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Rajiv y otros miembros del Congress eran testigos de cómo el BJP explotaba con fines políticos el sentimiento religioso creado por la retransmisión de las series. En 1987, el BJP, de común acuerdo con dos poderosas organizaciones sociales y paramilitares ideológicamente afines, iniciaron una campaña que llamaron de «desagravio histórico». El objetivo era derribar una antigua mezquita construida en la antigua capital hindú de Ayodhya por un general del emperador mogol Babar en 1528. Alegaban que la mezquita había sido construida en el emplazamiento donde había nacido el dios Rama.

Para los musulmanes indios, la campaña del BJP y sus aliados era un ataque directo a sus derechos y a su religión. Impedir que las hordas hindúes destruyesen la mezquita se convirtió en símbolo de su supervivencia. Los ingredientes para un conflicto enrevesado y violento estaban servidos.

En 1989, después de las elecciones que le costaron el puesto a Rajiv, otra organización fundamentalista hindú asociada al BJP lanzó una campaña nacional para que cada pueblo de más de dos mil habitantes ofreciese un ladrillo destinado a la construcción de un templo a Rama a menos de treinta metros del emplazamiento de la mezquita. Era una provocación a los musulmanes. En el Parlamento, Rajiv urgió a que el gobierno tomase cartas en el asunto. El nuevo primer ministro mandó a las fuerzas del orden a interrumpir la construcción del templo, pero no consiguió sentar en una misma mesa a los distintos líderes para negociar una solución pacífica al conflicto. Por su parte, Rajiv hizo el gesto de ir a visitar a un santón hindú muy venerado que vivía a orillas del Ganges, un hombre que creía firmemente que la India era el hogar común de muchas religiones, y que debía seguir siendo así.

Un año más tarde, el BJP hinduista dio una nueva vuelta de tuerca a la provocación. Uno de sus líderes, un individuo alto, serio y carismático llamado L.K. Advani, hizo un llamamiento para que miles de voluntarios de todo el país convergiesen en Ayodhya con la idea de galvanizar las pasiones chovinistas de los hindúes. Él mismo encabezó una peregrinación que salió de una pequeña ciudad de Gujarat, y lo hizo a bordo de un carruaje motorizado que exhibía grandes retratos de los dioses y cuyos altavoces recitaban versos del Ramayana. Los campesinos se frotaban los ojos, incrédulos, al ver pasar ese cortejo seguido de voluntarios vestidos exactamente igual que los héroes de las series que habían visto en televisión. Aquella marcha elevó tanto la temperatura de la tensión comunal que el gobierno, en principio reacio a intervenir contra uno de los miembros de su coalición, mandó interrumpir la procesión de Advani antes de que ésta llegase a su destino.

Como represalia, miles de voluntarios del BJP asaltaron la mezquita de Ayodhya, armados de arcos y flechas. Un escalofrío de pánico recorrió el país entero. ¿Qué pasaría si en cada barrio, en cada aldea, en cada ciudad del subcontinente empezase una guerra de religiones? ¿No había servido la violencia desencadenada durante la Partición para vacunar a la India contra enfrentamientos basados en la religión? Las consecuencias podían ser tan terribles que daba miedo imaginarlas: atrocidades contra personas inocentes, el desmembramiento del país, quizás una guerra civil. Pero el líder del partido hinduista parecía inmune al sentido común. Todo valía con tal de ganar votos, incluyendo colocar a una nación de ochocientos cincuenta millones de habitantes al borde del abismo.

La policía no tuvo más remedio que actuar con contundencia para proteger la mezquita de la destrucción. Hubo una docena de muertos entre militantes y policías. El partido hinduista achacó a la policía el desenlace violento y su líder, Advani, anunció que retiraba su apoyo al gobierno. Mucho antes de lo que Rajiv había previsto, caía el primer gobierno que le había sustituido.

– ¿Vas a pedir que se convoquen elecciones? -le preguntó su hija.

– No, el partido no está listo todavía. No creo que saquemos más votos ahora que en las anteriores. Prefiero esperar.

Rajiv, cabeza del partido con mayor representación en el Parlamento, se encontraba de nuevo en una posición clave. Un líder rival del primer ministro que acababa de caer solicitó su apoyo para formar gobierno. Rajiv aceptó dárselo, pero desde fuera, sin formar parte del nuevo gabinete. Una maniobra astuta, que le proporcionaba control sin tener que asumir la responsabilidad de lo que hacían los miembros de la nueva coalición gobernante. La verdad es que Rajiv no confiaba mucho en este líder, ni en sus ministros, entre los que se encontraba Maneka Gandhi, y no quería verse asociado a su gestión, que preveía iba a ser un desastre. Estaba convencido de que en cuestión de meses la gente pediría desesperadamente el regreso del Congress al poder. Entonces sería el momento de convocar elecciones.

