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Ahora Sonia y sus hijos quieren saber quién le ha asesinado. Dice la policía que han sido terroristas del Frente Tamil de Liberación Nacional… ¿Pero están seguros? ¿Cuándo lo podrán confirmar? y sobre todo… ¿Cuándo se podrá hacer justicia? Es un pobre consuelo la justicia, pero a estas alturas es lo único que queda.

– Señora, tiene una llamada -le interrumpe un sirviente-. Es una conferencia.

Desde que sus hermanas han regresado a Italia después de pasar unos días en Nueva Delhi, arropándoles, Sonia habla todos los días por teléfono con alguna de ellas, que insisten para que vuelva. Piensan que con el tiempo se dará cuenta de que ya no tiene sentido quedarse a vivir en Nueva Delhi, aparte de que es peligroso. Pero Sonia lo tiene claro y ya se lo dijo a su madre. La India sigue siendo su razón de vivir, aunque le haya robado el corazón. Aquí es donde están enterrados sus sueños.

– Ésta es mi vida -le repite a su hermana Nadia al teléfono-. Ya no puedo dejar este país e instalarme fuera, donde seré siempre una extranjera. Me di cuenta de ello cuando murió papá.

– Por lo menos, cámbiate de casa…

– ¿Por qué? ¿Tú también crees que está gafada? Aquí es lo que dice la prensa…

– No, no creo en esas tonterías, lo digo porque en esa casa todo te recordará a Rajiv…

– Es precisamente por eso por lo que no quiero mudarme. Sabes, quedarse viuda no es como divorciarse. Además, desde el punto de vista de la seguridad, esta casa es adecuada.

¡La seguridad! Qué hueca parece esa palabra desde la distancia. Dos asesinatos, y Sonia sigue creyendo en ella. Cuán testaruda puede ser una hermana… Pero sólo se entiende el miedo si se vive desde dentro. La amenaza de los sijs a Indira de matar hasta la centésima generación de sus descendientes se ha quedado grabada en la mente de Sonia. ¿Cómo olvidar una amenaza semejante, que además se ha visto confirmada con la sangre de su suegra? Ahora, con lo de Rajiv, sabe que la sed de venganza no tiene límite. Nunca ella ni sus hijos podrán vivir en una paz completa, por ser quienes son. Nunca, ni aquí ni en Italia ni en ningún otro sitio. Mejor aceptarlo. Por lo menos, en la India, vuelve a disponer de todo el aparato del Estado para protegerles. «La seguridad de la familia Gandhi es de interés nacional», ha declarado pomposamente el presidente de la República una semana después del atentado. A buenas horas, piensa Sonia… El caso es que el primer ministro en funciones, por indicación del presidente de la República, les ha asignado la máxima protección. Vuelven a disponer del servicio del Special Protection Group, que ya demostró su eficacia cuando Rajiv era primer ministro. Sonia no ha podido evitar hacer un comentario amargo:

– La policía me ha hecho saber que si no le hubierais retirado la protección del SPG a Rajiv, a la que tenía derecho, se hubiera salvado del atentado.

– Soniaji -le ha respondido sin alterarse el primer ministro-, sabes perfectamente que si Rajiv hubiera insistido, el gobierno se la hubiera devuelto.

– No estoy tan segura.

¿Cómo estarlo? ¿Cómo creer la palabra de un político? Es cierto, Rajiv no lo había solicitado, pero ella sí. Había insistido varias veces, siempre en vano. Priyanka había insistido. Rahul también. La realidad es que ningún político tenía especial interés en proporcionar a Rajiv una mayor protección: los de su partido porque le apartaba de las masas y por lo tanto reducía sus posibilidades de éxito, los de la oposición porque si le pasaba algo a Rajiv, acababan con la preponderancia del Congress. Todos ganaban dejando a Rajiv indefenso.

