6
Era invierno y la carretera brillaba por la lluvia. Estaban llegando a la City en el Volkswagen desvencijado de Rajiv cuando a Sonia le entró un ataque de pánico. De pronto, la perspectiva de acudir a una recepción en la embajada de la India y de encontrarse con la madre de su novio en un ambiente que desconocía la aterrorizó y la paralizó. ¿Qué voy a hacer yo allí?, se dijo súbitamente. Un torrente de preguntas, algunas serias, otras triviales, se atropellaban en su cabeza: ¿Cómo hay que tratarla? ¿Estaré vestida adecuadamente? ¿Qué tengo que decirle? ¿Y si me desprecia? ¿Y si se muestra agresiva conmigo?
– No digas tonterías -le repetía Rajiv.
De repente, a Sonia se le caía el mundo encima. Le parecía que los meses pasados en compañía de Rajiv habían sido un sueño que estaba a punto de hacerse añicos. Pensó que no estaba preparada para conocer a su madre. Además, ese encuentro significaría comprometerse aún más, ¿y cómo podía hacerlo si sus propios padres se habían mostrado tan reacios a su idilio?
– Pero si están al corriente, si tu padre te ha dado permiso… ¿Ahora te echas atrás?
Rajiv no entendía nada. Sonia estaba asustada. Pensaba que quizás su padre tuviera razón y había llegado el momento de pisar el freno, de serenarse, de dar marcha atrás…
– Sonia, hemos quedado, nos están esperando…
– Lo siento, no voy, no puedo.
Sonia perdió los estribos, era incapaz de controlarse. Los esfuerzos de Rajiv para calmarla no dieron resultado, de modo que tuvo que llamar a su madre e inventarse una excusa para cancelar la cita.
La pospusieron para unos días más tarde, cuando Sonia se hubo serenado. Esta vez se prometió a sí misma portarse bien, pero seguía siendo un trago difícil de pasar. Le temblaban las piernas cuando subía los peldaños de la residencia del embajador de la India, donde se hospedaban Indira y su amiga del alma, Pupul Jayakar, que le había ayudado a organizar el homenaje a Nehru. Las dos estaban todavía excitadas porque la víspera, después de un recital de poesía de Allen Ginsberg y otros poetas de la generación beat, habían terminado a la una de la madrugada en un restaurante español comiendo tapas y viendo bailar flamenco. A su regreso, se habían encontrado con el embajador preocupadísimo; estaba a punto de llamar a la policía porque pensaba que les había pasado algo.
Indira les recibió en su habitación, levemente perfumada de incienso. Sonia se encontró frente a una mujer de aspecto frágil envuelta en un elegante sari de seda. Reconoció en sus ojos negros y almendrados los de Rajiv. El cabello recogido en un moño dejaba ver en la frente un mechón de abundante pelo blanco a pesar de sus cuarenta y ocho años. Ese mechón, que se convertiría en su seña de identidad, le confería una innegable distinción. Tenía una sonrisa llena de encanto, maneras delicadas y una prominente nariz que procuraba disimular con maquillaje bajo los ojos para atenuar las sombras. En realidad y según le había confesado a su amiga Pupul, lo que le hubiera gustado de verdad hubiera sido operarse esa nariz.
«Me encontré frente a un ser humano perfectamente normal -diría Sonia-, frente a una mujer cálida y acogedora. Hizo todo lo posible para que me sintiese a gusto. Me habló en francés cuando notó que yo dominaba más esa lengua que el inglés. Quería saber de mí, de mis estudios.» Rajiv debió de haberle contado a su madre algo sobre el ataque de nervios, porque Indira le dijo que «ella también había sido joven, terriblemente tímida, y enamorada, y que me entendía perfectamente».
Sonia, relajada, disfrutó de ese primer encuentro, que terminó de la manera más familiar posible. En efecto, la pareja tenía que asistir a una fiesta de estudiantes y Sonia pidió cambiarse de ropa en un cuarto de la embajada. Pero nada más salir, tropezó y el tacón de su zapato rasgó el dobladillo de su traje de noche. «La madre de Rajiv -contaría Sonia- se hizo con una aguja e hilo negro y, fiel a su estilo pausado, que observaría de cerca más tarde, se puso a coser el dobladillo. ¿No era exactamente eso lo que hubiera hecho mi madre? Todas mis dudas desaparecieron, por lo menos de momento.»
