Poco a poco, la italiana fue saliendo del océano de tristeza en el que estaba sumida, aunque no volvió a sonreír hasta que no quedó de nuevo embarazada, unos meses más tarde. Esta vez, su ginecóloga fue tajante: nada de caminatas ni de esfuerzos. Cuanto más tiempo pasase tumbada, menos riesgo de otro aborto correría. Decidida esta vez a llevar el embarazo a buen puerto, Sonia se dispuso a pasar nueve meses en cama. Su inspiración le venía de otra italiana conocida mundialmente, Sofía Loren, que acababa de pasar por el mismo trance, con un final feliz. Era una experiencia dura, pero Sonia se lo tomó como una prueba que debía superar. Contaba con el apoyo de Rajiv, que la mimaba y cuidaba con gran devoción. Afortunadamente, no había salido a Firoz, su padre: era hogareño, afectuoso y de una fidelidad a toda prueba. Seguía tan enamorado de Sonia como el primer día. O más, porque ahora se engarzaba un sentimiento más profundo, ese que nace de la compenetración, de mirarlo todo con los ojos del otro, de una vida en común plenamente asumida y realizada.
Indira estaba de nuevo entusiasmada y se ocupó de la canastilla del niño con todo lujo de detalles. «Siempre estás jactándote de las alegrías y del "estatus superior" de ser abuela -le escribió a su amiga norteamericana Dorothy Norman desde un avión que la transportaba al sur de la India para celebrar el cuarto centenario de la sinagoga de la comunidad judía de Kerala-, por eso te revelo un secreto: también yo estoy compitiendo por ese estatus. Sonia espera un niño para finales de mayo. ¿No es emocionante? Aunque cuando una nuera es de otro continente, hay muchas complejidades también.» Se refería al temor de Sonia a dar a luz en Delhi, y a exigencias nuevas de su nuera, que surgían como una reacción a la presión del entorno. De pronto Sonia declaró que no quería ni nodriza ni criada para ocuparse del niño, y que lo haría ella misma. Decir eso era un poco una chiquillada, una manera de afirmarse dando a entender: «Soy europea y en mi esfera privada haré las cosas a mi manera.» Indira y Rajiv así lo entendieron, así que no insistieron, convencidos de que esa intransigencia se le pasaría cuando naciera el niño. Ya se ocuparía la realidad de poner las cosas en su sitio. Le iba a ser muy difícil a Sonia prescindir de ayuda teniendo en cuenta que tendría que estar disponible para acompañar a su marido o a Indira en las salidas oficiales. Pero, en general, la alegría de recibir a un nuevo miembro de la familia compensaba esas leves fricciones domésticas. Cuando Rajiv estaba trabajando, su madre o su hermano procuraban turnarse para acompañar a Sonia durante las comidas. No querían que se sintiese sola en ningún momento ni que su ánimo decayese. Rajiv ahora volaba de copiloto en los turbohélices Fokker Friendship de Indian Airlines, aviones de ala alta con capacidad para unos cuarenta pasajeros, dignos sucesores de los DC-3.
Sonia pasaba mucho tiempo con ambos hermanos, que compartían amigos e intereses comunes, aunque a Sanjay se le veía cada vez menos. Estaba obsesionado con su proyecto de construir un «Volkswagen indio». Con un amigo había abierto un taller en la periferia de la ciudad y allí, rodeado de depósitos de basura y alcantarillas a cielo abierto, perseguía su sueño de convertirse en un «Henry Ford» local entre piezas de metal y hierros oxidados. El proyecto de construir un coche popular producido para las masas llevaba más de diez años siendo discutido en las oficinas del gobierno, y finalmente se tomó la decisión de encargar su producción al sector privado. Hasta entonces, sólo se fabricaban en la India bajo licencia dos modelos, los famosos Ambassador, réplicas del Morris Oxford que servían de taxis en la posguerra londinense y que aún hoy siguen fabricándose en las instalaciones de Hindustan Motors en el estado de Bengala, y los Fiat Padmini, que se convertirían en el modelo único de los taxis de Bombay (en Europa era conocido como Fiat 1100). El coche que quería fabricar Sanjay tenía que ser totalmente autóctono, sería barato, alcanzaría la velocidad de ochenta kilómetros por hora y consumiría cinco litros a los cien kilómetros. El nombre que había elegido era Maruti, en alusión al hijo del dios del viento en la mitología hindú.
