Después de que su padre, el gran Motilal, le dejase solo a los trece años en el internado de Inglaterra, Nehru se quedó siete años aprendiendo Ciencias Políticas e interesándose por los últimos avances tecnológicos. Volvió de Inglaterra en 1912, transformado en un caballero británico. Empezó a trabajar en el bufete de su padre, y éste se mostró muy satisfecho con los sustanciales ingresos que ahora le proporcionaba su hijo. El resto del tiempo lo repartía entre la biblioteca del Colegio de Abogados y la institución que no podía faltar en la India colonial, el club, donde pasaba largas y tediosas horas sentado en los sillones chester de los salones sobrecargados discutiendo temas legales con viejos miembros de la administración británica. Una vida aburrida, según el propio Nehru, que cambió a raíz de un hecho aparentemente insignificante, cuando recibió la visita de un grupo de campesinos que le pidieron ayuda contra unos terratenientes que usaban métodos crueles y expeditivos para expulsarlos de sus legítimas tierras. Nehru accedió a acompañarlos a su aldea para dilucidar el caso. Fue un viaje de tres días que le transformó de abogado tímido y engreído que, según sus palabras, desconocía las condiciones en las que la gran mayoría de indios vivían y trabajaban, a revolucionario. «Viéndoles con su miseria y desbordante gratitud, sentí una mezcla de vergüenza y dolor -escribió-, vergüenza de mi vida fácil y cómoda y del politiqueo de las ciudades que ignora a esta vasta multitud de hijos e hijas semidesnudos de la India, y dolor ante tanta degradación e insoportable pobreza.»
A esto se unió la noticia que le llegó de la ciudad santa de Benarés, a orillas del Ganges-. Mohandas Gandhi, ese abogado que todavía era un desconocido, había causado una auténtica conmoción al hacer un discurso incendiario contra la desigualdad y a favor de los pobres con motivo de la inauguración de la Universidad Hindú. «La exhibición de joyas que nos ofrecéis hoyes una fiesta espléndida para la vista -había dicho a un auditorio compuesto por autoridades coloniales y aristócratas indios-, pero cuando la comparo con el rostro de los millones de pobres, deduzco que no habrá salvación para la India hasta que os quitéis esas joyas y las depositéis en manos de esos pobres.» La audiencia reaccionó con indignación. Príncipes y dignatarios abandonaron el claustro de la universidad. Sólo los estudiantes aplaudieron las palabras de Gandhi. Pero el eco de esa intervención retumbó en la India entera, y Jawaharlal Nehru quiso conocerle.
«Era como una corriente potente de aire fresco -escribiría Nehru de Gandhi-; como un rayo de luz que atravesaba la oscuridad; como un torbellino que lo cuestionaba todo, pero sobre todo la manera en que funcionaba la mente de la gente. No venía de arriba, parecía emerger de entre los millones de indios, hablando su idioma e incesantemente desviando la atención hacia ellos y a sus acuciantes necesidades.» Su fuerza se resumía en un concepto que acuñó en 1907 cuyo nombre derivaba del sánscrito, satyagraha, que significa la fuerza de la verdad, y cuyo propósito implicaba la idea de una energía poderosa pero no-violenta para transformar la realidad. Para las masas indias, satyagraha representaba una alternativa al miedo. Fue el poeta bengalí y premio Nobel de literatura, Rabindranath Tagore, quien otorgó a Gandhi el título por el que sería conocido. Tagore le llamó Mahatma: «alma grande».
