Rajiv tenía razón. La camarilla que controlaba el Partido del Congreso quería a su madre de primera ministra: «Conoce a todos los líderes mundiales, ha recorrido el mundo con su padre, se ha criado junto a los héroes de la lucha por la independencia, tiene una mente racional y moderna y no se identifica con ninguna casta, estado o religión. Pero sobre todo, nos puede hacer ganar las elecciones de 1967», escribió un jefe del partido. Había otra razón, más poderosa aún: la querían en ese cargo porque la creían débil y pensaban que era maleable. Los viejos mandamases del partido estaban convencidos de que podrían seguir en los puestos clave, disfrutando del privilegio de tomar decisiones sin la responsabilidad de tomarlas. El mejor de los mundos. En realidad, no conocían a Indira Gandhi. A sus cuarenta y ocho años, ni ella misma se conocla aun.
La víspera de su elección como jefa del gobierno, la máxima autoridad del segundo país más poblado del mundo, Indira había escrito a Rajiv una carta diciendo que no conseguía quitarse de la cabeza un poema de Robert Frost que resumía bien la encrucijada en la que se encontraba: «Qué difícil es no ser rey cuando está en ti y en la situación.» También le contaba en la carta que al amanecer de ese día visitó el mausoleo del Mahatma Gandhi para impregnarse de la memoria de quien había sido su segundo padre. Luego fue a Teen Murti House, ahora museo nacional, y se quedó largo rato en la habitación donde Nehru había muerto. Necesitaba sentir su presencia. Recordó una de sus cartas cuando ella tenía quince años: «Sé valiente, y el resto vendrá solo.» Bien, el resto había llegado. Iba a franquear el umbral de una nueva existencia, una vida para la que en el fondo siempre había estado preparándose, aunque no lo admitiese conscientemente.
Después de la muerte de su padre, había soñado con retirarse del mundo. Jugó con esa idea durante un tiempo, hasta pensó en alquilar un pisito en Londres y buscarse un trabajo allí de lo que fuese, quizás de secretaria en alguna institución cultural. Huir de sí misma, eso es lo que buscaba. Pero pronto la realidad la alcanzó, y no pudo seguir soñando con su propia libertad. Tenía que resolver problemas concretos. Se había quedado sin casa y de su padre había heredado sus objetos personales y sus derechos de autor, poca cosa. Nehru había estado comiéndose su capital, porque su salario de primer ministro no le alcanzaba para sus gastos de representación, y no era de los que metían la mano en las arcas del Estado. Es cierto que Indira heredó la antigua mansión de Anand Bhawan en Allahabad, pero entrañaba tantos gastos que mantenerla suponía una carga importante. Además tenía dos hijos estudiando en Inglaterra. ¿Cómo costear todo eso? ¿Retirándose del mundo? Se dio cuenta de que era una quimera, un capricho. Su vida había estado demasiado dominada por la política como para poder retirarse tan joven. Todos los días venía gente a verla, gente de toda clase y condición, como lo hacían cuando vivía su padre. Las mismas multitudes que se congregaban en Teen Murti House ahora venían a verla a ella. Venían a saludarla, a exponer sus quejas, a que ella les escuchase, les dijera unas frases, mostrase interés por sus agravios. Eran los pobres de siempre, los pobres de la India eterna y antigua, los mismos pobres en nombre de los que Gandhi y su padre habían luchado. Indira no iba a dejarlos tirados, hubiera sido insultar la memoria de Nehru. Al contrario, los recibió y escuchó con atención lo que le querían decir. Fueron ellos quienes de verdad consolaron su corazón herido. De ellos fue sacando fuerzas para salir adelante, para encontrar un sentido a su vida. Aquellos pobres le hicieron darse cuenta de que lo que había heredado de verdad había sido el poder de su padre.
La presencia de Nehru la sentía también al entrar en el edificio del Parlamento, en el centro ajardinado de Nueva Delhi, un gigantesco edificio circular de arenisca roja y beige con una veranda llena de columnas. En su interior, bajo una cúpula de treinta metros de altura, los representantes del pueblo la eligieron por 355 votos contra 169. Su partido votó en masa por ella. En su breve discurso, les dio las gracias. «Espero no traicionar la confianza que habéis depositado en mí.» Estaba radiante, muy consciente de que su cita con el destino había llegado. Iba a tomar posesión de esa «ancha extensión de humanidad india» según la descripción de Nehru.
La residencia que le fue asignada se encontraba en el mismo barrio de Nueva Delhi que la antigua mansión palaciega. El número 1 de Safdarjung Road era una típica villa colonial con muros pintados de blanco, rodeada de un buen jardín y con cuatro habitaciones de las que convirtió dos en despacho y una en sala de recepción. Dejó claro que todos los días entre las ocho y las nueve de la mañana la casa estaría abierta a todos, sin importar la posición ni el estatus social. Era el mismo horario que Nehru había dedicado a la misma tarea.
