Sus relaciones estuvieron siempre marcadas por el sufrimiento de la distancia, que sólo las cartas conseguían mitigar: «Quiero que aprendas a escribir cartas y que vengas a verme a la cárcel. Te echo mucho de menos», le escribía Nehru cuando ella apenas tenía seis años. Para su decimotercer cumpleaños, Nehru le escribió: «¿Qué regalo puedo mandarte desde la cárcel de Naini? Mis regalos no pueden ser materiales ni sólidos. Sólo pueden estar hechos de aire, de la mente y del espíritu, como los que te concedería un hada, cosas que ni siquiera los altos muros de una prisión podrían retener.»
Indira buceó en esas cartas -fueron cientos de cartas, una correspondencia emotiva e interesante, porque ambos escribían muy bien- para preparar la exposición conmemorativa, ésa que venía a inaugurar a Londres. Quería resaltar la faceta compasiva de su padre así como su increíble valor y entereza con ayuda de fotos y objetos e ilustrarlos con leyendas extraídas de sus escritos y discursos. De todos los proyectos que había emprendido desde el Ministerio de Información que ahora dirigía, en éste se volcó con especial devoción. No sólo por la cuestión sentimental, sino porque pensaba que dar a conocer y exaltar la memoria de Nehru era importante para el mundo y para la India en particular, una nación nueva necesitada del ejemplo de líderes que forjasen su unidad.
Rajiv acompañó a Sonia a visitar la exposición sobre Nehru. Era una manera de introducir a la joven italiana en la compleja historia de su país, una manera de explicarle quiénes eran él y su familia. Sonia se detuvo largamente ante el traje de novia de la abuela de Rajiv, Kamala, y observó los utensilios rituales que se utilizan en las bodas de Cachemira. El pie de foto explicaba que la mujer también había estado en la cárcel y que murió de tuberculosis a los treinta y seis años… Sonia pensó en Indira; con un padre en la cárcel y una madre enferma… ¿Qué infancia había sido la suya?
– Triste -le dijo Rajiv-. Además mi madre también enfermó de tuberculosis. Estuvo largas temporadas encerrada en un sanatorio donde le aconsejaron que no se casase y no tuviera hijos… -Menos mal que no hizo caso… -dijo ella con una sonrisa.
– Se salvó gracias al descubrimiento de los antibióticos. Tuvo más suerte que la abuela…
Había otro sari exhibido, rojo pálido, con un festón plateado. -Ése es el sari que tejió mi abuelo en la cárcel para la boda de mi madre… Espero que algún día lo lleves tú… -le dijo con guasa.
Sonia se rió, poco convencida. No se imaginaba envuelta en esa tela, que había sido confeccionada en el interior de una celda reconstruida allí mismo para la ocasión a base de fotografías ampliadas: se veía el catre, el cuaderno en el que se podían leer frases de sus diarios de prisión, la rueca con la que Nehru había hilado ese sari en un gesto que aunaba el amor hacia la hija y el amor hacia el país… Gandhi había convertido la rueca en un símbolo de lucha por la independencia. Los ingleses habían arruinado la rica industria textil india poniendo tasas desmesuradas a los productos indios para, en cambio, vender ellos tejidos industriales fabricados en Inglaterra. La rueca era un símbolo de rebeldía, una manera de decir que no era necesario comprar productos textiles importados porque cada uno podía hilar sus propias telas. Había una carta que Sonia leyó. Estaba escrita por Nehru desde la cárcel y la dirigía a su hija, que se iba a casar: «Al principio, hilar es muy aburrido pero en cuanto te pones a ello, descubres que tiene algo de fascinante. Le dedico una media hora al día. Como no es mucho tiempo, produzco poco aunque soy bastante rápido. Desde que he empezado, hace siete semanas, he hilado casi diez mil metros. Tengo entendido que se necesitan treinta mil para un sari. Dentro de cuatro meses, ¡puede que tenga un sari para ti!»
Ese sari no era sólo un traje de novia, era también una bandera. Para Sonia, un traje de novia debía ser blanco, con velo, como los que veía todos los domingos de primavera en las novias que se casaban en la iglesia de San Juan Bautista de Orbassano. A veces olvidaba que Rajiv era indio.
Se exhibían filmaciones de las celebraciones de la independencia, que mostraban el último desfile del virrey Lord Mountbatten y de su mujer Edwina a bordo de un carruaje literalmente asediado por la multitud. «¡Llueven niños!», decía asustada Pamela, la hija de los virreyes, porque las mujeres lanzaban sus bebés al aire para evitar que la multitud los aplastase. Rajiv le contó que su madre vio cómo una mujer decidió que su bebé estaría más seguro con Lady Mountbatten y se lo pasó. Edwina lo tuvo en sus brazos largo rato. Se veía a Nehru caminando literalmente por encima de la muchedumbre, gritando para que izasen la bandera azafrán, verde y blanca de la nueva nación que incorporaba en el centro un escudo singular: una rueca. Mountbatten luchaba para apartar a niños y jóvenes medio desmayados por el barullo y ponerlos a salvo. La bandera fue recibida con un alboroto tremendo de alegría. Se escuchó un cañonazo y luego, como por arte de magia, un arco iris surgió en el cielo, dando rienda a las más variopintas interpretaciones sobre el significado de ese «acto de Dios».
Pero también había fotos y filmaciones de la tragedia que acompañó a la independencia. Rajiv le contó a Sonia que Nehru hizo su famoso discurso de la independencia con el corazón destrozado. Una grabación reproducía su voz aquella noche del 15 de agosto de 1947: «Hace muchos años, dimos una cita al destino y ha llegado la hora de cumplir con nuestra promesa… Al filo de la medianoche, cuando los hombres duerman, la India se despertará a la vida y a la libertad…» Escuchar así la voz de Nehru hizo que Sonia se estremeciese. Rajiv le explicó que su abuelo sabía que mientras anunciaba la mayor noticia en la historia de la India, la ciudad de Lahore, antigua capital del imperio mogol y la ciudad más cosmopolita del sub continente, que había pasado a pertenecer a Pakistán, ardía en una orgía de violencia. Era el principio de una tragedia de dimensiones gigantescas conocida como la Partición. La independencia de ambos países desencadenó un movimiento de limpieza étnica y religiosa sin parangón en la historia. Los hindúes, que vivían desde hacía generaciones en lo que ahora era Pakistán se vieron forzados a huir. A la inversa, los musulmanes de la India huyeron en dirección opuesta. Las filmaciones de aquellas columnas de refugiados y el relato de las atrocidades cometidas -familias quemadas vivas en sus casas, mujeres lanzadas desde trenes en marcha por ser de la religión equivocada, hijas violadas frente a sus padres… – dejaron a Sonia sobrecogida.
– ¿Y la no-violencia? -preguntó tímidamente Sonia, que veía que sus ideas preconcebidas sobre el carácter pacífico de los indios se venían abajo.
– Gandhi consiguió detener gran parte de la violencia con sus ayunos… -le respondió Rajiv- pero al final ni él mismo pudo escapar al fanatismo religioso.