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Porque los líderes del Congress vuelven a la carga, conscientes de que la ausencia de la viuda es la presencia más importante del partido. La situación es catastrófica, le dicen, el partido se desintegra, el país Cafre hacia el abismo de las guerras de religión. No hay día que no venga alguien a repetírselo. Las peleas intestinas en el seno de la mayor organización política del mundo la están vaciando de los mejores militantes, que desertan en masa. El nuevo líder que sale elegido a costa de agrias disputas es un individuo que no inspira respeto. Se pasa las tardes en su casa, tumbado en el suelo, la cabeza sobre una almohada, bebiendo whisky, fumando sin parar y hablando de política, de chismorreos y de sexo. Sonia sabe que ese hombre no es la solución, más bien al contrario. Ante las presiones constantes, ella sigue sin dar su brazo a torcer. «¿Y Priyanka?», preguntan, como si valiese igual la madre que la hija. Lo que sea, pero que sea un Gandhi, es lo único que puede salvar a la organización. Sólo un Gandhi puede aglutinar las distintas tendencias, los diferentes egos. Sólo un Gandhi puede galvanizar la maltrecha moral de los simpatizantes. En el otrora todopoderoso Congress, un partido con ciento doce años de historia, cunde la desesperación. «Millones de militantes del partido están dispuestos a dar su vida por ti. ¿Cómo puedes permitir que el Congress se desmorone ante tus ojos?», le repiten. Tanto se lo dicen que Sonia empieza a sentir un vago complejo de culpabilidad, la conciencia afligida por una especie de dolor. ¿Puedo seguir como una espectadora muda frente a la desintegración del partido por el que Rajiv dio su vida? La pregunta la perturba. De pronto es como si la tierra le faltase bajo sus pies. Además, está cansada de tanta presión, a la que no ha dejado de estar sometida desde que murió Rajiv. También harta de tanta adulación. Pero, sobre todo, está atormentada. Si se desintegra el Congress, se acaba la herencia familiar. Pensar que el sacrificio de Rajiv ha sido en vano le quita el sueño. Su hija comparte su zozobra.

– Hay que hacer algo -le dice Priyanka-, si no el BJP acabará destruyendo todo lo que hemos conseguido, desde el abuelo hasta papá.

Cuando viene a visitarla un viejo amigo de la familia, Amitabh Bachchan, en cuya casa estuvo viviendo cuando llegó a Nueva Delhi y que se ha convertido en el actor de cine más popular de la India le hace partícipe de su desazón.

– Me pregunto si al fallarle al Congress, no le estaré fallando a Nehru, a Indira y a Rajiv -le confiesa.

– No los confundas con los líderes de ahora -responde Amitabh-. Éstos son una panda de buitres que se quieren aprovechar del poder de convocatoria de vuestra familia para sus fines políticos. No te dejes engañar, no cedas.

– Claro, tienes razón -le dice.

Pero Priyanka no está de acuerdo con Amitabh.

– Entonces -le dice a su madre cuando están de nuevo a solas-, ¿vamos a dejar que el país se derrumbe sin hacer nada?

Sonia le contesta con otra pregunta.

– ¿No te parece que la familia ya ha hecho bastante por el país?

Pero la duda la oprime como un abrazo lúgubre, como si adivinase que su resistencia está a punto de claudicar ante lo irremediable.

Meses más tarde, otra visita de otro antiguo amigo de Rajiv termina de sembrar la duda en la mente de Sonia. Es uno de los líderes del Congress mejor valorados, un hombre íntegro llamado Digvijay Singh. Su opinión siempre pesaba en tiempos de Rajiv.

– Vamos de cabeza al desastre -le dice de sopetón-. Con este nuevo presidente, no vamos a conseguir ni cien escaños en las próximas elecciones. ¿Sabes lo que significa eso?

Sonia hace una mueca de disgusto. El hombre prosigue:

– Significa la desintegración del partido, el final del Congress. Y quizás de la India como nación.

Hay un silencio largo, denso.

– Conozco tu postura y la de tus hijos con respecto a asumir el manto de vuestra familia, pero ante la extrema gravedad de la situación he venido en nombre de los compañeros de Rajiv a pedirte que lo hagas. Ya sé lo que piensas de la política, lo sabemos todos. Sé que me vas a decir que no, pero faltaría a mí deber si no insistiera. Y no lo haría, si pensase que hay una solución mejor.