Después de tanto ajetreo, de ver a tanta gente, de tantas lágrimas vertidas, Sonia sufre el contragolpe. Poco a poco se va asentando la nueva situación, de donde surge una pregunta aterradora: ¿Cómo seguir viviendo sin Rajiv? ¿De dónde sacar fuerzas para estar sin él? Ahora toca lo más difícil, inventarse una vida. De poco le sirve el consuelo de la religión. Dice que cree en todas las religiones porque quizás no crea en ninguna. Tiene el consuelo de que su hijo Rahul se queda a pasar el verano. El chico está deshecho. A la tristeza de haber perdido a su padre, se añade un fuerte sentimiento de culpabilidad por no haber removido cielo y tierra, por no haberse enfrentado a él y haberle obligado a exigir más protección… Sonia y Priyanka también se sienten un poco culpables, pero ¿qué podían hacer contra la voluntad de Rajiv y del aparato del Estado? El caso es que la casa familiar vuelve a ser la fortaleza de antes, con sus vallas en la calle, sus arcos detectores de metales, sus cámaras de vigilancia, sus torretas, sus garitas y su centenar de policías armados rondando por la zona. La seguridad.

El atentado no ha interrumpido las elecciones, sólo se han retrasado las dos últimas jornadas. El Congress ha arrasado en el sur, a causa del «factor empatía» provocado por el asesinato, pero ha sido derrotado en el norte. Maneka también ha sido derrotada en su circunscripción y pierde su escaño en el parlamento. La gran sorpresa de estas elecciones ha sido el espectacular avance del BJP, el partido hinduista que Rajiv había identificado como el «enemigo a batir». Ha multiplicado por cien sus escaños. Un auge espectacular y terrorífico. ¿Cómo no sentir miedo cuando el líder de un grupo paramilitar hindú, aliado de este partido, ha homenajeado al asesino del Mahatma Gandhi? ¿No es algo que estaría prohibido en la mayoría de las democracias?, pregunta Sonia, escandalizada como la mayoría de los visitantes que recibe. ¿Puede uno cargar tan fácilmente contra los pilares de una nación con total impunidad? Con la excusa del pésame, muchos diputados y miembros del partido van a sondearla, a veces hasta bien entrada la noche. Acuden a discutir quién debería ser el definitivo sucesor de Rajiv a la cabeza del Congress. No se atreven ya a decirle que ella debería asumir ese puesto, que si lo hiciese habría esperanza para luchar contra el avance del sectarismo religioso. Saben que ella no quiere oírlo. ¿No rechazó de manera tajante la presidencia del partido, que fueron a ofrecerle en bandeja de plata estando las cenizas de Rajiv todavía calientes?

Sonia, sin embargo, les escucha con atención: que si fulano representa demasiado a los ricos y tiene mala imagen entre los pobres, que si zutano es desleal y no se puede confiar en él, etc.

– ¿A ti qué te parece? -le preguntan.

– Yo me inclinaría más por Narasimha Rao, creo que es el que Rajiv elegiría… Pero ¿por qué no decidís vosotros quién será el próximo líder?

– Porque este partido, con personalidades tan imponentes como Nehru, Indira y tu marido, nunca ha tenido la necesidad de desarrollar un mecanismo sucesorio y quieren que alguien les guíe… Tú, por ejemplo -se atreve a soltar uno de ellos, mirándola fijamente.

Sonia pugna por mantenerse entera y tranquila. ¿No entienden que no estoy interesada? Les ha dicho cien veces que no quiere hacer política, que no va a participar en ningún acontecimiento o evento relacionado con la política. Si les sigue recibiendo, es por fidelidad a la memoria de su marido, porque piensa que a él le gustaría. Mantener esas relaciones es mantenerlo un poco en vida. No quiere cortar el cordón umbilical que la vincula al mundo de Rajiv, de Indira, a la herencia de la familia. Lo hace por ella y por sus hijos. Una amiga suya se ve en la obligación de avisar a los que llegan. «No disgustéis a Madam hablando de su entrada en política. Le duele mucho. Recordad que está de luto por un marido que nunca quiso entrar en política.»