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Muchos la recordarán vestida con un sari blanco y un corpiño negro, sin joyas, como manda la tradición en época de luto, excepto la alianza, sentada en el borde del sofá en el estudio de Rajiv, con los retratos de la familia mirándoles desde las paredes. La mesa de despacho está exactamente igual que cuando él la dejó. No ha querido descolocar ningún objeto y nadie se sienta en su sillón, ahora recubierto con la bandera que envolvía su féretro. Nadie lo hará jamás, ni siquiera ella. A pesar de su porte elegante y su esfuerzo por mantenerse entera, se le escapan lágrimas de vez en cuando, que disimula pasándose un pañuelo por el rostro. De tanto llorar tiene ojeras perpetuas y se le ha quedado una mirada acuosa. Ha adelgazado mucho, la palidez marmórea de su tez está veteada de gris, tiene una expresión de tristeza infinita en la mirada.

Pero su opinión pesa. Pesa tanto que ella misma se sorprende.

Al final, los diputados la escuchan. Una vez convencidos de que Madam prefiere a Narasimha Rao, arreglan una elección interna para que los diputados le voten. El partido acaba colocando a este viejo amigo de la familia Nehru de primer ministro de un gobierno de coalición, minoritario porque le han faltado al Congress 30 escaños para alcanzar la mayoría. A la prensa no se le escapa este poder de influencia, que denomina the Sonia factor. A la italiana le pasa lo que a Indira cuando murió Nehru, que automáticamente ha heredado algo del poder de la familia. Para unos se trata del «carisma» para otros del «apellido». Si aquel día llega a haber mencionado otro nombre, es probable que Rao no hubiera salido. No es tan fácil como parece desprenderse de la política. El poder la persigue, el poder la quiere. El poder la necesita.

El gobierno de Rao parece débil. Tal y como están las cosas, nadie apuesta por su supervivencia, ni por la del partido. ¿Qué es el Congress sin un Gandhi a la cabeza?… Una organización condenada a desaparecer, dando pie a que el partido hinduista, el BJP, se adueñe del terreno perdido. Es grave, porque ese partido defiende la idea peligrosa de «una India hindú», que para muchos es la receta del desastre. Y nadie se atreve a imaginar las consecuencias para el país y el resto del mundo de un desastre a la escala de la India… Por eso redoblan las presiones sobre Sonia. Para los responsables políticos de un Congress en pleno desconcierto, y para una gran parte de la población, ella representa la última centinela de una dinastía golpeada de muerte.

– ¿Algún favor, algo que necesites, algún servicio? -así, con voz tintineante, se anuncia el ministro de Bienestar Social al entrar en el domicilio familiar de los Gandhi.

En la dirección del Congress, no saben qué inventarse para ganársela, para que recapacite y acepte entrar en el redil.

Son tantos los que quieren verla que decide instaurar un horario de visitas, de cinco a siete de la tarde. Las mañanas las dedica a contestar las miles de cartas de condolencia que ella y sus hijos siguen recibiendo del mundo entero. Insiste en leerlas todas, y procura contestar personalmente a las de los conocidos. A los demás, les manda una nota de agradecimiento impresa y firmada de su puño y letra, en inglés o en hindi. Las tardes, después de las visitas, es cuando el sentimiento de pérdida y de soledad se hace más duro de soportar. Por momentos se olvida de que Rajiv ya no va a volver esa noche. Tantos años acostumbrada a esperar su regreso que se le ha quedado el reflejo de esa esperanza vana. Afortunadamente está rodeada de su familia. Su madre, Paola, vive ahora con ellos, y sigue esperando secretamente que Sonia decida volver a Italia. Pero no quiere insistir más, la última vez que lo ha hecho, Sonia se ha puesto nerviosa. Priyanka y Rahul están muy pendientes de su madre. De vez en cuando se presenta algún amigo a cenar y el ambiente se anima mientras preparan la comida.

Los amigos íntimos son escasos, los fieles. Entre ellos están los hermanos Bachchan (uno de ellos, Amitabh, se ha convertido en la mayor estrella del cine indio), una decoradora que conoció nada más llegar y su marido, una pareja de periodistas y editores, antiguos compañeros de Indian Airlines, viejos amigos de la familia como Suman Dubey y su esposa… Los Quattrochi han regresado a Italia, aunque si estuvieran aquí, no podría verlos… Sus amigos no hablan con la prensa, no cuentan nada que pudiera ser interpretado por Sonia como una traición a su confianza. Saben que es una mujer muy celosa de su privacidad. No quiere que su dolor aparezca en las revistas de papel couché. Está muy irritada con la prensa extranjera que proyecta a Priyanka como la heredera de «la dinastía». A los reporteros que las siguieron durante la campaña en Amethi no se les escapó el magnetismo de la joven, con esa mirada penetrante, y ninguno se resistió a compararla con su abuela.