Las predicciones de Rajiv se hicieron realidad. El gabinete constituido por el nuevo primer ministro ofrecía una colección de granujas de lo más deprimente hasta para los estándares del tercer mundo: «Una extraordinaria colección de los más despiadados e inmorales oportunistas que jamás han entrado en la arena política india», según la descripción del escritor inglés afincado en Nueva Delhi, William Dalrymple.

La ruptura no tardó en llegar, y ocurrió de manera un tanto extraña. Sonia estaba de nuevo muy ofuscada con el tema de la seguridad porque, al perder las elecciones, el nuevo gobierno les había retirado los escoltas altamente adiestrados del Special Protection Group, como si el hecho de que Rajiv no estuviese en el gobierno hiciese desaparecer las amenazas. El cambio había sido tan drástico que Sonia y Priyanka vivían en un estado de miedo perpetuo cada vez que Rajiv se iba de viaje. De pasar a ser protegido por cientos de agentes en cada desplazamiento, salía de casa acompañado de un solo escolta, un buen hombre, fiel y servicial, llamado Pradip Gupta: «Si algo le ocurre a Rajiv, será por encima de mi cadáver» le dijo una vez a Sonia al verla tan desasosegada. Pero era un pobre consuelo. Rahul compartía la misma angustia. Llamaba a menudo desde Estados Unidos para cerciorarse de que nada le había pasado a su padre. Estaba tan preocupado por los detalles que le contaba su madre sobre lo chapuceras que eran las medidas de seguridad que insistió mucho en ir a pasar las vacaciones de Pascua a casa, en marzo de 1991. Acompañó a su padre en un viaje por el estado de Bihar y se quedó pasmado al comprobar por sí mismo la ausencia de previsión, la falta de medios y lo expuesto que estaba Rajiv a cualquier agresión. A veces los policías estaban apartando a una muchedumbre y le dejaban solo en el coche, otras veces no se adelantaban lo suficiente y Rajiv quedaba de nuevo expuesto. Antes de embarcarse de nuevo para Estados Unidos, Rahul dijo a su madre unas palabras que en el fondo no quería creer, pero que resultaron premonitorias: «Si no hacéis algo al respecto, me temo que la próxima vez que vuelva será para el funeral de papá.»

El problema no era sólo la falta de apoyo del gobierno, sino que Rajiv estaba obsesionado con la idea de mantenerse cercano al pueblo. Le habían dicho que había perdido las elecciones porque había dado la imagen de alguien lejano y casi altivo. La presencia de guardaespaldas era un impedimento a la hora de labrarse una imagen de político accesible, que era lo que buscaba. «Vivir bajo una amenaza terrorista o una amenaza de muerte nunca me ha preocupado -había declarado-. Nunca he dejado que interfiriese en mi manera de pensar. Sí, me ha causado problemas por todas las molestias que la seguridad implica… pero si hay que morir por lo que uno cree, no lo dudaría.» Christian van Stieglitz estuvo unos días con ellos en aquellas fechas, junto a Pilar, su mujer española. «Pilar no conocía Nueva Delhi, así que Rajiv nos llevó a dar una vuelta. Nos metimos en un pequeño Suzuki que conducía él mismo, y salió a toda velocidad, sus escoltas siguiéndole como podían en un Ambassador blanco, hasta que consiguió despistarlos. ¡No debía ser fácil ser escolta de Rajiv Gandhi! Yo no podía dejar de pensar que se arriesgaba demasiado. Recuerdo que una tarde fuimos al Qutub Minar, el monumento más alto de la ciudad. Rajiv estaba entre mi mujer y yo charlando con nosotros mientras caminábamos entre las ruinas. En un momento dado, me di la vuelta y vi que nos seguían unas mil personas, a cierta distancia, sin atreverse a acercarse demasiado. Estaban sorprendidísimos de ver a Rajiv pasear como un turista más. Seguimos caminando y de pronto Rajiv se agachó y recogió del suelo dos florecitas blancas. Se acercó a la multitud y se las dio a una niña que le miraba boquiabierta con grandes ojos negros.» Cuando Christian le hizo un comentario sobre los riesgos que asumía, Rajiv le contestó: «No puedo desconfiar del hombre de la calle. Tengo que vivir la vida.»