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– Señor -le dijo un policía por la ventanilla-, ya se ha solucionado la avería, el avión está listo para el despegue.

Durante una fracción de segundo, Rajiv dudó en si debía seguir camino o regresar al aeropuerto. Al final, se dejó llevar por los acontecimientos y le dijo al chófer que diese media vuelta. De nuevo en el avión, tomó asiento, se abrochó el cinturón y cuando el aparato empezaba a rodar por la pista, se dio cuenta de que había olvidado la comida en el coche.

Llegó a Madras a las ocho y media de la noche, asistió a una corta rueda de prensa, bebió un refresco y siguió viaje por carretera. Iba sentado delante, al lado del conductor, con la ventanilla abierta. En el salpicadero del Ambassador, había una pequeña luz fluorescente que le daba en la cara para que la gente pudiera verlo en la oscuridad de la noche. Se detuvo en un pueblo en el que dio un mitin de veinte minutos y a las nueve y media ya estaba en otro dando un nuevo discurso. En el trayecto, aprovechaba para charlar con periodistas. Ese día iba acompañado de Barbara Crossette, corresponsal de The New York Times y especialista en temas asiáticos. Al cruzar las aldeas, el coche se abría lentamente paso entre la multitud y la gente, con expresión de frenética alegría en sus rostros, lanzaba flores. «Esperamos buenos resultados en esta zona», dijo Rajiv a los periodistas. Nada más salir del coche, sus seguidores pugnaban por colocarle guirnaldas alrededor del cuello, mientras otros le regalaban pañuelos y chales. En un momento dado, se detuvo para saludar a una mujer que estaba siendo estrujada por la muchedumbre. Le colocó una bufanda de seda alrededor del cuello y le dijo unas palabras. La mujer cubrió su rostro con sus manos y apretó la bufanda contra su pecho. Barbara Crossette se sorprendió de la escasa protección de que disponía: «Más de cien veces, cualquiera de las manos que se habían metido en el coche para tocarle el brazo o darle la mano hubiera podido apuñalarlo o dispararle.»

Siguieron camino. A lo largo de la carretera, había luces de colores y pancartas dándole la bienvenida. De vez en cuando, Rajiv indicaba al chófer que fuese más despacio o que parase el coche para salir y estrechar más manos mientras les pedía el voto para el Congress. Lo curioso es que lo decía en inglés, porque no hablaba tamil. Cuando tenía que explicar algo más largo, un intérprete le hacía la labor. Las notas y cartas que iba recogiendo de la gente las metía en una bolsa gris de líneas aéreas que siempre llevaba consigo. Barbara Crossette le hizo su última entrevista. Le preguntó si no tomaba suplementos vitamínicos o si llevaba una dieta especial para aguantar ese despliegue de energía, teniendo en cuenta el calor de 40 grados y lo duras que eran las carreteras… Rajiv prorrumpió en carcajadas. «¡Estos americanos!», debió pensar. «La mayor parte del tiempo no como nada. Me mantengo con esto…», contestó, señalando un par de termos, uno de café y otro de té. Les indicó que la única concesión al confort eran las zapatillas de deporte blancas que llevaba. Luego departió sobre sus temas favoritos: «La gente está frustrada porque el sistema no es eficaz, no alimenta sus aspiraciones. Tenemos que conseguir mejorarlo drásticamente. Pero, sobre todo, estoy decidido a acabar con todas las controversias sobre la religión. Queremos una separación completa entre religión y política. La mezcla es explosiva, no sólo aquí, sino en todo el mundo.»

