Decidieron fijar la fecha del 25 de febrero para la boda. Todo muy rápido, pero más valía así. Indira quería evitar que la boda de su hijo se convirtiese en un asunto nacional, como había ocurrido con la suya. A Sonia y Rajiv les contó cómo se había puesto a todo el país en contra, como si cada uno de los habitantes de la nación se hubiera sentido con derecho a opinar. Miles de cartas y de telegramas habían inundado Anand Bhawan, unos insultantes, la mayoría hostiles, algunos de felicitación. Había una explicación, y es que Firoz e Indira habían transgredido dos tradiciones profundamente enraizadas: ni se habían sometido a una unión concertada por las familias, ni se casaban «dentro de su fe». Esto último había enfurecido a los hindúes ortodoxos. Y ahora la historia se repetía. Como si los hijos heredasen de sus padres no sólo las características físicas y las habilidades sino también sus conflictos, sus contradicciones y sus situaciones vitales.
«Queridos padres -les escribió Sonia-. Soy muy feliz. Os mando esta carta para anunciaros que Rajiv y yo nos casamos. Os espero a todos aquí el 25 de febrero…» Sonia no sospechaba que al llegar su carta, la noticia del anuncio de su boda ya había sido difundida por los medios de comunicación del mundo entero. Un periodista del diario turinés La Stampa fue a visitar a la familia al número 14 de Via Bellini. «Los padres y las hermanas viven momentos de extrema tensión -escribió-. El teléfono no para de sonar, periodistas y fotógrafos hacen cola delante de la puerta. El padre, de cincuenta y tres años, es hombre de pocas palabras: “Toda la vida trabajando para asegurar el porvenir de mis hijas… de la boda mejor hablar cuando haya ocurrido, o mejor sería no tener que hablar de ello nunca" -declaró en un tono que deja intuir que está dolido. Su mujer, Paola, de cuarenta y cinco años, no consigue retener las lágrimas. "Me aterroriza la idea de que mi hija se vaya a vivir a un lugar tan lejano", declaró. Preguntados por el novio, añadieron: "Es un chico tranquilo, educado y serio”, y a la pregunta de si acudirían a la celebración, el padre respondió: "Me temo que el deseo de Sonia no podrá ser realizado. Sólo irá mi mujer, yo tengo demasiado trabajo y no puedo perder tiempo. Estaré con mi hija en el pensamiento."»
Iba a ser una boda civil, no podía ser una boda religiosa. Una boda simple, no una estrafalaria boda «a lo indio» que dura varios días. Indira era contraria a la pompa y al despliegue derrochador de las bodas indias, hechas para presumir de relaciones, de poder y de dinero. Los Nehru no necesitaban presumir. Pero sí necesitaban espacio para vivir. La villa colonial que el gobierno había asignado a Indira al ser nombrada primera ministra era demasiado pequeña, tanto que las secretarias y los asistentes trabajaban bajo cobertizos en el jardín. Al dar a la nueva pareja un cuarto y un pequeño salón en la parte del fondo, con salida independiente al jardín, estarían todavía más apretados. De modo que Indira estaba en conversaciones con su gabinete para agrandar la casa. Pronto los operarios iniciaron las obras.
El alboroto de los preparativos absorbió de golpe a todos los miembros de la familia, especialmente a Sonia. No le gustaba nada tener que trocar sus pantalones ajustados por un sari, una prenda en la que se veía ridícula. No conseguía sentirse a gusto porque vivía con el temor de que en cualquier momento los seis metros de tela en las que estaba envuelta se viniesen abajo. Se veía como esas turistas de piel muy blanca que se pavoneaban luciendo saris chillones. Claro que para ellas era un juego, un disfraz para hacerse una foto y enseñarla de vuelta a su país; para Sonia, el sari era mucho más. Marcaba el primer paso en su proceso de indianización. Tarde o temprano, tendría que acostumbrarse.
Había que ocuparse de multitud de detalles: listas de invitados, diseñar las invitaciones, pruebas de peinado, de maquillaje, etc. Sonia estaba aturdida, porque además no entendía bien el inglés de los indios, impregnado de un fuerte acento. En el fondo, estaba deseando que todo acabase lo antes posible. Su proverbial timidez le impedía sentirse a gusto siendo el foco de atención, aunque no podía hacer nada por impedirlo. Fue literalmente asediada por fotógrafos el día de su primera salida en familia, como novia oficial de Rajiv, para asistir a un desfile de modelos de Pierre Cardin en el hotel Ashok de Nueva Delhi. Un extenso reportaje dio cuenta del evento en la revista Femina. Sonia aparecía muy guapa, con el pelo lacio cayendo sobre sus hombros, cubiertos por un sari de seda estampado, sentada entre Rajiv y Sanjay mientras hablaba con Indira. Una foto que dejaba augurar una perfecta armonía familiar. A la salida, Sonia contestó a una insidiosa pregunta de un periodista: «Me vaya casar con Rajiv la persona, no con el hijo de la primera ministra.» Era inevitable que muchos la viesen como una aprovechada, una ambiciosa que había pescado un pez gordo. Yeso la sumía en un estado de profunda tristeza e indignación. Cuando otra periodista le preguntó qué pensaba sobre el hecho de quedarse a vivir en la India, tan lejos de su casa, Sonia alzó la vista hacia Rajiv y esgrimiendo una sonrisa tímida, dijo: «Con Rajiv iría al fin del mundo.»
¿Y no era la India el fin del mundo en aquellos días? Para la familia Maino, lo era, y apenas tuvieron tiempo de organizarse. Al final sólo fueron la madre de Sonia, su hermana Anushka y el tío Mario (hermano de su madre), quien oficiaría de padre entregando la mano de su joven sobrina. Llegaron la víspera de la boda cuando se celebraba, en el jardín de la casa de los amigos donde Sonia se alojaba, la ceremonia del mehendi, que equivalía a una despedida de soltera de la novia. Aunque tradicionalmente no deben asistir ni el novio ni sus padres, en esta ocasión se hizo una excepción y tanto Rajiv como su madre estaban presentes porque querían saludar a los familiares que habían llegado de Italia. Indira fue cálida y extremadamente atenta con Paola, que se sentía entre intimidada e impaciente por ver a su hija. La buscaba por todas partes con la mirada. Cuando le indicaron dónde estaba, se asustó:
– Oh, marnrna mía!
Casi se le saltan las lágrimas. No la había reconocido porque Sonia llevaba la cabeza cubierta por un velo rojo y morado, iba vestida con una falda roja hasta los pies, típica de Cachemira, y un corpiño rojo bordado. Llevaba pulseras, collares y una tiara confeccionada con pétalos de nardos y jazmín engarzados -«joyería floral» lo llamaban-, y un tilak en la frente, el punto rojo que simboliza el tercer ojo, ese que es capaz de ver más allá de las apariencias. Sus manos, sus brazos y sus pies estaban totalmente cubiertos de curiosos tatuajes hechos a base de henna, una pasta extraída de las ramas molidas de un arbusto, tatuajes que dibujaban graciosos arabescos e intrincados diseños. Cuando se hubo repuesto del susto de ver a su hija de esa guisa, su madre la abrazó: «¡Mejor que tu padre no te haya visto así!», dijo conmovida. El pobre Stefano, a ocho mil kilómetros de distancia, estaba triste. A su amigo del alma, el mecánico Danilo, le confesó en el bar de Nino, a propósito de Sonia: «¡La echarán a los tigres!» Qué razón tenía el antiguo pastor de los montes Asiago.