Pero era agotador vivir siempre a la contra, cuestionar esa atracción que la llenaba de esperanza y, un momento después, de dudas y temores. Cansada de ese vaivén que la llevaba de la euforia a la melancolía, un día dejó de luchar y se abandonó en sus brazos, cuando todavía retumbaba en sus oídos la música de Gerry Mulligan desde el interior de un bar de la concurrida Sydney Street.
5
Del brazo de Rajiv, la vida adquiría otro tono, otro sabor. Los paseos por el río en una batea que llevaba él como un auténtico gondolero por detrás de los colleges, las vistas desde lo alto de la iglesia de St. Mary que disfrutaban sentados en el césped y comiendo un sándwich, el olor de los parques después de la lluvia… Lo más anodino cobraba un relieve inesperado. "Alguna noche acudieron a Les Fleurs du Mal a escuchar música en vivo y a bailar twist, el ritmo que hacía furor en la época y que Sonia bailaba muy bien. Cambridge era de pronto la ciudad más romántica del mundo, y ya no quería estar en ningún otro lugar para disfrutar del presente. Un presente que consistía en verse todos los días, ir en bicicleta de casa de uno a casa del otro, ir de pícnic, hacer planes de fin de semana… Rajiv era muy aficionado a la fotografía y pronto él, su cámara Minox y Sonia formaron un trío inseparable; había encontrado a su musa perfecta y no paraba de retratarla. El romance alcanzó tal intensidad que el dueño del Varsity, Charles Antoni, dijo que nunca había visto «una pareja tan enamorada… parecía de novela».
El presente también era viajar en el Volkswagen Escarabajo que Rajiv terminó comprando a su amigo por un puñado de libras. Recorrieron la campiña inglesa, visitaron Londres y disfrutaron de una libertad que en ese momento parecía no tener fin. Cuando se les rompió el parabrisas, seguían usando el coche pero envueltos en mantas.
Rajiv vivía como cualquier estudiante inglés, trabajando en sus vacaciones para conseguir dinero extra. Había sido vendedor de helados, otro año había trabajado en la recolección de la fruta, cargando camiones o haciendo el turno de noche en una panadería. «Cambridge me dio una visión del mundo que no hubiera tenido nunca si me hubiera quedado en la India», recordaría Rajiv más tarde. En Sonia encontró una perfecta aliada. Ella era enemiga de las estridencias y las extravagancias y aspiraba a lo que había conocido, a una vida tranquila y estable sin sobresaltos ni sustos. Si Sonia percibía la diferencia tan grande que le separaba de él, también vio los puntos que tenían en común. Ambos eran de naturaleza tímida y no buscaban protagonismo de ningún tipo. Ni las mieles del éxito ni la notoriedad les llamaban la atención, más bien al contrario, era algo de lo que más valía huir. «No les interesaba el mundo exterior ni la vida mundana… Valoraban ante todo la privacidad», diría Christian. Ambos tenían un concepto muy parecido de la vida familiar, quizás porque en sus respectivas culturas la familia es el valor supremo. Rajiv carecía de ambición política, le gustaban las cuestiones técnicas y las actividades manuales. Le confesó que si había hecho el esfuerzo de ingresar en el Trinity College, había sido por complacer a su abuelo, que había estudiado allí y que albergaba la ilusión de que uno de sus nietos siguiese sus pasos. Pero ahora que había muerto Nehru, Rajiv estaba pensando seriamente en dejar el Trinity College y dedicarse a su verdadera vocación, ser piloto de avión. No sabía todavía cómo decírselo a su madre.