A las diez de la noche, los líderes locales de Sriperumbudur, un pueblecito agrícola sin mayor interés, anunciaron la llegada del líder. La gente estaba viendo un espectáculo de danza típica de la región, muy colorido y ruidoso, algo normal en los mítines electorales, ya que los candidatos importantes nunca llegaban puntuales. Las dos horas de retraso sobre el horario previsto no quitaron las ganas a la gente de corearlo y de lanzar petardos para celebrar su llegada. Rajiv se asustó al oír las primeras explosiones, pero le explicaron que era la manera habitual de recibir a un dignatario importante en Tamil Nadu. Normalmente, en un acto así, en el norte, hubiera habido un arco detector de metales a la entrada del recinto. Pero aquí no existía nada parecido, excepto los esfuerzos del fiel escolta Pradip Gupta por apartar a la gente y evitar que tocasen a su protegido. Rajiv se detuvo frente a una estatua de su madre y le colocó ceremoniosamente una guirnalda de claveles. La multitud estaba compuesta sobre todo de hombres de aspecto cordial, vestidos con longhis, unas telas enrolladas alrededor de la cintura, y de niquis o de kurtas sin cuello. Después del homenaje a Indira, Rajiv caminó sobre una alfombra roja hacia el estrado donde le esperaban los líderes locales del partido, sentados alrededor de una larga mesa. Aceptaba con su eterna sonrisa las guirnaldas que le iban poniendo, se detenía para dar un apretón de manos, respondía al saludo de uno, se quitaba guirnaldas amontonadas en el cuello y las lanzaba a las mujeres, discutía con los policías locales que intentaban mantener apartada a la multitud, se reía y bromeaba con todos. Sacaba su increíble energía del contacto con la gente, entroncando de este modo con el ejemplo de su abuelo y de su madre.

Entre la multitud había dos mujeres de unos treinta años. Una de ellas era bajita, de piel oscura y llevaba gafas. Se llamaba Dhanu. Vestía una chaqueta vaquera sobre un traje punjabí de color naranja que consistía en una falda larga sobre pantalones anchos, contrariamente al resto de las mujeres del sur, que suelen llevar saris. Parecía estar embarazada. Nadie sospechaba que las razones de su corpulencia se debían a que bajo su chaqueta tenía pegados al cuerpo una batería de nueve voltios, un detonador y seis granadas con metralla envueltas en un material explosivo plástico. La otra chica se llamaba Kokila, y era la hija de un funcionario del partido. Rajiv le puso cariñosamente el brazo por encima del hombro mientras ella recitaba un poema en su honor. Dhanu, con una guirnalda en la mano, consiguió abrirse paso y colocarse detrás de Kokila. Cuando la chica acabó el poema, le llegó el turno a Dhanu, pero justo cuando iba a entregarle su guirnalda a Rajiv, una mujer policía la paró con el brazo. Rajiv le sonrió. «Deje que cada uno tenga su turno… No se preocupe, tranquila.» La policía desistió y se dio la vuelta, sin sospechar que de esa manera estaba salvando la vida. Entonces Dhanu se acercó a Rajiv para colocarle una guirnalda de virutas de madera de sándalo esculpidas en forma de pétalos de flor alrededor del cuello. Rajiv se lo agradeció con su hermosa sonrisa y, siguiendo la tradición, se quitó la guirnalda para entregársela a un compañero del partido que estaba detrás de él. Mientras, Dhanu se agachó para tocarle los pies. Rajiv también lo hizo, para mostrar humildad, como diciendo que él no era digno de ese saludo. Pero la mujer le engañó: no estaba tocándole los pies en signo de veneración, sino tirando de una cuerda que activó el detonador.

La explosión fue apocalíptica. «Cuando me di la vuelta -contó Suman Dubey, ayudante de Rajiv y viejo amigo de la familia- vi a gente volar por los aires como a cámara lenta.» Barbara Crossette, que se había quedado atrás, vio «una explosión muy intensa… y luego la gente cayendo alrededor, en círculo, como los pétalos de una flor. En el lugar donde se suponía que estaba Rajiv, había un agujero en la tierra.» La metralla había acabado con la vida de la asesina, de Rajiv y de diecisiete personas más. El pánico se apoderó de la multitud y de los policías, que no sabían si aquélla sería una explosión aislada o si habría más. El polvo y el humo se disiparon para dejar al descubierto el espectáculo de la masacre: cuerpos desmembrados, tierra negra y humeante, objetos calcinados. Curiosamente, el estrado seguía en pie, lo que había saltado en pedazos había sido la gente.