a limpiar de rastrojos una parte del jardín con la idea de plantar un huertecito. Le tiraba el campo, desde siempre, desde su niñez en Lusiana. ¡Cómo le hubiera gustado tener a su padre con ellos en esas vacaciones! ¡Cómo le hubiera gustado esa casa! Se acordaba mucho de él. En sus llamadas semanales a su madre en Orbassano, casi se dejó llevar por el reflejo de preguntar por su padre.

«Disfrutamos mucho cada minuto de los seis días que pasamos allí -recordaría Sonia-. Nos traía recuerdos de nuestra vida tal y como era al principio, y el sabor de la que habríamos tenido si hubiéramos podido elegirla por nuestra cuenta.» Muchos amigos se sorprendían de que siguiesen tan románticamente enamorados como el primer día. «A mí no me sorprendía porque siempre se quisieron mucho -recordaría Christian von Stieglitz, el amigo común que les había presentado en Cambridge y que fue a visitarlos durante aquellos días a la casa de Mehrauli-… Por razones de trabajo, iba mucho a Delhi en aquella época, y era un placer verlos siempre tan acaramelados después de tantos años de matrimonio. En privado, no paraban de darse besos y de cogerse la mano.» El 9 de diciembre de 1990, día de su cumpleaños, Sonia recibió un regalo de Rajiv con una nota: «Para Sonia, que no cambia con el tiempo, que es aún más hermosa hoy que cuando la vi por primera vez sentada en una esquina del restaurante Varsity, aquel día tan bonito…»

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Pero, como siempre, el paréntesis de felicidad lo cerraron los acontecimientos políticos, que se precipitaban más rápidamente de lo que Rajiv esperaba. La India se deslizaba por una pendiente peligrosa, empujada por uno de los partidos de la coalición en el poder, el BJP (Bharatiya Janata Party), la antigua derecha fundamentalista hindú que tanto había fustigado a Indira. El partido había crecido hasta convertirse en el adversario más peligroso del Congress y un peligro potencial para la unidad del país. Apoyado por el RSS, una organización militante extremista, el BJP reclamaba una «India hindú» donde las minorías tendrían que vivir supeditadas a la mayoría, no en pie de igualdad. Su filosofía era diametralmente opuesta a la de Nehru y el Congress, porque renegaba del principio fundador de la India moderna, es decir de la aconfesionalidad que pregonaba la separación del Estado y de la religión, y la igualdad de todas las religiones ante la ley. El auge del BJP coincidió con el recrudecimiento de la violencia religiosa en el norte del país. Eran disturbios que no se aplacaban solos, sino que duraban hasta que las fuerzas de policía los aplastaban. El origen de esos disturbios era siempre el mismo y solía desencadenarlo un detalle nimio, como una disputa por los lindes de un terreno, por un espacio en una acera, por un cerdo orinando en el muro de una mezquita o una vaca muerta encontrada cerca de un templo hindú. En cualquier caso, en cuanto saltaba la chispa, la violencia se propagaba de manera fulgurante alimentada por rumores, siempre falsos) que magnificaban el incidente original, transformando un simple encontronazo entre dos individuos en una guerra santa entre religiones. Las organizaciones comunitarias y los políticos que se identificaban con una u otra de las facciones alimentaban el fuego de la discordia, de manera que de las palabras se pasaba a los puñetazos, luego a los cuchillos, y así hasta los cócteles molotov y los balazos.

En la India, los conflictos de casta y religión empezaron a retroalimentarse a partir de los años ochenta, en concreto después de que toda la población de un pueblo de intocables en Tamil Nadu tomase la decisión de convertirse al Islam para escapar del rígido sistema hindú de las castas. Aquellos pobres cambiaron hasta el nombre del pueblo, que de Menashkipuram pasó a llamarse Rehmatnagar. Los fundamentalistas hindúes pusieron el grito en el cielo -«¡El hinduismo está en peligro!»- y acusaron a los países del Golfo de estar financiando a los musulmanes de la India. La realidad era que los intocables reaccionaban por fin a siglos de opresión a manos de los terratenientes, que en esa zona eran hindúes de alta casta.

Luego, un acontecimiento aparentemente inofensivo inflamó aún más los ánimos de los fundamentalistas hindúes: la retransmisión en 1987 de una serie basada en el Ramayana, la epopeya hindú más popular, lo más parecido que los hindúes tienen a las escrituras sagradas. La adaptación para la televisión, una mezcla de telenovela y mitología, constaba de ciento cuatro episodios que se retransmitían los domingos por la mañana. El éxito fue tan fulgurante que la televisión estatal encargó a otro productor de Bollywood la realización de la epopeya del Mahabharata. Ambas series fueron las telenovelas de mayor audiencia en el mundo entero. Un 85 por ciento de los telespectadores indios vieron la totalidad de los episodios, una cifra única en la historia de la televisión.

Cuando emitían las series, la actividad del país entero se paralizaba. Taxis, bicicletas y rickshaws desaparecían de las calles. Los teléfonos dejaban de sonar. Las oraciones y los ritos de cremación se posponían. Funcionarios, amas de casa, tenderos, prostitutas, reos, vendedores de agua, barrenderos, niños, pobres que hurgaban en las basuras… todos abandonaban sus quehaceres para plantarse frente a un televisor en casa de alguien, en un comercio, en la plaza de la aldea, o mirando a hurtadillas por las ventanas de las casas de las familias que tenían el privilegio de contar con ese invento extraordinario. Muchos espectadores se creían a pie juntillas lo que estaban viendo, como si los dioses que salían en la pantalla habitasen el mundo de los hombres. Cuando el dios Rama salía en la serie, encendían una lamparita de aceite y se ponían a rezar allí mismo. En la India, las capas más desfavorecidas de la población son indiferentes a la distinción occidental entre historia pasada y actualidad, entre verdad y mito. Para ellos, todo es verdad. Los políticos más avezados, empezando por Indira, siempre supieron utilizar a su favor esa tenue frontera entre personas y dioses.

Las series desencadenaron una auténtica marea de fervor hinduista. En realidad el fervor había existido siempre, y se había exacerbado con la independencia, como una reacción a tantos siglos de dominación por los mogoles y luego por los ingleses. Nehru y Gandhi, muy conscientes del peligro de este tipo de fundamentalismo -parecido al de los sijs o al de los musulmanes, o al de los cristianos en otras partes del mundo, pero más peligroso aún en la India porque era la religión mayoritaria-, se esforzaron en predicar las virtudes de la aconfesionalidad y en enfatizar la unidad entre hindúes y musulmanes. El Mahatma Gandhi lo pagó con su vida: fue asesinado por unos militantes del RSS, organización que más tarde se afilió al BJP. Indira, muy consciente del problema, al principio de su mandato tuvo que enfrentarse con firmeza a cientos de santones desnudos que exigían la prohibición de matar vacas a las puertas del Parlamento.