– ¡Tenemos nuestro propio servicio de orden! -argumentan ante las autoridades.
Éstas deciden no mandar a los soldados al recinto en la mañana del 6 de diciembre, la fecha anunciada para poner la primera piedra del templo. «No hemos querido provocar», dirán más tarde, cuando la gravedad de ese error salga a relucir.
En los alrededores de la mezquita sólo está presente la policía del estado, una fuerza escasa, mal motivada y peor pertrechada para contener los ánimos de una gigantesca multitud. A las once y media de la mañana, mientras santones medio desnudos cubiertos de ceniza empiezan a entonar cánticos y oraciones en la plataforma de hormigón, algunos militantes se acercan a la mezquita en actitud amenazante. Cuando intentan pararles los pies, lo único que consiguen el servicio de orden y algunos agentes de policía es ser apedreados por la multitud encolerizada.
– ¡Levantaremos nuestro templo aquí mismo! -gritan con fervor los militantes.
Un joven intrépido consigue saltar por encima de la policía y escalar los muros de la mezquita hasta llegar a una de sus tres cúpulas. La multitud percibe el gesto como una señal de ataque. Armados de hachas, picos y palas, una avalancha de militantes se lanza sobre la mezquita. La policía huye despavorida.
Media hora más tarde, los militantes caminan por el techo haciendo ondear banderas color azafrán y lanzando vítores. Mientras unos lanzan ganchos atados a una cuerda para clavarlos en el techo de los minaretes, otros atacan la base con mazas, martillos y picos. A las dos de la tarde, el primer minarete se derrumba, y con él una docena de hombres que estaban destrozando el techo a hachazos. Pero parece que da igual, la vida humana no importa, lo que vale es acabar con los símbolos del vecino musulmán. Una hora después, cae el segundo minarete. Luego el último, y finalmente la cúpula central. En una sola tarde, un monumento que ha sido testigo de innumerables convulsiones de la historia, que ha soportado el azote de más de cuatrocientos monzones es reducido a escombros por la furia de unos fanáticos.
La mayoría de los hindúes del país no están de acuerdo con que una minoría de extremistas consiga doblegar el Estado a su voluntad. Si las fuerzas que hubieran podido detener ese sacrilegio están a mano, ¿por qué no les ha llegado nunca la orden de intervenir? En esos días de terror son muchos los indios que echan de menos a Indira; con ella en el poder en Nueva Delhi, piensan que probablemente esto nunca hubiera ocurrido. Lo achacan a un acto de cobardía del gobierno de Narasimha Rao, que no quiere ser percibido como contrario a los hindúes en un país en el que son mayoría.
La demolición causa seis muertos entre los militantes y una cincuentena de heridos. Los líderes del BJP son arrestados por la policía y puestos bajo custodia protegida. Un influyente sacerdote local expresa el deseo de que Ayodhya se convierta en el «Vaticano de los hindúes» y hace un llamamiento a la violencia. El primer paso, agrega, es limpiar la ciudad de sus minorías. Los militantes responden con ardor a este grito de guerra y se lanzan a una orgía de violencia, incendiando las casas de los musulmanes y luego barrios enteros. Pronto, la violencia se extiende a lo largo y ancho de la India. Los musulmanes salen a las calles, atacan las comisarías de policía y prenden fuego a edificios del gobierno. Las turbas excitadas utilizan armas de todo tipo, desde ácido hasta escopetas, pasando por tirachinas y puñales. La prensa relata casos de niños quemados vivos, de mujeres acribilladas a bocajarro por policías. El espectro de la Partición vuelve a aparecer.
