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Entonces le contó que a los cuatro años su madre le llevó un día a visitar al Mahatma en casa de los Birla, una acaudalada familia que le prestaba alojamiento y apoyo cada vez que venía a Delhi. Gandhi estaba muy deprimido por las declaraciones de extremistas hindúes que le acusaban de traición por haber defendido a los musulmanes perseguidos, y por toda la tensión que soportaba el país, aunque la violencia de la partición había cesado ya. «No puedo seguir viviendo en esta locura y en esta oscuridad», le había dicho Gandhi a la fotógrafa Margaret Bourke- White esa misma mañana. Gandhi, que era como de la familia, se mostró muy cariñoso con Rajiv. Mientras los adultos charlaban e intentaban relajar el ambiente con alguna broma, el pequeño Rajiv jugaba con unas flores de jazmín que su madre le había comprado al Mahatma. En una foto se veía cómo el niño las colocaba alrededor de los dedos del pie de Gandhi.

– Me detuvo con un gesto suave de su mano -contaba Rajiv-. «No hagas eso», me dijo, «sólo se ponen flores alrededor de los pies de los muertos».

Siguió contándole que esa misma tarde, mientras se dirigía al centro del jardín para la oración, un hombre se acercó a Gandhi y juntando las manos le saludó «Namasté!», dijo, luego le miró fijamente a los ojos, sacó una pistola Beretta del bolsillo y le disparó tres tiros a bocajarro. Era un fundamentalista hindú.

La exposición mostraba imágenes del caos que siguió al atentado. Quizás la más dramática era la foto de Nehru subido en el techo de un coche y calmando a la población con un megáfono en la mano. Todos querían acercarse para dar un último saludo a la «gran alma». Un altavoz reproducía las palabras que Nehru dirigió a la nación por radio en esa noche terrible: «La luz se ha apagado sobre nuestras vidas y no hay más que tinieblas. Nuestro líder querido, el padre de la nación, nos ha dejado. He dicho que la luz se ha apagado, pero no es cierto. La luz que ha brillado sobre este país no era una luz ordinaria. Dentro de mil años, seguirá resplandeciendo. El mundo la verá porque seguirá dando consuelo a innumerables corazones.» Sonia sintió escalofríos al escuchar esa voz que parecía surgir del más allá.

– Mi abuelo estaba siempre obsesionado con mantener la India unida y laica -le explicó Rajiv-. Decía que la nación sólo podía sobrevivir sobre esos dos valores… y creo que tenía razón.

Otras fotos mostraban a Nehru con Gandhi, unas sonrientes y obviamente de acuerdo; otras serios y discrepando; a Nehru con líderes chinos, soviéticos, americanos; con científicos como Einstein, con escritores como Thomas Mann y Pearl S. Buck… Al final, Sonia se detuvo largamente ante las fotos de la familia reunida en Anand Bhawan, buscando parecidos. Rajiv era más fino que su padre Firoz; tenía la elegancia de su madre, pensó. El patriarca Motilal se parecía a su propio abuelo, el padre de Stefano, con su rostro ancho de mandíbula fuerte y cuadrada y el bigote igual de espeso. No reparó en el texto de la foto que hablaba del eterno dilema de los Nehru entre el deber político y la necesidad personal, y que, en ese conflicto, el deber siempre había triunfado. Aunque Sonia estaba visiblemente alterada por todo lo que acababa de ver, no podía medir el alcance de esas palabras ni imaginarse que algún día su significado la perseguiría.

7

La vida alegre de enamorados en Inglaterra se cobró una víctima: los estudios de Rajiv en el Trinity College. Suspendió todas las materias del curso. Nunca sería un científico. Ya había avisado a su madre de que los estudios eran demasiado arduos y de que los resultados serían catastróficos. Indira no se lo reprochó; al fin y al cabo, ella también había suspendido en Oxford, aunque sus circunstancias habían sido muy distintas: nunca había tenido una escolarización normal, y de joven estaba siempre enferma. De entre los miembros de la familia, sólo Nehru había demostrado una genuina habilidad académica. Su nieto Rajiv no era ni un gran estudioso, ni un gran lector ni un intelectual como su abuelo. Siempre le había gustado lo práctico, las cuestiones técnicas, entender cómo funciona una máquina, intentar arreglarla si se estropea. Era capaz de montar sus propios altavoces para escuchar música, o destripar una radio para arreglarla. Era un manitas, una cualidad que había heredado de su padre.

