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Ambas regresaron a Nueva Delhi el día 17 de mayo, agotadas, sudorosas y llenas de polvo, pero optimistas sobre el resultado final de las elecciones. Cuando la noche siguiente Rajiv llegó de su gira y entró por la puerta principal, se quedaron estupefactas. «Estaba exhausto. Casi no podía hablar ni caminar. No había dormido ni había comido decentemente durante semanas. Había estado de campaña unas veinte horas al día. Sus manos y sus brazos estaban llenos de arañazos y de marcas. Le dolía todo el cuerpo. Miles de admiradores le habían tocado, le habían dado apretones de mano, abrazos fraternales y palmadas en la espalda. Se me partió el corazón de verlo en ese estado.» Sus dedos estaban tan hinchados por la cantidad de apretones de mano que se había tenido que quitar la alianza. Pero estaba contento, el corazón henchido por tantas pruebas de afecto, por tanto entusiasmo. Su deficiente servicio de seguridad le había servido para ir al encuentro de lo que su abuelo y su madre llamaban «el amor de la gente», y volvía emocionado porque la gente respondía. «En Kerala y en Tamil Nadu tienen la costumbre de pellizcarte la mejilla, por eso la tengo tan roja e hinchada -le contaba a Sonia mientras ella le colocaba un reposapiés para que pudiese estirar las piernas-… y a veces, en zonas musulmanas, te dan besos, ya sabes, uno, dos, tres besos y luego ese abrazo especial que te parte la espalda… Me duele todo el cuerpo, pero no importa.» Estuvieron charlando tranquilamente durante un buen rato, intercambiando impresiones sobre sus experiencias mutuas. Rajiv estaba satisfecho porque había conseguido demostrar que le importaba la gente. Pero no estaba seguro de ganar: «Va a ser una lucha dura», le confesó. Esa noche durmió cinco horas, todo un lujo, antes de salir para Bhopal, donde el 19 de mayo dio un mitin frente a cien mil personas. La ciudad seguía traumatizada por la catástrofe de 1984. La multinacional responsable del accidente había llegado a un acuerdo para pagar una suma en concepto de compensación a las víctimas, pero el dinero no acababa de llegar a manos de los necesitados. Era desviado por funcionarios corruptos e intermediarios. De nuevo el sistema era lo que fallaba.

Después de Bhopal, ya sólo quedaba el sur, «territorio amigo», como lo llamaban los miembros del Congress. Regresó primero a casa y estaba tan cansado que se quedó dormido en el salón, aliviado al pensar que la campaña estaba llegando a su fin. Tres días más, y estarían todos reunidos allí mismo, porque Rahul iría a pasar las vacaciones de verano. Tenía previsto llegar el 23 de mayo. Sonia y Priyanka también estaban contentas. Estaban más seguras que Rajiv de que éste ganaría las elecciones por un amplio margen. La familia entera se había volcado en el esfuerzo de volver a colocar a un Gandhi y al Congress a la cabeza del país. Indira se hubiera sentido orgullosa de todos ellos: eso era «hacer familia».

El 20 de mayo, Rajiv y Sonia salieron de casa a las siete y media de la mañana para depositar su voto. A esas horas, la temperatura era todavía soportable. Las cornejas parecían saludarlos desde las ramas de los árboles con sus graznidos amargos. Rajiv, vestido con una kurta blanca y un pañuelo tricolor alrededor del cuello, condujo el coche por las anchas avenidas, que estaban casi desiertas, pero a la entrada del colegio electoral les esperaba un corrillo de gente y un equipo de televisión. Sonia estaba espléndida en un salwar kamiz rojo. Saludaron a diestra y siniestra juntando las palmas de la mano a la altura del pecho y Rajiv firmó algunos autógrafos mientras esperaban que abriese el colegio. Detrás, la fila iba creciendo. Un joven voluntario del partido se acercó a Rajiv con una bandeja en la que había incienso, azúcar y pétalos de flor con la intención de realizar allí mismo una puja (una ofrenda) para empezar el día con una nota auspicios a en su honor. Sonia, siempre que estaba con su marido en un lugar público, observaba atentamente a todo el que se acercaba, intentando adivinar alguna intención oculta, un bulto sospechoso, un gesto inhabitual. La paranoia no le daba tregua. Quizás por eso se asustó tanto cuando el hombre de la bandeja, intimidado por Rajiv, la dejó caer en un estrépito que hizo sobresaltarse a todos. Sonia se crispó, luego empezó a sudar copiosamente. Rajiv se percató del malestar de su mujer y pidió que le trajeran un vaso de agua. Cuando le tocó votar, estaba tan alterada que no encontraba la papeleta con el símbolo del Congress. Por un momento pensó que se iría sin votar. A la salida, yendo hacia el coche, se lo contó a Rajiv, que se reía: «Me cogió la mano -recordaría Sonia- con ese toque cálido y tranquilizador que siempre ayudaba a disipar cualquier sentimiento de ansiedad.» Fue quizás la última ocasión en la que Rajiv estaba presente para calmar a su mujer, porque después de dejarla en casa, salió para su siguiente gira. Por la tarde tenía previsto volver a Nueva Delhi para cambiar del helicóptero a un avión y partir con destino al sur, donde las elecciones se celebrarían dos días después.

