Pero ese país continente que su madre debía gobernar estaba peor de lo que había estado nunca bajo Nehru o su sucesor. Varios años de sequías habían provocado escasez de alimentos y desencadenaron hambrunas pertinaces. El estado de Kerala estaba sacudido por violentos disturbios relacionados con el reparto de comida. La economía era víctima de una inflación galopante. La región de Punjab estaba agitada porque reclamaba un estado de exclusiva habla punjabí; un líder sij amenazaba con inmolarse si su petición no era atendida. El pueblo Naga del nordeste luchaba por la secesión. Como colofón, los santones hindúes se manifestaban desnudos, con el cuerpo cubierto de ceniza, frente al Parlamento, en las propias narices de Indira, para exigir la prohibición de matar vacas en todo el territorio. Una reclamación que iba contra la Constitución aconfesional de la India, que se obligaba a respetar los derechos y la igualdad de todas las religiones. En un país tan pobre, la carne de vaca era una fuente esencial de proteínas para las minorías como los musulmanes o los cristianos. Las protestas degeneraron y hubo muertos cuando la policía disparó contra los alborotadores. «No voy a dejarme intimidar por los salvadores de vacas», declaró Indira desafiante. Decididamente, la India no se parecía a ningún otro país. En 1966 era una gigantesca olla a presión a punto de explotar, como si la independencia hubiera dado pie al estallido de millones de pequeñas rebeliones, fruto de siglos y siglos de explotación de unas minorías por otras, de unas castas por otras, de unas etnias por otras… Los gerifaltes del Congress no habían hecho a Indira ningún regalo al auparla a la cima.
Para Indira había una clara prioridad, la misma que su padre o Gandhi hubieran identificado: acabar con las hambrunas, evitar la muerte de los más pobres. Si para ello había que solicitar ayuda a los organismos internacionales y a los países más ricos, sería necesario tragarse el orgullo y poner la mano. Veinte años después de la independencia, la India, muy a su pesar, alcanzaba el poco envidiable estatus de mendigo internacional. Indira estaba avergonzada de tener que pedir, pero sabía que no existía otra opción. Sin embargo, estaba decidida a no suplicar nada: «Cuanto más débil sea nuestra posición, más fuertes debemos parecer.»
Aceptó inmediatamente la invitación del presidente Johnson a Washington y preparó meticulosamente el viaje, de cuyo resultado dependería la vida de millones de compatriotas, y quizás su futuro político. Elaboró puntillosamente sus discursos y los corrigió consultando su librito de citas, que siempre la acompañaba. Buscaba ideas sencillas y huía de los conceptos complicados. Eligió su ropa con el mismo cuidado con el que preparaba sus alocuciones: un sari, un corpiño, un chal y unos zapatos para cada recepción. Para coronarlo todo, quiso ir acompañada de sus dos hijos. Rajiv tuvo que interrumpir sus clases de vuelo y viajar a París a reunirse con su madre. Allí, después de que el general De Gaulle ofreciese un almuerzo en su honor, embarcaron en un Boeing 707 que la Casa Blanca había puesto a su disposición. Cuando le preguntaron a De Gaulle qué le había parecido Indira, el viejo estadista dijo: «Esos hombros tan frágiles sobre los que descansa el gigantesco destino de la India… no parece que encojan de tanto peso. Esa mujer tiene algo dentro, y lo conseguirá.»
En Washington, B. K. Nehru, primo de Indira y embajador en Estados Unidos, recibió una llamada telefónica a una hora temprana. Era del presidente Lyndon B. Johnson, un gigante oriundo de Texas:
– Acabo de leer en The New York Times que a Indira no le gusta que la llamen «Señora primera ministra»… ¿Cómo tengo que dirigirme a ella?
– Déjeme consultarlo, presidente. Le vuelvo a llamar en cuanto tenga instrucciones pertinentes.
Acto seguido, se precipitó a la suite de Indira.
– Que me llame como quiera… -dijo ella, y antes de que su primo se hubiera marchado, añadió-. También puedes decirle que algunos de mis ministros me llaman «Sir». Si le apetece, puede llamarme así.
El presidente Johnson sucumbió a los encantos de Indira. Desbloqueó la ayuda norteamericana, que había sido interrumpida a raíz de la rápida guerra con Pakistán, y emplazó al Banco Mundial a prestar dinero a la India. El único punto de desacuerdo durante la visita fue cuando Johnson quiso sacarla a bailar después del banquete oficial. Indira se negó, no quería ni pensar en la reacción de la prensa india ante una foto de la «socialista hija de Nehru bailando -enjoyada con el presidente gringo». Le explicó a Johnson que podría hacerla muy impopular, y él lo entendió. «No quiero que nada malo le ocurra a esta chica», dijo a su jefe de gabinete con su fuerte acento tejano que le hacía parecer permanentemente acatarrado, antes de prometer a Indira tres millones de toneladas de alimentos y nueve millones de dólares de ayuda inmediata. Aquel viaje fue el primer gran éxito de la flamante primera ministra, aunque confesó a uno de sus hombres de confianza: «Espero no encontrarme nunca más en una situación semejante.»
Sonia vivía todo esto desde la distancia, con cierta aprensión porque eran cambios espectaculares, y muy pub licitados. Los medios italianos divulgaron ampliamente la noticia del acceso de Indira Gandhi al poder, y el matrimonio Maino pudo ver en su televisor, desde el salón de Via Bellini el rostro de la madre del pretendiente de su hija con todo lujo de detalles. Pero el hecho de que fuese ahora primera ministra no parecía ablandarles. Al contrario, Stefano le vio las orejas al lobo. Para él, eso aumentaba el riesgo, hacía la empresa aún más descabellada. Todo lo que rodeaba a esa señora corría peligro, lo tenía muy claro. ¿No habían matado al propio Gandhi? Esos países eran demasiado impredecibles… Paola, sin embargo, no podía disimular una cierta satisfacción. Su hija no se había enamorado de un cualquiera. De alguna manera, Sonia les había quitado la pátina de paesani, les había «ennoblecido», aunque no por eso estaba dispuesta a que esa historia de amor prosperase. Tampoco ella quería perderla.