Выбрать главу

«Estaba buscando algo de color blanco -contaría Suman Dubey-, porque Rajiv siempre iba de blanco. Pero todo lo que veía era negro, materia calcinada.» Otros compañeros de partido se fueron acercando y encontraron a Pradip Gupta, el fiel escolta de Rajiv. Seguía vivo, estaba tumbado y con los ojos muy abiertos, sufriendo en carne propia la predicción que le había hecho a Sonia: «Si algo le pasa a Rajiv, tendrá que ser por encima de mi cadáver…» Murió unos segundos después. Debajo de su cuerpo, alguien encontró una zapatilla de deporte blanca. Era de Rajiv. Un colega del partido intentó girar lo que quedaba del cuerpo, sin conseguirlo porque se deshacía. Rajiv había sido literalmente eviscerado por la explosión, el cráneo estaba fracturado y había perdido casi toda la masa cerebral. Había muerto en el acto. Quince minutos después de la explosión, sonó el teléfono en el número 10 de Janpath.

41

Quien descolgó el aparato fue el secretario de Rajiv, que trabajaba en el despacho privado de su jefe, en un ala apartada de la casa. La familia dormía. En su dormitorio, Sonia oyó el teléfono entre sueños y le sonó como un alarido.

– Señor, ha habido un atentado con bomba -dijo una voz entrecortada, salpicada de interferencias.

– ¿Quién habla?

– Soy del Servicio de Inteligencia. Llamo de Sriperumbudur.

Al secretario se le hizo un nudo en la garganta.

– ¿Cómo está Rajivji? -preguntó.

El hombre no respondió. El secretario oyó cómo su interlocutor carraspeaba para aclararse la garganta antes de volver a hablar.

– Señor, es que… -empezó diciendo, sin terminar su frase.

Nervioso, el secretario le azuzó:

– ¿Por qué no me dice de una vez cómo se encuentra Rajiv?

– Señor, ha fallecido -soltó entonces el hombre, y nada más decirlo colgó el teléfono.

El secretario se quedó con el auricular en la mano, la mirada perdida, intentando asimilar lo que acababa de oír. La leve esperanza de que hubiera sido una falsa noticia se evaporó cuando, nada más colgar, volvió a sonar el teléfono. Un miembro del Congress de Tamil Nadu vino a confirmarle la noticia. Ya no había duda. En seguida las demás líneas empezaron a vibrar, en una cacofonía insoportable. El secretario salió apresurado.

– Madam, Madam…

Se encontró con Sonia en el pasillo, que salía de su cuarto atándose el albornoz.

Casi no podía abrir los ojos. Tenía el pelo revuelto. Sabía que una llamada en mitad de la noche no podía anunciar nada bueno. Tenía grabada en su memoria la que había recibido una noche en la casa familiar de Orbassano anunciándole el accidente de Sanjay. Ahora estaba presa de un sentimiento similar y se le hizo un nudo en el estómago. Pero lo que la dejó helada fue el aire asustado, casi histérico del secretario, un hombre habitualmente sobrio y comedido.

– Madam, ha sido una bomba… -balbuceó.

Sonia le lanzó una mirada severa. Tenía el rostro hinchado de sueño.

– ¿Está vivo?

El secretario fue incapaz de contestar. No le salieron las palabras. Tampoco hacían falta, Sonia había dejado de escucharle. Todo su cuerpo se contrajo como si hubiera recibido una descarga eléctrica y de lo más hondo de su alma herida de muerte surgió un grito gutural, ronco. Siete años después de la conversación que había mantenido con Rajiv en el quirófano del hospital donde estaban cosiendo el cadáver de Indira, y en la que le suplicó no aceptar el puesto que su madre había dejado vacante porque le matarían, la predicción se había cumplido.

– ¡iNooooo…!!

Su grito despertó a Priyanka, que apareció en el pasillo, también envuelta en un albornoz, el aspecto derrengado, la mirada atónita. Se quedó muda, incrédula, lívida. Agarró a su madre y la llevó al salón como pudo. Nunca en sus diecinueve años de vida la había visto en ese estado de desesperación. Nunca nadie la había visto llorar de esa manera. Tanto duraron y tan fuertes eran los sollozos que los primeros compañeros de partido que más tarde empezaron a llegar a la casa los oyeron desde la calle.