Muchos dignatarios extranjeros de paso por la capital también quieren verla y ella está contenta de recibirlos, porque así comparte recuerdos de los numerosos viajes que hizo junto a su marido. En el ministerio de Asuntos Exteriores no entienden por qué Yaser Arafat, Nelson Mandela o el rey Hussein quieren entrevistarse con una persona que no tiene un cargo oficial «¿Qué pasa con el protocolo?», preguntan. Pero el primer ministro Rao desautoriza esas objeciones. Mientras los dignatarios extranjeros así lo deseen, el gobierno no necesita plantear la cuestión del protocolo, les responde. El poder la trata, a ella y a sus hijos, como miembros de una familia reinante. A los Gandhi, muertos o vivos, se les sigue reverenciando, como si la India les reconociese el derecho divino de reinar sobre ella. Ahora, junto a los grandes retratos de Indira que adornan los edificios públicos, se encuentra también la foto de un Rajiv sonriente desde el más allá. La familia sigue muy presente en la mente de millones de indios.

Poco a poco, sus hijos Y sus amigos la ayudan a encontrar un sentido a la vida sin Rajiv. Sonia es consciente de que necesita normalizar su existencia cuanto antes, aunque sólo sea por sus hijos, que tendrán que volver a la universidad. «Lo que ha pasado no puede ser un obstáculo para que lleven una vida normal.» Está obsesionada con esa idea. Toda su vida no ha querido otra cosa, y todavía habla de ello como si pudiera alcanzarlo. Luego se corrige, y dice: «… una vida lo más normal posible». Sí, ésa es la meta, la única viable. Y aunque ya no puede vivir con Rajiv, sí puede vivir para él.

Para su memoria. Para que su sueño no desaparezca. Sus amigos le proponen crear una fundación, un poco al estilo de las fundaciones presidenciales norteamericanas, que guardan el legado de cada presidente. Sería una respuesta a los terroristas que lo asesinaron, una manera de que sus ideas y su visión sobrevivan. Sonia escoge la fecha del 20 de junio para firmar el acta de constitución de la Rajiv Gandhi Foundation, porque también es una manera de dar sentido al cumpleaños de Rahul, que ese día cumple veintiún años. Rodeada de sus hijos y amigos, ponen su firma en el documento que consagra la creación de una institución destinada a promover la aplicación de la ciencia y la tecnología al servicio de los pobres. A Sonia le da la impresión de que de esa forma Rajiv sigue vivo en la muerte.

El 20 de agosto, el día en que Rajiv hubiera cumplido cuarenta y siete años, van a rendirle un homenaje al samadhi, el mausoleo en forma de flor de loto erigido en el emplazamiento donde ha tenido lugar su cremación. No está lejos de los samadhi respectivos de Sanjay, Indira y Nehru, símbolos todos que recuerdan el considerable precio del poder. Sonia lleva un sari blanco bordeado de negro, tiene la mirada extraviada y parece que su espíritu está muy lejos, en algún lugar que sólo ella conoce. Quizás se deja llevar por la ensoñación y hace planes de vida con Rajiv, como antes, y consigue arañar así unos segundos de felicidad, aunque sean ficticios. Huele al incienso que queman los sacerdotes en braseros improvisados. De pie entre Priyanka y Rahul, los tres parecen ensimismados y absortos en sus pensamientos, mientras los cánticos religiosos hindúes van desgranándose como una letanía sin fin. Al fondo, se oyen los ruidos de la ciudad. De pronto aparece Maneka, sola, la última persona que desean ver allí en ese momento. Sonia se crispa mientras su cuñada se acerca al samadhi y deposita una ofrenda floral sobre el mármol pulido. Luego sigue con la tradición de dar una vuelta alrededor del mausoleo y pasa delante de Sonia y de sus hijos, pero no se saludan. Su presencia ha roto la serenidad del acto. Sonia, irritada, decide acabar y volver al coche.