Rajiv tuvo que dejar Cambridge y replegarse en el Imperial College de Londres, cursando estudios más técnicos de ingeniería mecánica. Pero ya tenía una idea clara de lo que quería. Se había fijado en la publicidad de la escuela de aviación Wiltshire en Thruxton, una antigua base de la RAF cerca de Southampton reconvertida en escuela de pilotos. Quería aprovechar las vacaciones de verano para empezar a tomar clases de vuelo. Hacerse piloto tenía una ventaja añadida a la del puro placer de volar: era la manera más rápida de conseguir ganarse la vida, requisito indispensable para casarse con Sonia. Mucho más rápida que una carrera universitaria. Como no quiso pedirle dinero a su madre, decidió que trabajaría para pagarse las horas de vuelo y el instructor hasta aprobar los primeros exámenes.

En julio de 1966, Sonia volvió a Italia con el título de Proficiency in English de la Universidad de Cambridge bajo el brazo. El cartero volvió a ser la persona que más asiduamente visitaba la casa familiar de Via Bellini ante la exasperación del matrimonio Maino que, a pesar de haber autorizado el encuentro con Indira, seguían oponiéndose al idilio de su hija con Rajiv. Ella decía abiertamente que un día se casaría con él. Sus padres intentaban disuadirla. Stefano le propuso esperar a que tuviera la mayoría de edad antes de tomar cualquier decisión:

– Sólo es un año más -añadió su madre-. Una decisión así no se puede tomar a la ligera. Luego te podrías arrepentir toda la vida.

– Mientras estés bajo nuestra responsabilidad -prosiguió su padre-, no puedo permitir que te cases con ese chico. Estamos seguros de que es un chaval estupendo, no es eso… pero sería incumplir con mi deber de padre si te dijese: adelante, vete a la India, cásate con él. ¿No lo entiendes? Espera un poco más.

Era una propuesta razonable, pero el amor entiende poco de razones. A los veinte años, esperar es una tortura. Las huelgas de Correos, tan frecuentes en Italia, se convirtieron ese año en el mayor enemigo de Sonia. Rajiv seguía escribiendo todos los días, contándole la felicidad que sentía aprendiendo a volar sobre la campiña inglesa. Lo hacía en un biplano, un Tiger Moth, un modelo de los años treinta, un avión ágil y sensible que le proporcionaba horas de intenso placer. La meta era volar solo, y para conseguirlo debía acumular un mínimo de cuarenta horas con un instructor. Ése era el requisito indispensable para examinarse luego de piloto civil, y seguir escalando peldaños hasta conseguir ser piloto comercial.

Rajiv tenía pensado hacer un viaje a Orbassano. Quería convencer al padre de Sonia para que la dejase viajar a la India. «Quiero que vayas a la India -le escribió- y te quedes con mi madre, sin mí, para que puedas ver las cosas como realmente son, y en lo que a ti respecta, en su peor luz porque yo no estaré y no tendrás a nadie en quien confiar. Así conocerás el país y la gente… No quiero arrastrarte a nada sin que sepas todo lo que ello implica. Me sentiría responsable si, más tarde, algo sale mal y te sientes herida de alguna manera -en los sentimientos o en otra cosa. No quiero tener que pedirle cuentas a nadie salvo a mí mismo, por eso no quiero mentir ni engañarte.» La carta mostraba una cierta altura moral y Sonia se sintió conmovida, aunque pesimista en cuanto a la probabilidad de que su padre aprobase ese plan.

Para costearse el viaje a Italia, Rajiv se vio obligado a conseguir más dinero: «Siento mucho no haberte podido escribir antes, pero he conseguido trabajo de albañil en una obra -decía en otra de sus cartas-. He estado trabajando hasta diez horas al día, más hora y media de desplazamiento, de modo que al volver a casa estaba muerto. Tengo tantas agujetas que sólo puedo escribirte muy despacio.» Eran cartas llenas de cariño, de ilusión por el futuro, aunque las últimas revelaban un gran temor. Rajiv estaba preocupado por las noticias que le llegaban de la India. El primer ministro había muerto de un ataque al corazón mientras estaba de visita oficial en la Unión Soviética para firmar un tratado de paz con Pakistán, después de una corta guerra. «India vive una situación muy convulsa, muy mala… -le escribió a Sonia-. Tengo el presentimiento de que mucha gente va a querer que mi madre sea primera ministra. Espero que no acepte, la acabará matando.»