Pero el recuerdo de aquella sonrisa no desaparecía con la mera voluntad de borrarlo, como si bastase con apretar un botón para dar órdenes al corazón. La sonrisa de Rajiv se colaba por los entresijos de su mente y, en un despiste, volvía a ocupar un lugar central en su imaginación. Como era mucho más agradable dejarse llevar por la ensoñación que estar luchando contra el dictado del corazón, acababa por dar rienda suelta a sus divagaciones… ¿Qué tenía esa sonrisa que la seducía tanto? ¿Era el refinamiento de sus modales y su manera de expresarse lo que le llegaba al corazón? ¿Era su compostura de príncipe oriental? Rajiv hablaba con el mejor acento inglés, como si hubiera vivido toda su vida en Cambridge. Era cortés y galante, un poco a la antigua, cualidades que escaseaban entre los demás estudiantes. Christian, que le conocía desde hacía ya varios meses, acababa de enterarse de que era nieto del que fuera primer ministro de la India, y eso es algo que impresiona, o por lo menos azuza la curiosidad casi tanto como el hecho de que Rajiv no lo hubiese mencionado antes. A quien le preguntaba, Rajiv explicaba que su apellido no tenía relación alguna con el del Mahatma Gandhi, pero se abstenía de comunicar su parentesco con Nehru. Precisamente de lo que más disfrutaba en Inglaterra era de la tranquilidad que le proporcionaba vivir de manera anónima. Toda su vida en la India había sido el nieto del primer gobernante de la India independiente, un icono venerado por millones de personas. Ahora que podía ser él mismo, quería disfrutarlo al máximo.
A pesar de ser quien era, no tenía dinero para salir. Hubiera querido invitarla a uno de los escasos clubes nocturnos donde se podía escuchar música en vivo y que se llamaba Les Fleurs du Mal, pero el presupuesto no le alcanzaba para tanto. A Christian le sorprendía la diferencia abismal que había entre los dos grandes grupos de estudiantes asiáticos en Cambridge, los pakistaníes y los indios. Los primeros solían tener mucho dinero y lo derrochaban, pero los indios estaban todos en las últimas. La razón se debía a la restricción impuesta por el gobierno indio a sus ciudadanos para limitar la compra de divisas, no pudiendo cambiar más de 650 libras cada vez que salían de viaje. «La belleza de Cambridge -recordaría Christian- es que era un gran nivelador de clases sociales y económicas.»
La vida nocturna era prácticamente inexistente porque cerraban las puertas de los colleges a las once. Había que salir de día, y las distracciones eran muy sencillas: pasear, ir en batea por el río Cam, pasar la tarde en los digs de uno u otro… La segunda vez que Rajiv le propuso salir, ella aceptó, y estuvieron escuchando música en el minúsculo alojamiento de estudiantes que compartía con Christian y que estaba a rebosar de amigos y de discos. Sonia acabó esa tarde con la certeza de que Rajiv la quería de verdad. Daba hasta pena verlo tan enamorado y tan impotente para expresar sus sentimientos. Sonia percibió que él era presa de un torrente de sentimientos que le revolvían por dentro tanto como a ella. Ese día no habían cogido las bicicletas porque llovía, de modo que él la acompañó andando a su casa, un buen trecho, porque ella vivía más cerca del centro. Estaban tan ensimismados en su conversación que se perdieron por la ciudad desierta mientras él le abría su corazón. Confesó que le encantaba vivir en Inglaterra porque aquí se sentía libre por primera vez en su vida. Le contó que desde niño había vivido escoltado por guardias de seguridad en la casa del centro de Nueva Delhi donde su abuelo ejercía de primer ministro. Le contó lo mucho que le disgustaba ser reconocido como hijo de la familia a la que pertenecía, porque cercenaba sus movimientos y su libertad, porque nunca sabía quiénes eran de verdad sus amigos, ya que la gente se le acercaba con segundas intenciones por su proximidad al poder. Le habló de la sensación tan placentera que experimentó la primera vez que condujo el viejo Volkswagen de Christian y que le hizo sentirse libre como nunca antes. También le habló de la muerte de su padre, ocurrida cuatro años atrás. De la de su abuelo el año anterior, que le dolió aún más porque le quería como a otro padre. «Sí-dijo Sonia tímidamente-, de eso me acuerdo.» Sonia recordaba vagamente haber visto el año anterior en los noticieros de la televisión imágenes de los funerales de Nehru, grandiosos, solemnes y tristes.
