– ¿Los dispersamos? -preguntó el oficial de seguridad al presidente.
– No, demos media vuelta. No quiero que se inflamen más los ánimos.
De regreso a su residencia en el antiguo palacio del virrey, el presidente llamó por teléfono a Sonia. Estaba un poco más tranquila, y pudo agradecerle sus condolencias y las facilidades que había dispuesto para ese singular viaje.
Vestida con un salwar kamiz blanco, el pelo peinado hacia atrás y recogido en un moño, nada más colgar salió de casa con Priyanka. Fuera les esperaba un coche para llevarlas al aeropuerto. Conducía el tío Kaul, el que tantos esfuerzos había hecho para convencer a Rajiv de que siguiera los pasos de su hermano. El coche se abrió paso con dificultad entre la multitud que se agolpaba alrededor de la casa. Las calles estaban cada vez más agitadas. Grupos de gente se arremolinaban en las esquinas y en las rotondas, en un estado de ánimo que oscilaba entre la rabia y la pena.
– Espero que el gobierno actúe con prontitud y no permita lo que ocurrió después de la muerte de Indira -comentó el tío Kaul.
El vuelo duró tres horas y media, el tiempo que un jet tarda en cruzar el subcontinente de norte a sur. Abajo, en esa negra extensión de tierra salpicada de puntitos de luz que indicaban las ciudades y los pueblos, la India dormía. Dentro de unas horas iba a despertar con la tragedia de otro asesinato político. Dentro de unas horas, pensaron, el país estaría hundido en la aflicción. Nadie habló durante el vuelo. Sólo se oían los sollozos de Sonia.
Seguía siendo de noche cuando aterrizaron en Madrás a las cuatro y media de la madrugada. El avión rodó hasta la vieja terminal, iluminada y rodeada de una ingente multitud. Allí estaba el cuerpo de Rajiv. Por indicación del presidente de la República, lo habían llevado hasta allí para evitar que Sonia y Priyanka tuvieran que desplazarse en coche hasta la ciudad. Un aire húmedo y pegajoso les envolvió nada más salir del avión. Estaban muy nerviosas porque se acercaba el momento. El momento de verlo por última vez. ¿Qué iban a encontrarse? ¿Estaban preparadas para ello? ¿Lo soportarían? Se hacían esas preguntas mientras bajaban la escalerilla y saludaban a las personalidades que habían acudido a recibirlas.
También aquí las autoridades temían que estallasen disturbios, les dijo el gobernador. La multitud buscaba un chivo expiatorio y los ánimos en la ciudad estaban muy caldeados. Por eso habían dispuesto las medidas necesarias para que el vuelo despegase antes del amanecer. Cuando reconoció a Suman Dubey, viejo y leal amigo de Rajiv que había salido milagrosamente ileso del atentado, Sonia se echó a llorar en sus brazos.
Pero no vieron a Rajiv. No podían. Les dijeron que su cuerpo estaba tan destrozado que había sido imposible embalsamarlo. Lo único que vieron fue dos ataúdes. Uno contenía los restos de Rajiv y el otro el de su guardaespaldas, el bueno de Pradip Gupta. A partir de entonces, todo fue muy rápido. Agarradas la una a la otra, madre e hija vieron cómo los metían en las tripas del avión. Ellas volvieron a subir por la escalerilla. Una vez dentro, Sonia pidió que colocasen el ataúd a su lado. Con una mano puso una guirnalda de flores sobre el féretro, mientras con la otra se cubrió el rostro con un chal para enjugar sus lágrimas. Priyanka, al ver el ataúd amarrado así, tuvo que admitir lo que su subconsciente se negaba a aceptar, que en esa caja estaba su padre, o mejor dicho, lo que quedaba de él. Entonces no pudo contenerse más y se desmoronó. De pronto se dio cuenta de que no lo volvería a ver nunca, de que nunca más se dejaría mecer por el afecto y calidez de su padre. Se abrazó a la caja y se quedó sollozando largo rato.