Indira explicó a Rajiv las razones que la habían impulsado a aceptar la candidatura. En sus meses al frente del ministerio de Información, se había visto arrastrada a enfrentarse a una crisis nacional grave que no dependía de la jurisdicción de su propio ministerio. La crisis la pilló de vacaciones en Cachemira, la bellísima región de donde los Nehru eran oriundos. Nada más llegar, se enteró de que tropas pakistaníes, disfrazadas de voluntarios civiles, se disponían a capturar la capital, Srinagar, para fomentar una revuelta pro pakistaní entre la población. Indira desobedeció la orden del primer ministro de regresar inmediatamente a Delhi. No sólo permaneció en Cachemira, sino que voló hacia el frente cuando estallaron las hostilidades. «No daremos un centímetro de nuestro territorio al agresor», proclamó en una gira por las ciudades del norte. La prensa alabó su gesto: «Indira es el único hombre en un gobierno de ancianas», rezó un titular. Los corresponsales que la seguían estaban asombrados de comprobar cómo Indira era recibida en todas partes por enormes multitudes que gritaban su entusiasmo. El ejército pakistaní fue derrotado. La India, e Indira, salieron victoriosos, dando lugar a la idea que más tarde se adueñaría de la imaginación popular: «India es Indira; Indira es la India.»
Todo eso ocurría mientras a ocho mil kilómetros de allí Rajiv aprendía a controlar su Tiger Moth en el cielo de Inglaterra. «… Si mi madre no se presenta a primera ministra, todo lo que hemos conseguido desde la independencia se perderá», le dijo a Sonia en una carta que parecía contradecir a las anteriores. Y es que Rajiv vivía a su manera el conflicto de su madre, que era el de toda la familia, oscilando entre el deber hacia la nación, hacia la herencia de su padre y abuelo, y las exigencias de la vida personal. Cuando Rajiv supo que su madre había salido elegida primera ministra, la carta que le llegó a Sonia destilaba la angustia que esta nueva situación le creaba: «Si algo le ocurre a mi madre no sabré qué hacer. No puedes imaginarte lo mucho que dependo de ella, de su ayuda en cualquier situación, especialmente contigo. Lo vas a tener mucho más difícil que yo. Para ti, todo será nuevo y ella es la única que puede de verdad ayudarte. No sé lo que haría si llegase a perderla.»
La foto de su madre estuvo en portada de la prensa mundial. En un quiosco de Thruxton, el pueblo cercano a la base aérea, Rajiv compró un ejemplar del periódico The Guardian: «Ninguna otra mujer en la historia ha asumido semejante responsabilidad y ningún país de la importancia de la India ha entregado el poder a una mujer en condiciones democráticas», decía el texto. La foto de su madre también ocupaba la portada de la revista Time: «La India agitada en manos de una mujer», rezaba el titular. Aunque ella reclamaba que no era feminista, el mundo entero tenía curiosidad por saber cómo una mujer con poca experiencia en asuntos administrativos iba a enfrentarse a la inmensidad de los problemas que la esperaban. Tan inmensos como la nación que debía gobernar, compuesta por un complejo mosaico de pueblos que compartían razas, religiones, idiomas y culturas de una enorme diversidad. Un país de mayoría hindú, pero con más de cien millones de musulmanes que lo convertían en el segundo país musulmán del planeta. Sin contar los diez millones de cristianos, siete millones de sijs, doscientos mil parsis y treinta y cinco mil judíos cuyos antepasados habían huido de Babilonia después de la destrucción del templo de Salomón. Un territorio donde convivían 4.635 comunidades distintas, cada cual arrastrando sus propias tradiciones, y lenguas tan antiguas como diversas, como el urdu de los musulmanes, que se escribía de derecha a izquierda, o el hindi, que se escribía de izquierda a derecha como el alfabeto latino, o el tamil que se leía a veces de arriba a abajo, u otros alfabetos que se descifraban como jeroglíficos. En esta babel se usaban ochocientos cuarenta y cinco dialectos y diecisiete lenguas oficiales. Pero el inglés, la lengua de los colonizadores, seguía siendo el idioma común después de que la imposición del hindi fuese rechazada por los estados del sur. Un país que arrastraba unas desigualdades hirientes, con una corrupción bien incrustada en todos los niveles de la sociedad y una burocracia paralizante. Un país conocido por sus altas conquistas espirituales y a la vez por sus nefastos indicadores de bienestar material, un país donde el hombre era más fértil que la tierra que labraba, un país constantemente azotado por calamidades naturales, y sin embargo devoto de trescientos treinta millones de divinidades. Quizás el mayor logro de esa nación forjada por Nehru y Gandhi es que seguía siendo libre a pesar del rosario de maldiciones y de abrumadores problemas heredados de los colonizadores británicos. A pesar de lo que había profetizado un general inglés en el momento de la independencia: «Nadie puede forjar una nación de un continente de tantas naciones.»