Rajiv le hablaba de todo un poco, mezclándolo todo, volcando en desorden recuerdos con deseos, añoranzas con esperanzas, anhelos con pesares. Sonia entendió que, más allá de la diferencia de raza o de nacionalidad, ese chico pertenecía a un mundo al que ella nunca había tenido acceso, ni siquiera mero conocimiento. Más que el hecho de ser de la India, lo que más le separaba de él era la órbita en la que él giraba, tan lejos de la vida de clase media de una italiana de Orbassano como la Tierra de la luna. Todo les separaba, y sin embargo, y quizás por eso mismo, la atracción mutua era todavía más fuerte. Ella simbolizaba para él todo lo que ansiaba: tener una vida normal. No era india, no era inglesa, no era identificable en ningún peldaño de la jerarquía social. Ella representaba el anonimato de la clase Inedia; en otras palabras, la libertad, que es lo que más podía desear un chico de veintiún años que había crecido en una jaula dorada.
Le contó su pasión por la fotografía, por músicos de jazz como Stan Getz, Zoot Sims y Jimmy Smith, aunque también apreciaba a los Beatles y a Beethoven. Pero su auténtica pasión era volar, y había surgido a los catorce años, el día en que su abuelo Nehru le llevó a dar una vuelta en planeador: «El sonido del viento, la sensación de total libertad, la impresión de que estás fuera de todo… es algo fantástico. Me enganché para siempre.» y la belleza de volar sobre las llanuras del norte de la India, con sus ríos sinuosos, sus pueblecitos rodeados de campos verdes y pardos donde el más mínimo pedazo de tierra está cultivado… A raíz de esa experiencia se hizo miembro del Aeroclub de Delhi y cada vez que volvía de vacaciones, salía en planeador a darse una vuelta y a olvidarse del mundo. Ahora tenía ganas de probar el vuelo con motor y jugaba con la idea de hacerse piloto.
A Sonia, este chico le abría las puertas de un mundo desconocido y que brillaba como las estrellas en el firmamento. Era un chico cálido, práctico y a la vez un poco soñador, y sobre todo le inspiraba confianza. Hablaba con total naturalidad, y no presumía de nada porque no lo necesitaba. Era lo contrario de un fanfarrón, lo contrario del típico ligón italiano que tan bien conocía. Caminando junto a él, le parecía de pronto que esas calles no eran las de siempre, que estaba en otra ciudad mucho más bonita que la que había conocido hasta entonces. Rajiv la hacía soñar, la sacaba de su concha, le hacía olvidarse de sí misma y de la nostalgia que había sentido hasta entonces. Esa noche al dejarla en su casa él se le declaró a su manera un poco torpe, diciéndole que era la primera chica que le había gustado de verdad, y que esperaba que fuese la única. Lo dijo con tanto candor que era difícil no creerle.
Pero aun así, Sonia siguió luchando por quitárselo de la mente, porque era testaruda y porque su corazón oscilaba como un péndulo, desgarrado entre la razón y el deseo. Presa de un torbellino de sentimientos contradictorios, sentía vértigo como si se encontrase frente a un precipicio, titubeando, con miedo a caer. ¿Qué pinto yo en el mundo de ese chico? ¿Qué tengo yo que ver con un niño mimado al que su célebre abuelo paseaba en planeador? ¿Por qué me dejo deslumbrar? Sonia se jactaba de tener los pies en la tierra, y los tenía. Pero cuanto más se obsesionaba, más distante se mostraba con él, y esa aparente frialdad era para él un acicate aún mayor para seducirla. La realidad era que pensaba en él día y noche, como si se hubiera convertido en su propio aliento. Cuando no estaba con él, buscaba la compañía de las chicas de su clase con el solo fin de hablar de él y de su encanto arrebatador. El sentimiento que la embargaba le sirvió de estímulo para aprender inglés más rápidamente y mejor, tal era la necesidad de estar a la altura, de no perderse los matices de la conversación con Rajiv y sus amigas. ¡No hay como el amor para aprender bien un idioma!, se dijo sorprendida al notar que de repente entendía una conversación, un noticiero, un artículo en el periódico.