El avión rodaba ya por la pista. Suman Dubey y Sonia la tranquilizaron, la hicieron sentarse y le abrocharon el cinturón. En ese momento Sonia tuvo un gesto que sin duda Rajiv hubiera apreciado. Al darse cuenta de que el ataúd del guardaespaldas Pradip Gupta estaba sin nada, fue a colocarle una guirnalda de jazmines.
Era de día cuando el avión despegó, de vuelta a la capital india. Empezaba el último viaje de Rajiv Gandhi.
ACTO IV
No conoces los límites de tu fuerza, no sabes lo que haces.
No sabes quién eres.
EURIPIDES
42
Ya está. Ha terminado todo. A pesar de que no ostentaba ningún cargo oficial, sesenta y cuatro países han mandado un representante oficial a los funerales. Rajiv tenía algo especial, que le hacía ser muy querido por los que le trataban.
Las cenizas ya viajan hacia el océano, disueltas en el Ganges, mezcladas con las del bisabuelo Motilal, las del abuelo Nehru y las de su hermano. El dolor individual es sólo una parte del vacío tan grande que ha dejado. El personal de servicio y de seguridad está triste y desorientado. Hasta los perros de casa están mustios. El asidero al que todos podían aferrarse ante los vaivenes de un mundo caótico e inseguro ha desaparecido. ¿Cómo creer que ya no está? Sonia y sus hijos sienten su presencia en todo momento, sobre todo de noche, en sueños. El inconsciente va más lento que la realidad, le cuesta alcanzarla, por eso los despertares son especialmente duros. Otras veces se desvelan sobresaltados y se dan de bruces con la realidad, y entonces se dan cuenta de que ésa es la peor pesadilla.
Lo importante es que todo ha transcurrido en paz. Se ha evitado el baño de sangre, no como después del asesinato de Indira. El gobierno ha sacado el ejército a la calle a tiempo y ha decretado siete días de luto nacional. Lo que no se ha podido evitar han sido varios casos de suicidio e inmolaciones en el interior del país. La India eterna sigue viva en los corazones de la gente.
Ahora, hasta sus adversarios políticos concuerdan en que Rajiv ha sido un hombre decente. En la muerte, ensalzan al líder que han denigrado en vida. También la prensa, que primero lo encumbró y luego lo vilipendió, hace su examen de conciencia. Una mañana, Priyanka enseña a su madre un artículo del Hindustan Times.
– Léelo, mamá, aquí publican un homenaje que busca disculpar la actitud que los medios han tenido con papá.
Sonia está orgullosa de sus hijos. Han estado a la altura. Menos mal que ha tenido a Priyanka cerca para organizarlo todo, para mantener la casa en orden, ir a recibir a Rahul y escoger el lugar de la cremación. Ella no hubiera podido. Es imposible tomar decisiones cuando uno se siente muerto en vida. Piensa que Indira también estaría orgullosa de ellos.
Sonia se coloca las gafas y se pone a leer. El texto tiene el mérito de la franqueza: «Le tomábamos el pelo por sus zapatos Gucci, sus gafas Cartier, sus vaqueros de marca, sus viajes con su mujer en los jumbos de Indian Airlines… Nos burlábamos de su hindi, aunque el nuestro fuese peor… La verdad es que estábamos llenos de resentimiento y de envidia… Sabíamos en nuestro fuero interno que había viajado más que todos nosotros juntos y que tenía una mejor visión de los problemas de la India que la que podíamos tener nosotros, pontificando en nuestras columnas. Su elegancia natural, su buen aspecto y sus modales le daban una ventaja injusta sobre todos los demás. Tenía tanto por lo que vivir, tanto que hacer a pesar de nuestros reparos y nuestras críticas.» Sonia llora cuando le devuelve el artículo a su hija. «¿Por qué ha tenido que pagar un precio tan alto un hombre bueno que encima había hecho bien su trabajo?», se pregunta. Son tantas las preguntas y tan escasas las respuestas que Sonia se desespera. Lo que sabe es que su marido ha acabado siendo víctima de un sistema que le ha exigido lo imposible. Ah, si no se hubiera metido en política, si hubieran dejado a Maneka el papel de heredera… Maneka, que apareció en el funeral junto a Firoz Varun y que con ojos llorosos musitó unas palabras de condolencia.