Una corriente de simpatía pasó entre esas dos mujeres tan diferentes en todo, excepto en el amor por Rajiv. Indira no se lo había comunicado a su hijo, pero la idea de tener algún día una nuera extranjera la tenía un poco desconcertada. Ahora, después de conocerla, sus reservas se habían disipado: «Aparte de guapa -le escribió a su amiga norteamericana Dorothy Norman- es una chica sana y directa.»
Dorothy se alegró de recibir esas noticias de su amiga. Por fin, parecía que Indira salía de la profunda crisis existencial en la que se debatía desde la muerte de su marido Firoz hacía cuatro años, y desde la más reciente de Nehru, su padre. Viuda primero, y después huérfana. Además, como sus hijos estaban en el extranjero, se había quedado sola. El día en que Rajiv se había marchado a Cambridge, Indira había escrito a Dorothy: «Me siento triste. Es un momento desgarrador para una mujer cuando su hijo se hace un hombre. Sabe que ya no depende de ella y que de ahora en adelante él va a hacer su propia vida. Y aunque a veces la dejen echar un vistazo a esa vida, siempre lo hará desde fuera, desde la distancia de otra generación. Mi corazón sufre.»
A Indira le costó mucho reponerse de la muerte de Nehru, ocurrida en una calurosa tarde del 27 de mayo de 1964. En sus últimos días, ella no le había dejado ni un segundo, siempre pendiente de sus necesidades, administrándole las medicinas, supervisando su dieta, apartando las visitas. La última foto que les hicieron juntos, en la que se la ve en cuclillas a su lado, muestra una expresión de profunda tristeza y gran ternura en su rostro. Indira había pasado los últimos años pegada a él, organizándole la agenda, coordinando las visitas de dignatarios extranjeros como el Sha de Irán, el rey Saud, Ho Chi Minh o Krushchev. Había llegado hasta a hacer de canal de comunicación entre él y sus ministros. El propio Nehru, al ser nombrado máximo mandatario cuando la India se hizo independiente en 1947, le había pedido que asumiese el papel de «primera dama», ya que su esposa había fallecido tiempo atrás y él necesitaba a alguien de confianza que supiera llevarle la casa. Indira había aceptado con reticencia al principio, luego con auténtica devoción. Lo había hecho no sólo porque era una obediente hija india, sino porque su matrimonio se desmoronaba. Estaba harta de las infidelidades de Firoz, su marido. De hecho, vivían prácticamente separados desde hacía tiempo, de modo que ella y sus hijos se instalaron en Teen Murti House, la bonita residencia del primer ministro de la India en el centro de Nueva Delhi. Lo primero que hizo Indira fue descolgar la colección de retratos de héroes imperiales y mandarlos al Ministerio de Defensa. Luego, los reemplazó por artesanía india, y trocó las gruesas cortinas francesas por visillos de algodón crudo, el tejido que la rueca de Gandhi convirtió en símbolo de autarquía. Arregló el cuarto de su padre con una cama baja rodeada de sus libros y fotografías favoritos. Un día confesó que le hubiera gustado ser decoradora de interiores, pero el destino le tenía reservado otro papel.
Si la muerte de Nehru había privado al mundo de un gigante -había sido el líder indiscutible del movimiento de países no alineados que agrupaba a más de la mitad de la población mundial-; si había dejado a la India sin el símbolo de su lucha por la libertad y sin primer ministro, y al Partido del Congreso sin su máxima autoridad, a su hija Indira la había dejado en medio de un inmenso cráter, como si su muerte hubiera sido una bomba que hubiera arrasado todo a su alrededor. Nehru había sido la presencia y la fuerza dominante en su vida, el faro que había guiado sus pasos. Quizás esa pasión por su padre era consecuencia de lo mucho que le había echado de menos de niña, ya que él pasó casi más tiempo entre rejas que en casa debido a su activismo político. Pero cuando volvía, su presencia llenaba de alegría la mansión familiar de Anand Bhawan, en Allahabad. Ya entonces era una leyenda de carne y hueso, siempre relajado, por mucha tensión que hubiera a su alrededor, con un rostro que parecía esculpido por un cincel, un cuerpo bien proporcionado, una mirada tímida e inquisitiva al mismo tiempo, una risa franca y una elegancia natural que resaltaba llevando una rosa en el ojal del tercer botón de su sherwani. Su gran cultura, su afilado sentido del humor y sus dotes de orador le granjeaban la simpatía allí donde se encontrara. Se desenvolvía con la misma facilidad en los salones de la alta sociedad que en las cárceles de su graciosa majestad. Llegó a tener de interlocutores desde sus profesores de Cambridge a jefes de gobierno y virreyes, desde el mismísimo rey emperador de Inglaterra -y sus carceleros- a jefes tribales de Afganistán.