Lo que sí supo decirle por carta a Indira, en marzo de 1965, mes y medio después del encuentro en el Varsity, es que había conocido a Sonia: «… Siempre me preguntas sobre las chicas que conozco y si hay alguna que me atraiga especialmente. Pues ahora te digo que he conocido una chica muy especial. Todavía no se lo he pedido, pero es la chica con quien quiero casarme.» En su respuesta, su madre le recordó que la primera chica que uno conoce no es necesariamente la más adecuada. Quería atemperar la pasión de su hijo. Al fin y al cabo, sólo tenía veinte años. Pero en su siguiente carta, Rajiv le confesó: «Estoy seguro de que estoy enamorado de ella. Ya sé que es la primera chica con la que salgo, pero ¿cómo saber si uno va a conocer otra que sea mejor?» A vuelta de correo, Indira le anunció que acababa de aceptar su primer puesto oficial, que lo había hecho un poco a regañadientes, pero que ya estaba: era ministra de Información del gobierno de la India. Como tal, tenía la intención de hacer un viaje oficial a Londres a finales de año y le gustaría aprovechar esa oportunidad para conocerla. A Sonia se le hizo un nudo en el estómago al enterarse de la noticia. En cuanto a contárselo a los suyos, era totalmente incapaz de armarse del valor necesario. No quería ni imaginar cuál sería la reacción de su padre…
Pero la noticia de la llegada de Indira le hizo olvidar por un momento el presente. De pronto presintió nubarrones en el horizonte de su felicidad. Volvieron los miedos y se preguntaba qué futuro había en aquel romance. Era demasiado bonito para durar. Ya no dudaba de sus sentimientos; al contrario, estaba loca por Rajiv, nunca había conocido un arrebato semejante, pero intuía que la diferencia tan enorme que había entre sus orígenes acabaría por hacer mella en la relación, y podría quizás arruinarla por completo. Lo poco que sabía de la India lo había aprendido de un amigo que lo había descrito como un país lejano e inmenso poblado de encantadores de serpientes y de elefantes y anquilosado por la pobreza y el atraso. Un país que carecía de las comodidades más básicas, un país castigado por un clima implacable, un país sucio donde las vacas campaban a sus anchas y eran más respetadas que los miembros de las castas más bajas, en definitiva un país difícil y apasionante… para un antropólogo o un yogui, pero no para una chica que aspiraba a trabajar en un organismo internacional y a tener una vida familiar sin problemas. ¿Dónde encajaba Rajiv en aquel cuadro? Los Nehru, le había explicado ese amigo que tampoco estaba demasiado al corriente, eran de origen aristocrático, de Cachemira. De alguna manera dominaban la sociedad de su país, y hasta cierto punto habían estado controlando la política mundial… A su lado, ¿qué eran los Maino?, pensaba Sonia. Unos paesani, se decía a sí misma. ¿Qué podía aportarle a Rajiv la hija de un pequeño constructor de provincias italiano? Estaba segura de que la madre de Rajiv se haría la misma pregunta, y eso le provocaba una gran desazón. Sonia era consciente de que sus familias «no podían ser más distintas», según sus propias palabras. Tampoco conseguía imaginarse diciéndole a su padre que se había enamorado de un hombre de piel cetrina, que encima era indio y que además profesaba, al menos oficialmente, la religión hindú. No, ésa era una píldora que el bueno de Stefano Maino no iba a tragarse con gusto, por muy primer ministro que hubiese sido el abuelo.
Su naturaleza introvertida le impedía compartir sus temores con Rajiv. No quería romper la felicidad, que podía ser tan frágil como el cristal más fino. Con él era de una dulzura llena de reserva y los ojos con los que le miraba estaban cargados de interrogantes. Era indio, pero en sus gestos y su manera de hablar veía a un inglés. Era distinguido y a la vez se comportaba con una sencillez pasmosa. Sonia, en realidad, experimentaba un cambio extraño y definitivo que abocaba a la aceptación ciega, total, de lo que podría, a causa de Rajiv o gracias a él, ocurrirle más adelante. Sentía que en la frontera lejana de su propio ser todo había sido fijado de antemano por el destino, antes siquiera de que hubiera nacido.