– Yo siempre he pensado que tú tenías tirón, que podrías perfectamente ser un buen presidente del partido -le dice Sonia.

– No tengo suficientes apoyos. Quizás en el futuro los tenga, ahora no. En este momento de máxima gravedad, la solución pasa por ti o por tus hijos.

– ¿Me estás diciendo que si no entro en política, estoy faltando a mi responsabilidad?

El hombre no se atreve a responder.

– Quiero hacerte ver otro aspecto del problema -prosigue-. Supongamos que el Congress desaparece… ¿Qué pasará con vuestra seguridad? Hagáis o no hagáis política, hay mucha gente que os ve como una amenaza por lo que representáis. Los que están en contra de los principios fundadores del Congress están también en contra vuestra. Y desgraciadamente son legión, cada día más. Aunque nunca quieras hacer política, el hecho de haberte quedado a vivir en esta casa es en sí mismo un acto político.

Sonia no contesta. La cabeza le da vueltas. Digvijay Singh prosigue:

– Si se la quitaron a Rajiv, os la quitarán a vosotros, que no te quepa la menor duda. Si el Congress desaparece como fuerza política, ¿quién va a costear el enorme despliegue de seguridad que tú y sus hijos necesitáis?

Sonia se estremece, porque sabe que su interlocutor tiene razón. ¿Se atreverían a dejarlos desprotegidos? Todo es posible en este sucio mundo de la política. Hay enemigos fuera, y también dentro del partido, los mismos que le retiraron la protección a Rajiv. Unos por una razón, otros por otra. Está claro que si el partido se hunde, quedan indefensos. Pero si acepta y entra en política para salvarlo, ¿no es tentar al diablo? ¿No es exponerse aún más a las balas de cualquier loco? No hay salida en el laberinto de su vida. Todo se acaba mezclando en su cabeza: el sentido de la responsabilidad y el miedo, el odio a la política y la necesidad de seguridad. Por primera vez, Sonia se está dando cuenta de que no sólo el poder la necesita a ella; la familia también necesita la protección del poder. Si no, está claro: el legado dejará de existir, el sacrificio de Indira y Rajiv caerá en el olvido y quizás ellos -Sonia, Priyanka o Rahul- también dejarán de existir.

44

Mientras Sonia se debate en un mar de dudas, la política india sigue desintegrándose. El concepto de «nación» creado por el Partido del Congreso durante la lucha por la independencia, y que aboga por una nación plural, laica, y diversa (al revés que Pakistán, una nación creada alrededor de una religión), sigue perdiendo terreno de manera alarmante. Los mismos adversarios contra los que lucharon el Mahatma Gandhi, Nehru, Indira y Rajiv son los que ahora ganan adeptos con su idea de una India hindú, como un eco involuntario de Pakistán. ¿Qué pasará si se hacen con el poder? ¿Habrá una limpieza étnica? Luego está el lamentable espectáculo de la corrupción. Un centenar de parlamentarios en Nueva Delhi tienen ahora un «pasado criminal», lo que significa que han sido acusados de varios crímenes, pero no condenados formalmente. ¡Si Nehru levantara la cabeza! Una vez que son elegidos es prácticamente imposible condenarlos, por eso la política se está convirtiendo en un incentivo importante para delincuentes de toda calaña.

La corrupción es tan grotesca que una líder en alza del mayor partido de «intocables» de la India, una mujer de mediana edad llamada Mayawati y que se ha hecho rica de la noche a la mañana alegando que sus simpatizantes son «muy generosos», ha sido pillada in fraganti otorgando licencias a sus amigos constructores para levantar un gigantesco parque temático alrededor del Taj Mahal. El escándalo la ha obligado a abandonar el proyecto, pero no le ha restado ningún voto. La prensa publica fotos suyas recibiendo a sus interlocutores sentada en un auténtico trono de madera labrada recubierta de pan de oro en su casa palacio de Lucknow. Ha celebrado su cumpleaños a lo grande, utilizando la maquinaria oficial y fondos públicos. Y no es la única.