Pero esa tarde, Rajiv les dio la sorpresa de pasarse por casa. Sonia y Priyanka estaban felices de verlo, aunque fuera por poco tiempo. Rajiv se duchó deprisa, picó algo y llamó a su hijo a Estados Unidos: «Te llamo para darte ánimos con tus exámenes, Rahul, y para decirte lo contento que estoy de que vuelvas pronto… Va a ser un buen verano… Te quiero… Adiós.» Luego dio un beso a Priyanka. De nuevo debía irse, pero lo bueno es que aquélla sería la última escala de la gira electoral. Estaba tranquilo, iba al sur, territorio seguro, no como el norte, tan convulso y peligroso.

– ¿No puedes dejarlo ya? -le pidió Sonia-. Este viaje no cambiará los resultados…

– Lo sé, pero ya está todo organizado… Ánimo, un último empujoncito y saldremos vencedores… Sólo dos días más y de nuevo juntos -le dijo a Sonia con su sonrisa cautivadora.

«Nos despedimos con ternura… -recordaría Sonia- y se fue.

Me quedé mirando entre las rendijas de la persiana y le vi alejarse, hasta que le perdí de vista… Esta vez para siempre.»

40

Al día siguiente, 21 de mayo de 1991, Rajiv se embarcó en un helicóptero para visitar varias ciudades del estado de Orissa, en el este del país. Fue una jornada extenuante, y por la noche se encontraba tan cansado que pensó recuperar un poco de sueño atrasado y cancelar la última visita que tenía prevista a un pueblo del vecino estado de Tamil Nadu llamado Sriperumbudur. Además, un informe del Servicio de Inteligencia del gobierno central le había expresamente aconsejado no asistir a mítines en Tamil Nadu después del anochecer, porque los Tigres Tamiles disponían en ese estado de un apoyo considerable entre la población. Estaba hambriento, y la líder local del partido, una joven profesional que él había reclutado para el Congress, le invitó a cenar a su casa, pero se quedó pensando en los que le estaban esperando en Sriperumbudur, en todo el esfuerzo que sus compañeros de partido habían invertido en organizar el mitin, y a la postre no quiso defraudarlos y declinó la invitación a cenar. El partido bien se merecía un último esfuerzo.

– Ya dormiré a pierna suelta con Rahul, Priyanka y Sonia a mi alrededor -le dijo a su acompañante.

– ¿Entonces no vas a hacer caso al informe del Servicio de Inteligencia?

– Si tuviera que hacer caso a todos esos informes, tendría que haber abandonado la campaña hace mucho tiempo. Además -añadió-, la violencia política es poco común en el sur de la India, eso lo sabemos todos. Aquí las elecciones se parecen más a fiestas de pueblo que a acontecimientos políticos serios.

Al entrar en el avión, se encontró con la agradable sorpresa de que la líder local le había hecho llegar pizza y unas empanadillas. Apenas había dado un primer mordisco a su cena cuando le comunicaron que el aparato no podía despegar por un problema técnico. «Mejor -se dijo Rajiv, que sólo pensaba en echar una cabezadita-. Pues aquí nos quedamos.» Bajó del avión y se metió en un Ambassador que le condujo al alojamiento del gobierno. Pero, de camino, un coche oficial le alcanzó.