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Fiel a la costumbre que heredó de su suegra, procura ayunar un día a la semana y hacer ejercicios de yoga todas las mañanas. La mujer que un día confesaba sentirse mal vestida de india se ha trasformado hoy en una señora elegante que sólo viste saris. Le siguen fascinando las telas así como la artesanía tradicional y las antigüedades. Le gustaría tener más tiempo para leer. Aprovecha los días de vacaciones que todos los años se toma en junio para descansar en casa de un viejo amigo de la familia, el periodista Suman Dubey, en Kosani, en las estribaciones del Himalaya, y es cuando se pone al día en las lecturas atrasadas. Le gustan esas montañas que le recuerdan a los Alpes de su infancia y sueña con hacerse una casa propia para huir del calor premonzónico en compañía de sus hijos y nietos. Los viajes que hace al extranjero suelen ser oficiales o para dar alguna conferencia. Ahora se la ve menos crispada. Ha declarado que se encuentra «cómoda» en política, a pesar de que podría hacer suyas las palabras de Benazir Bhutto: «No he elegido esta vida. Me ha elegido a mí.» Quizás no tenga las riendas de su vida, pero tiene bien asidas las del país. Hasta sus oponentes admiten que no da un paso en falso. Tanto sus detractores como sus simpatizantes coinciden en reconocer su habilidad para manejar las reglas de un gobierno de coalición, algo que ni Indira ni Rajiv se vieron en la obligación de aprender nunca. Sonia ha sido capaz de desarrollar una relación armoniosa con algunos colaboradores políticos próximos, una relación basada en la lealtad mutua. Nunca Indira hubiera podido tener una relación como la que la une a Manmohan Singh.

Uno de los grandes logros de Sonia ha sido la lucha contra la corrupción. ¿No calculaba Rajiv que el 85 por ciento de todos los gastos de desarrollo en la India acababan en los bolsillos de los burócratas? Para evitarlo, Sonia y el primer ministro Manmohan Singh lograron que el Parlamento votase una ley que permite a cualquier ciudadano examinar las ofertas de los contratos de licitación pública y evitar así la prevaricación y el cohecho. La gente en posición de poder está ahora obligada a ser mucho más cauta a la hora de hacer sus chanchullos, porque existe la posibilidad real de caer en las redes de la justicia. Tanto Sonia como el primer ministro saben que es en la capacidad de reformar el Estado, de modernizarlo y limpiarlo de corrupción, donde yace la clave del desarrollo de la India, que a pesar de todo, durante los últimos quince años, ha sido el país del mundo que más rápidamente ha crecido después de China. Si se consiguen esas reformas se prevé que en un par de décadas la economía india será la tercera economía mundial. El país habrá dejado atrás su pasado arcaico y habrá conquistado un futuro liderado por la ciencia y la tecnología. Se cumplirá entonces el viejo sueño de Nehru.

Hoy por hoy, los pobres sólo tienen el consuelo de las proyecciones oficiales que les auguran una renta per cápita treinta y cinco veces mayor para entonces. Ellos son la mayor preocupación de Sonia. Quizás sea el resultado de su formación católica, o porque tiene muy presente que nació en una familia humilde allá en los montes Asiago, pero le siguen hiriendo los contrastes de la India. ¿No decía Indira que todo lo que se dijese de la India, y lo opuesto, era igualmente cierto? Bombay cuenta con el barrio de chabolas más grande de Asia y la mayor concentración de prostitutas infantiles del mundo, pero se acaba de convertir en la cuarta ciudad del planeta en número de billonarios -uno de ellos ha regalado un Airbus a su mujer para su 44.0 cumpleaños-. ¿Cómo acostumbrarse a esas diferencias? ¿Cómo es posible que el Estado se muestre incapaz de construir letrinas en los barrios de chabolas, o de suministrar tiza a las escuelas o jeringuillas limpias a los dispensarios rurales y, sin embargo, el programa espacial sea considerado tan bueno como el de cualquier potencia occidental, o quizás mejor? El día en que se acostumbre será el día en que tenga que dejar la política.

Lo que ha hecho Sonia ha sido rodearse de expertos en desarrollo como la activista Aruna Royo el economista belga Jean Dreze, que vive en un barrio de chabolas de Delhi con su mujer india. Juntos han esbozado un plan de ayuda a las zonas rurales que significa el mayor esfuerzo jamás realizado por el Estado indio para mejorar la situación de las poblaciones del campo. Pero los obstáculos para poner en práctica estos programas de desarrollo son enormes. La India, con sus aeropuertos destartalados, sus carreteras desmoronadas, sus enormes barrios de chabolas y sus aldeas empobrecidas, necesita todos sus recursos para construir infraestructuras de todo tipo, y en esa carrera hacia el desarrollo la suerte de los más pobres sigue sin ser prioritaria en la mente de los tecnócratas que dirigen el país. La idea que prevalece en el gobierno, la de que el desarrollo terminará por incluir cada vez a más gente y que así se acabará con la pobreza, era la idea que defendía Rajiv. «Pero ¿cuándo?», pregunta Sonia, que no olvida el compromiso adquirido con los pobres que la han votado. Se resiste ante los argumentos excesivamente técnicos de sus propios aliados, los hombres que ella misma ha aupado al poder, incluido el poderoso ministro de Finanzas. Para él, esos programas se alejan de la ortodoxia económica; para ella, son imprescindibles para dar sentido al poder que el pueblo le ha confiado. ¿No decía Víctor Hugo que «todo poder es deber»? Sonia lo tiene muy presente, y no ceja en su lucha. En los distritos donde ha conseguido que se ponga en práctica el programa de garantía de cien días de empleo, los campesinos han notado la diferencia. Es la diferencia entre la pobreza y la miseria. El programa no les saca de pobres, pero evita que caigan en el pozo de la miseria, que es cuando a la escasez material se une la desesperanza. Es la diferencia entre la vida y la muerte. El otro programa es más difícil de implementar. Se trata de dar a los campesinos créditos bancarios a interés muy reducido para liberarlos de la tiranía de la deuda que tienen contraída con los prestamistas locales y que les empuja muchas veces al suicidio. Es un problema que viene de lejos, y ya Indira quiso hincarle el diente cuando estaba en vigor la Emergency. Es difícil de solucionar porque la mayoría son analfabetos y no saben lo que es ir a un banco. Lo importante es darles una salida, una luz de esperanza, que sepan que nadie tiene que quitarse la vida por no poder devolver un puñado de rupias. Gracias a Sonia, los «más pobres de entre los pobres», como ella los llama según la expresión popularizada por otra europea que dejó su marca en la India, la Madre Teresa, tienen una aliada fiel. Una aliada que los tiene bien presentes, todos los días y en todo momento, esté en la cúspide del poder, o fuera de él.

AGRADECIMIENTOS

Siento no poder citar aquí a todos los que me han ayudado durante esta larga investigación, en Italia y en la India, porque prefieren permanecer en el anonimato. De todo corazón, gracias por la información proporcionada sin la que no hubiera podido escribir este libro.

Quiero especialmente expresar mi profunda gratitud a mi mujer Sita por su apoyo, su compañía y su buen humor durante los viajes de investigación y los largos meses de escritura.

Sin el eficaz y valioso acompañamiento de mi editora Elena Ramírez durante todo el proceso de elaboración, y sin su entusiasmo, esta aventura hubiera sido mucho más ardua. A ti, Elena, mi más sentido agradecimiento, como a todo el equipo de Seix Barral y del grupo Planeta que ha participado en la confección del libro.