En aquel entonces, Indira no miraba más allá de su propia carrera. No imaginaba una dinastía familiar, como tampoco la había imaginado su padre. En numerosas entrevistas repetía que sus hijos no tenían interés en política y que haría lo que estuviera en su poder para apartarles de ese mundo. No mostraba deseos de traspasarles la «carga» familiar. A Indira no le gustaba nada mezclar lo político y lo personal.
Pero su hijo Sanjay, empeñado por todos los medios en sacar adelante su proyecto, iba a trastocar esa frontera que su madre tenía tanto interés en preservar. ¿Por qué no tenía el derecho a fabricar un coche genuinamente indio?, se preguntaba. No le parecía justo que por el hecho de ser hijo de la primera ministra, semejante empresa le fuese vetada. Indira estaba en un aprieto, desgarrada entre su sentimiento de madre y su deber de gobernante. Le había pedido a Sanjay que no presentase su proyecto al Ministerio de Desarrollo Industrial, pero éste había hecho oídos sordos y había solicitado formalmente la licencia, a pesar de que ni siquiera había terminado su aprendizaje en la Rolls-Royce y no era ni un hombre de negocios ni un fabricante de coches. De hecho, su historia de amor con los coches había sido una fuente constante de dolor de cabeza para su madre. Siendo adolescente, más de una vez la policía le había traído a casa después de haberle descubierto, junto con un amigo, abandonando coches que habían hurtado previamente de un aparcamiento para darse una vuelta. Esas gamberradas de niño mimado fueron adoptando formas distintas al crecer. En Inglaterra, Sanjay había provocado varios accidentes sin daños físicos, y varias veces había sido arrestado por sobrepasar el límite de velocidad al volante de su viejo Jaguar o por no llevar un permiso de conducir válido.
Al contrario que Rajiv, Sanjay era agresivo en su manera de luchar por lo que creía y ejerció una presión considerable sobre su madre para que le fuese concedida la licencia. Indira presidió la reunión del gabinete en la que el ministro de Industria concedió a Sanjay un permiso para producir cincuenta mil automóviles al año, enteramente con materiales autóctonos. Y eso a pesar de que Sanjay carecía de experiencia y no podía presentar resultados de anteriores proyectos. Estaba claro que si no hubiera sido el hijo de la primera ministra, nunca se lo hubieran concedido. Por una vez, Indira faltó a su sacrosanto principio de anteponer el deber a su deseo personal, una excepción que acabaría costándole muy caro. Un escándalo y una protesta general acompañaron el nacimiento del proyecto de coche nacional Indira fue acusada en la prensa de practicar el peor tipo de nepotismo. Un diputado de la oposición tildó la concesión de «una desgracia para la democracia y el socialismo». Otros hablaron de «corrupción sin límite». Sus propios aliados, los comunistas de Bengala, se unieron al aluvión de críticas. Indira respondió de manera poco convincente: «Mi hijo ha demostrado tener espíritu emprendedor… Si no se les anima, ¿Cómo pedir a otros jóvenes que asuman riesgos?» En el fondo, Indira creía ciegamente en su hijo y seguramente pensó que el Maruti era una oportunidad de oro para que Sanjay saliese adelante y probase su valía. Sabía que era joven, inmaduro, impetuoso, pero lo creía hábil y fuerte. Pensaba que aprendería y que podría controlarlo. También sabía que eso equivaldría a exponerle a la vida pública. A años vista, significaba que Indira, a pesar de seguir repitiendo que no quería que sus hijos entrasen en política, ya veía a su hijo menor como digno sucesor del linaje de los Nehru-Gandhi. Era quizás una manera de sentirse un poco menos sola en el ejercicio del poder.