Priyanka no conseguía confortarla. De pronto, Sonia empezó a toser y a ahogarse de tal manera que el secretario temió que perdiese el conocimiento.

– Es un ataque de asma -dijo Priyanka.

Resultó tan violento que se asustó mucho.

– ¡En seguida vuelvo! -lanzó.

Corrió hacia el cuarto de baño de su madre y buscó afanosamente el inhalador y los antihistamínicos. Cuando volvió al salón, la vio sentada en un sillón con los ojos casi en blanco, la boca abierta y la cabeza echada hacia atrás, buscando aire como un pez fuera del agua. Pensó que se moría. En realidad, una parte de ella había muerto con su marido.

Las medicinas hicieron su efecto y consiguieron detener la tos, pero no los sollozos. Por mucho que su hija intentara calmarla, Sonia era inconsolable. Su llanto crecía sobre sí mismo, insistente y regular como las olas en su acoso a la playa. Priyanka se dirigió al secretario:

– ¿Dónde está el cuerpo de mi padre? -preguntó.

– En este momento, lo están llevando a Madrás.

– Por favor, ayúdame a hacer las gestiones pertinentes para que podamos desplazarnos hasta allí -le rogó.

Priyanka se hizo cargo de la situación, demostrando una madurez, una sangre fría y un sentido de la organización admirables. Departió con los primeros amigos de su padre y líderes del Congress que acudían con aire perplejo y desolado, algunos llorando a lágrima viva. Hasta habló con el presidente de la República por teléfono. Le pidió que pusiese un avión a disposición de la familia. En el fondo algo dentro de ella le impedía creerse que su padre estaba muerto. Era como un reflejo que protege del dolor y permite actuar. Inconscientemente, le costaba aceptar algo tan catastrófico sin comprobarlo, por eso necesitaba ver a su padre cuanto antes.

– ¿Creéis que es prudente desplazaros hasta allí? -le dijo el presidente de la República.

– Por favor, presidente, insisto. Mi madre y yo tenemos la firme intención de ir esta misma noche a Madrás.

– Está bien, hablaré con el ejército para poner a vuestra disposición un avión de la Fuerza Aérea. Luego pasaré por vuestra residencia para daros el pésame.

– Gracias, le esperaremos.

Ahora le tocaba dar la noticia a su hermano, que estaba en Harvard. Allí era la hora del almuerzo. Consiguió que un compañero le transmitiese el mensaje de que debía llamar a casa urgentemente. Una hora más tarde, su hermana y su madre le dieron la peor noticia de su vida.

– ¡Lo sabía, lo sabía! -dijo el chico llorando y mordiéndose el labio-. Sabía que iba a pasar.

Ese sentimiento de frustración e impotencia acentuaba el dolor de toda la familia.

– Hicimos lo que pudimos…

– ¿Tú crees?

– Claro que sí.

Le dijeron que viniese en el primer vuelo, que estaban empezando a organizar los funerales, que le esperaban.

Eran más o menos las once de la noche y ya la noticia había corrido por Nueva Delhi. Una multitud se estaba congregando ante la verja de casa. Desde el interior, Priyanka y Sonia oían gritos histéricos y lamentos. Seguían acudiendo amigos de la familia, compañeros, ministros, policías, etc. Una invasión en toda regla. La prensa tomaba posiciones en la verja y la calle. La gente todavía no sabía contra quién dirigir su rabia: ¿contra los sijs, los fundamentalistas musulmanes o hindúes, los Tigres Tamiles, los asameses, los dalits…? No faltaban agravios en ese país tan abigarrado. Por lo pronto, la dirigieron contra los equipos de televisión nacional e internacionales. La gente allí congregada empezó a insultarlos. Algunos amigos que al volante de su coche franqueaban la valla fueron recibidos de mala manera: Ottavio y Maria Quattrochi fueron abucheados y recibieron alguna que otra pedrada, y lo mismo ocurrió con los líderes de la oposición, que venían a presentar sus condolencias. La furia de la multitud se extendió hacia todos los adversarios de Rajiv. Una turba intentó asaltar la vecina casa de uno de sus críticos más feroces cuando estaba en el gobierno, un líder de una casta de «intocables». Tal era el ambiente en las calles que el presidente de la República no pudo llegar hasta la casa. Se encontró con una muchedumbre frenética y desesperada. La gente se tiraba sobre el capó de su automóvil, llorando y sollozando.