Pero la gran alma necesitaba a un gran lugarteniente. En eso se convirtió su discípulo y amigo Nehru, y a pesar de que no tenían nada en común, la combinación de fuerzas que surgió de aquella intensa amistad acabaría cambiando el mundo. Porque Gandhi era un hombre de fe, de religión; Nehru era un racionalista, un producto sofisticado de Harrow y Cambridge que apenas hablaba los idiomas autóctonos de la India. Sus años en Europa le hacían ver como ridículas muchas costumbres de sus compatriotas, como la de no salir de casa en días considerados poco propicios. En el país más religioso del mundo, era un ateo que despreciaba a los santones y a los yoguis, responsables según él del atraso, de las divisiones internas y del dominio de los colonizadores extranjeros. Gandhi le encontraba demasiado gentleman para su gusto e hizo con él lo que hizo con otros miembros de las clases altas. Los mandó a las aldeas a reclutar nuevos miembros para el Partido del Congreso y de paso a conocer el verdadero rostro de su patria. La mayoría no había visto nunca la pobreza de sus propios compatriotas. Pero ésa fue la belleza del movimiento de Gandhi: puso en contacto a las clases altas con las más bajas, que empezaron a existir a ojos del resto de la sociedad. Por primera vez, la India era presa de un amplio movimiento popular que rechazaba la manera de vivir impuesta desde la lejana Londres.
Durante treinta años, Nehru recorrió la India a pie, en carros de bueyes, en tren, galvanizando a la población. Pero si Gandhi soñaba con una India de aldeas que viviesen en autarquía, una India sin discriminación de castas pero profundamente religiosa, Nehru lo hacía con una India liberada de sus mitos y de la miseria por la industria, la ciencia y la tecnología. Para Gandhi, ésas eran precisamente las desgracias de la humanidad. Para Nehru, eran su salvación.
Sus diferencias de opinión y de visión nunca pusieron en jaque la amistad y el profundo respeto que ambos hombres se profesaban. Estaban de acuerdo en lo fundamental; conseguir una India unida e independiente sin derramamiento de sangre. Nehru estaba convencido de que Gandhi era, aparte de un santo, un genio. Valoraba su extraordinaria habilidad política, su arte de hablar con gestos que llegaban al alma del pueblo. Cuando ambos se reencontraban, charlaban largo rato, intercambiaban puntos de vista, evaluaban los últimos avances en la lucha, o los últimos reveses. Discutían sobre estrategias, se enfadaban, luego se reían o simplemente meditaban. Gandhi siempre dejó claro que la antorcha de su combate pasaría un día por las manos de Nehru, y le aupó a la presidencia del Partido del Congreso en tres ocasiones.
Indira se crió en ese ambiente donde la frontera entre la vida familiar y la vida política era inexistente. A Gandhi le contaba sus confidencias de chiquilla, le decía lo mucho que extrañaba a su padre, le hablaba de su soledad, de sus complejos por ser una niña feúcha. Nehru pasó un total de nueve años encerrado, interrumpidos por cortos periodos de libertad. La vida familiar se resentía tanto de ello que una vez Indira tuvo que decirle a un visitante: «Lo siento, pero mi abuelo, mi padre y mi madre están todos en la cárcel.»
Desde la muerte de Nehru, a Indira le venían a la memoria recuerdos antiguos de su niñez, cuando se disfrazaba de Juana de Arco y emulaba a su padre diciendo: «Algún día conduciré mi pueblo hacia la libertad», mientras arengaba a una multitud imaginaria. O como cuando cometió su «primera acción política») como lo llamaría más tarde, que fue agredir a un policía inglés que irrumpió en la casa de Anand Bhawan para embargar objetos y muebles porque, por principio, su padre y su abuelo, así como los miembros del partido, se negaban a pagar fianza cada vez que eran arrestados. Quiso ingresar en el Congress a los doce años, pero como no era la edad reglamentaria, fue rechazada. Reaccionó a su manera, como lo haría más tarde en la vida, cogiendo el toro por los cuernos. Reunió en los jardines de aquella mansión a varios centenares de niños del barrio. Indira se dirigió a ellos como lo hubiera hecho su padre, conminándoles a luchar por la liberación de la patria a pesar de los peligros. Así creó el «ejército de los monos», que eran niños que hacían labores de espía, pegaban carteles, confeccionaban banderas y se infiltraban detrás de las líneas policiales para pasar mensajes a miembros del partido. Su ejército llegó a contar con varios miles de niños que prestaban un apoyo substancial a los que luchaban. ¡Qué feliz se sentía cuando su padre se mostraba orgulloso de ella…!