La que no vivía era Sonia. Fue ella quien se fijó, en un fin de semana que pasaron en la casa de campo de Mehrauli, en dos individuos que vigilaban la casa y que no eran los escoltas habituales. Se lo comunicó a Rajiv, y éste salió a preguntarles quién les había dado la orden de vigilarlos, y así descubrió que había sido el jefe de gobierno local, un individuo que pertenecía al partido del nuevo primer ministro. Irritado y desconcertado por lo que consideraba una inaceptable intrusión en su vida privada, Rajiv llamó al primer ministro y exigió que le quitasen esa vigilancia, así como la dimisión del jefe de gobierno que había dado esa orden. «Era una cuestión de confianza -declaró Rajiv-. Había depositado mi confianza en este hombre, y apoyamos su gobierno. Y ahora descubro que no somos de fiar y nos ponen dos policías vigilando nuestra casa. ¿Qué significa esto?» El nuevo primer ministro intentó minimizar el asunto y procuró aplacar los ánimos encendidos de Rajiv, porque se encontraba en un callejón sin salida. De cara a su propio partido, no podía despedir a funcionarios o a jefes de gobierno locales a petición del líder del Congress. Por otra parte, si Rajiv le quitaba el apoyo, perdería el control del Parlamento. Pero Rajiv insistió en depurar responsabilidades. Como el hombre no respondió a sus requerimientos, Rajiv amenazó con boicotear el Parlamento. De modo que cuatro meses después de haber jurado el cargo, ese primer ministro se vio obligado a presentar su dimisión al presidente de la República.
Ahora sí, había llegado el momento de celebrar nuevas elecciones generales, que la comisión electoral fijó para el 20, 23 Y 26 de mayo de 1991. La India estaba en plena crisis, lo que podía facilitar que un partido de oposición como el Congress volviese al poder. Aparte del auge del fundamentalismo hindú, Cachemira vivía una escalada de violencia. En el frente de la economía, la gestión de los últimos gobiernos había sido desastrosa. La inflación, producida por el aumento del precio del crudo a causa de la guerra del Golfo, estaba desbocada y amenazaba con crear graves problemas sociales. Rajiv propuso un programa basado en la estabilidad y en la reforma económica, incluyendo más privatizaciones y menos controles a la industria y el comercio. El enemigo a batir en las urnas era el BJP, el partido hinduista, que se perfilaba como una organización en auge con un programa potencialmente peligroso para la estabilidad del país. Los demás partidos, incluidos los de la coalición saliente, sólo podían aspirar a un número limitado de escaños.
De nuevo Rajiv partió en campaña, seguro de su victoria. Así era la política, como un reflejo de la vida misma, donde nada es permanente y todo cambia sin cesar, a veces a una velocidad de vértigo. Quiso iniciar la campaña junto a Sonia, y él mismo pilotó el avión que el 1 de mayo de 1991 se posó en Amethi. Era la primera de seiscientas escalas que tenía que hacer en veinte días. Una multitud estaba esperándoles a la bajada del avión, entre las que había muchas mujeres que fueron a dar la bienvenida a Sonia. Una de las razones de su inmensa popularidad en Amethi es que Sonia tenía una memoria prodigiosa, y recordaba los nombres y las caras de mujeres que quizás había visto cinco minutos en anteriores viajes. La italiana se identificaba plenamente con aquellas campesinas que la tocaban con una curiosidad casi infantil para comprobar que era de carne y hueso como ellas. Tenía la intención de pasar tres semanas acampando en la circunscripción de su marido, solicitando el voto casa por casa, mientras él recorrería el subcontinente. Al final de la jornada, antes de subir por la escalerilla del avión, Rajiv se dirigió a sus electores y les dijo una frase muy sencilla, pero que a la postre resultó ser profética: «No creo que pueda regresar aquí de nuevo, pero Sonia se queda para velar por vosotros.» Sonia sintió una punzada en el corazón. No por el hecho de quedarse sola, porque la calidez de la gente y la actitud solícita de los miembros locales del Congress la hacían sentirse como en casa, sino porque era la primera vez en veintitrés años de casados que iban a pasar tanto tiempo separados, casi tres semanas.
Aquella noche, mientras intentaba conciliar el sueño tendida en un charpoi, un catre hecho de cuerda trenzada, dentro de una tienda de campaña y luchando contra el calor y los mosquitos, Sonia se acordó de la última vez que había estado en Amethi. Era en febrero, el mes en que cumplían su aniversario de boda. Había venido a inaugurar una campaña de vacunación contra la polio. Pensaba que no podrían celebrar juntos el aniversario, porque Rajiv tenía previsto viajar en esas fechas a Teherán. Iba con la idea de lanzar una iniciativa diplomática para acabar con la guerra del Golfo. Pero una noche como aquélla, aunque menos calurosa, le había llegado una nota de Rajiv pidiéndole que cancelase sus compromisos en Amethi y que por favor volviese rápidamente a Nueva Delhi para acompañarlo en ese viaje. «Siento como… que me apetece estar contigo, únicamente tú y yo, nosotros solos, sin cientos de personas revoloteando a nuestro alrededor como siempre», decía la nota. Cuando Sonia llegó a Nueva Delhi, al filo de la medianoche, se encontró con un Rajiv nervioso porque pensaba que no llegarían a tiempo para coger el vuelo. Descubrió que ya había hecho las maletas. Todo estaba listo para el viaje. En Teherán, después de los compromisos oficiales, se fueron a cenar solos a un restaurante. ¿Hacía cuánto tiempo que no se permitían semejante lujo romántico? Ni se acordaban ya… Rajiv le entregó un regalo que había traído desde Delhi, unos pendientes preciosos y sencillos como le gustaban a ella. Cuando volvieron al hotel, cogió su cámara, con la que siempre viajaba, y se hicieron una foto con el disparador automático, algo que nunca habían hecho antes.
– ¡Madam, Madam!…
Una voz susurrante fuera de la tienda interrumpió su ensoñación. Sonia se levantó, se puso una bata y salió. Un hombre joven, un simpatizante del partido, le entregó un sobre. Venía de Nueva Delhi, era de Rajiv. Sonia lo abrió y encontró una rosa, con una nota escrita a mano. La leyó, sonrió mostrando sus hoyuelos, y regresó al charpoi. «Era un mensaje de amor», confesaría más tarde.
Priyanka llegó unos días más tarde a Amethi para acompañarla. Visitaban una media de quince aldeas al día. Escuchaban las quejas de la gente por una pensión que no llegaba, un niño ciego que necesitaba dinero para una operación o una anciana que se quejaba de que después de las anteriores elecciones, los del Congress los ignoraron. Sonia tomaba notas y daba instrucciones a sus ayudantes. «Tened fe -les decía a los suplicantes-, me voy a encargar de solucionaros esto.»
En una de las aldeas, Priyanka fue testigo de un acontecimiento extraordinario, teniendo en cuenta la aversión que tenía su madre a hablar en público. Sin que Rajiv se lo hubiera pedido, Sonia se atrevió a hacer su primer discurso frente a una multitud de varios miles de personas. «Mi marido ha trabajado mucho por vuestro bienestar y yo trabajo para mi marido… Sólo el Congress puede representaros dignamente, estrechad la mano de mi marido…» Priyanka se reía de verla exhortar a la gente a votar por el Congress, y además con gracia. Las frases en hindi con un ligero acento le salían con facilidad, sonreía y parecía disfrutar, quizás porque no había periodistas, todos eran gente humilde que no la intimidaban. Lo más notorio era que lo había hecho motu proprio, como un acto de entrega a su marido.