Hay miles de muertos por toda la India. El ejército impone el toque de queda. El país está paralizado por el miedo. Los aviones no despegan, los trenes no circulan. La pesadilla de Nehru y de Gandhi, la del odio entre comunidades, se está haciendo realidad ante los ojos atónitos del pueblo, que ve cómo la convivencia entre vecinos es reemplazada por la hostilidad y la suspicacia. Ya no juegan juntos los niños musulmanes e hindúes como lo han venido haciendo desde hace ya más de mil años. Los padres no comercian entre ellos, dejan de relacionarse. A los musulmanes se les empieza a exigir que prueben su lealtad hacia la India. En los partidos de críquet contra Pakistán, se les exige que desplieguen la bandera nacional en la fachada de sus casas, y que animen al equipo nacional. Están obligados a mantenerse a la defensiva, pero en Cachemira, donde son mayoría, los papeles se invierten. Allí los extremistas musulmanes lanzan una jihad contra la comunidad de los pandits hindúes, de la que los Nehru son oriundos. Más de cien mil se ven obligados a exiliarse. Ambos procesos se retro alimentan, mientras la gente, que no está acostumbrada a hacer política en términos de fe y religión, se hace multitud de preguntas: ¿se puede confiar en un gobierno que no asume su compromiso de proteger un antiguo lugar de culto?, ¿se puede confiar en una comunidad que expulsa de manera tan drástica a los que profesan otra fe? «Como los minaretes que coronan esta vieja mezquita -escribe el Time Magazine- los tres pilares del Estado indio -democracia, aconfesionalidad y estado de derecho- corren el riesgo de ser derribados por la furia del nacionalismo religioso.»
Durante tres años, Sonia ha estado encerrada en casa, volcada en la tarea de organizar el archivo de la familia. Ha escrito un conmovedor libro sobre su marido para el que ha tenido que bucear entre cien mil fotos, quinientos discursos e innumerables notas. Lectora voraz, ha vivido su periodo de luto entre libros, legajos, fotos y documentos. También ha editado el segundo volumen de cartas entre Nehru e Indira, una correspondencia intensa y conmovedora. «No puedes librarte de la tradición familiar -escribió Nehru a su hija desde la cárcel- porque te perseguirá y, lo quieras o no, te dará una cierta posición pública que no has hecho nada por merecer. Es desafortunado, pero tendrás que aguantarte. Aunque, después de todo, no es mala cosa tener una buena tradición familiar. Nos ayuda a encarar el futuro, nos recuerda que tenemos que mantener viva una llama y que no podemos rebajarnos o envilecernos.» Sonia no consigue quitarse esa carta de la cabeza. Escrita en otro tiempo y otras circunstancias, su eco retumba en su interior porque contiene una ineludible verdad.
Ahora, lo que ocurre a su alrededor le revuelve las entrañas.
Que el gobierno, encabezado por un primer ministro del Congress, no haya podido impedir la catástrofe de Ayodhya le duele en el alma. Es un insulto al ideario, a la esencia misma del partido. ¿Es posible que los sacrificios de Gandhi, Indira y Rajiv no hayan servido para nada? -se pregunta desconcertada-. ¿Todo ese dolor ha sido inútil?
En una reunión del patronato de la fundación que lleva el nombre de su marido, propone emitir una dura declaración de condena al gobierno.
– La fundación es una entidad apolítica -le dice uno de los patronos, un antiguo miembro del Congress y viejo amigo de Rajiv-. No hay necesidad de hacer un comentario sobre un tema político.
Sonia niega con la cabeza.
– A Rajiv y a los demás miembros de la familia, se nos identifica con el laicismo, con la voluntad de no mezclar política y religión. Me da la impresión de que si la fundación no expresa su condena estamos traicionando la herencia de nuestra familia.
– Pero si lo haces, te estás metiendo en política. Tienes que saber que si te metes contra lo que hace el Congress, estás dando fuelle a los adversarios, a los extremistas hindúes…
– No se trata de hacer política o no. Es una cuestión de principios. No puedo permanecer impasible ante lo que está ocurriendo.
No piensa callarse, le da igual quién esté en el gobierno. Repite que la suya es una autoridad moral, no política. ¿No ha cometido el primer ministro Rao el mismo error en la gestión de la crisis de Ayodhya que cometieron en su día Sanjay con los sijs e Indira con los tamiles? ¿Es que de nada sirven las lecciones del pasado? Está claro que Rao no ha mandado al ejército a tiempo para impedir la destrucción de la mezquita a fin de no alienarse el electorado hindú. Ha sacrificado la paz del país por un beneficio electoral a corto plazo. Ésa no es la política que Sonia está dispuesta a apoyar, caiga quien caiga, aunque sea el Congress.