»”Mis ministros dicen que se está tramando un golpe militar. Hasta mis hijos lo han oído."
»”Esos ministros, tú los nombraste. Líbrate de ellos. Tienes que confiar en mí."
Nunca el general la había visto tan preocupada y con el ánimo tan abatido como ese día. «Tenía muchos enemigos políticos -recordaría Manekshaw-. Constantemente tramaban complots contra ella. Pero era una chica lista. Me vino a decir: "Sam, si estás pensando en hacer algo, que sepas que lo sé todo."»
Fueron unas navidades turbulentas. Aunque de puertas adentro Indira hiciese lo posible por no dejar traslucir su inquietud, era imposible ser inmune a la tensión de la calle. Sanjay era quien más a menudo le preguntaba sobre lo que iba a hacer, pero Indira respondía con uno de sus famosos silencios y cogía al pequeño Rahul en brazos, como si en ese gesto simple buscase la respuesta a cuestiones complicadas. ¿Qué hubiera hecho su padre en esas mismas circunstancias?, se preguntaba ella. En 1951, Nehru se había encontrado en una situación parecida, aunque no tan extrema. Y había decidido consultar al pueblo. Eso mismo iba a hacer Indira. Sentía que su gobierno, dependiente únicamente del apoyo de los partidos de izquierda, no sobreviviría a los ataques de las poderosas fuerzas que se habían unido contra ella. Tenía la intuición de que el pueblo, si era consultado, la apoyaría. Pero esta vez separaría las elecciones generales de las estatales. Hasta entonces, siempre se habían realizado conjuntamente, con el resultado de que consideraciones locales de casta y etnia se mezclaban con grandes cuestiones nacionales. Ahora quería asegurarse de que estarían disociadas. Quería presentar un auténtico programa nacional ante el electorado.
El 27 de diciembre de 1970, a las ocho de la mañana, después de su reunión diaria en el jardín, Indira se tomó un té con Sonia.
– Hoy no vendré a comer -le dijo-. Voy a ir a ver al presidente de la República y le voy a solicitar que disuelva el Parlamento. Va a ser un día muy cargado. Dile a Rajiv que hablaré esta noche por la radio.
En efecto, esa misma noche se dirigió a la nación para anunciar que adelantaba las elecciones generales un año. Sonia la escuchó desde la cocina de casa: «El tiempo no nos va a esperar -decía Indira con cierto tono apocalíptico-. Los millones de personas que piden comida, alojamiento y trabajo tienen prisa por que hagamos algo. El poder en una democracia lo tiene el pueblo. Por eso nos dirigimos a él para pedirle un nuevo mandato.» Poco tiempo después del anuncio, un periodista de Newsweek preguntó a Indira cuál sería el gran tema de la campaña. Sin dudarlo, Indira respondió: «El tema soy yo.»
Durante las diez semanas siguientes, apenas apareció por casa, y si lo hacía era para cambiarse de ropa y volver a salir. A veces eso ocurría a la una de la madrugada, y al oírla, Sonia se despertaba, dispuesta a ayudarla a buscar un sari o hacerle un té. Le daba noticias del niño, e Indira le hablaba de la campaña. Estaba animada: «Me gusta estar con la gente, con el pueblo. Se me va el cansancio cuando estoy con ellos -decía mientras ambas despedían el día-. ¿Sabes, Sonia? No les veo como masa, los veo como muchos individuos juntos…» Estaba contenta porque la gran alianza que aglutinaba partidos opuestos -desde partidos de derecha a socialistas- y que eran sus adversarios, había cometido el error de escoger un eslogan que reflejaba su deseo más profundo: «Acabemos con Indira.»
– Yo he propuesto otro eslogan: «¡Acabemos con la pobreza!» ¿No crees que tiene más sentido?
Sonia asintió. Indira prosiguió, en voz baja para no despertar al niño.
– Esa frase da a nuestro partido la razón moral y una imagen de progreso frente a una alianza reaccionaria. Al fin y al cabo, los pobres son la gran mayoría del electorado…
– Te verán como su salvadora…
– Ojalá.
La campaña que realizó durante los meses de enero y febrero de 1971 fue muy intensa. El tener hábitos frugales -apenas comía y dormía muy poco- le ayudó en su esfuerzo. Más de trece millones de personas asistieron a sus mítines y otros siete millones la recibieron a ambos lados de las carreteras, según estadísticas oficiales. «En los cuarenta y tres días que tuve a mi disposición -escribió a su amiga Dorothy Norman- recorrí más de sesenta mil kilómetros y hablé en unos trescientos mítines. Era maravilloso ver la luz en los ojos de la gente.» Aún más maravilloso fue comprobar que, excepto en ciertas áreas pobladas por intocables y comunidades tribales, el tipo de pobreza que existía hacía veinte años ya no se daba. No se veían deformaciones atroces como antaño, ni niños con barrigas hinchadas por la desnutrición. «Quizás no tengan todos un techo y un trabajo, pero la gente parece sana. A los niños les brillan los ojos», le contaba a Dorothy.
Ése era su gran orgullo, refrendado por las estadísticas. En cinco años, la producción anual de trigo y de arroz se había duplicado. «Por primera vez, no tengo la impresión de que la economía dependa exclusivamente del éxito o del fracaso de los monzones», había escrito un periodista británico que viajaba regularmente a la India. Los medios de comunicación indios, la mayoría en manos de la oposición, no hablaban de esto, pero el pueblo sí se pronunció, en la mayor convocatoria electoral hasta la fecha en el mundo.
La noche de los resultados, la familia entera estaba reunida en casa. Sonia se había encargado de que hubiese dulces y flores en todos los rincones. La casa estaba iluminada por fuera, y en el interior la atmósfera era de entusiasmo contenido. A medida que la Comisión Electoral desgranaba cifras y resultados, la euforia se fue desatando. Doscientos setenta y cinco millones habían votado en esta quinta convocatoria desde la independencia. Ningún individuo había tenido que caminar más de dos kilómetros para depositar su papeleta. Casi dos millones de voluntarios habían actuado de agentes electorales. Sesenta y seis intentos de fraude habían sido contabilizados, un número insignificante en un país tan enorme. La tendencia de los resultados era clara: el partido de Indira ganaba en todas las circunscripciones. Empezaban a llegar a casa coches sin parar. Una victoria semejante venía acompañada de una ineludible corte de aduladores. Gente que no dudaba en agacharse y tocarle los pies, una manera tradicional de saludar que los Nehru siempre vieron como una muestra de servilismo cuando los que lo hacían eran de clase pudiente. Sus ministros, los mismos que hablaban a sus espaldas sobre un golpe militar, fueron los primeros en llegar y en postrarse. Sonia aprendió a reconocer a estos melifluos cobistas que cambiaban de chaqueta según la temperatura política. En esa época nació su obsesión por identificarlos y mantenerlos a raya, una obsesión que no la abandonaría nunca. También venían amigos sinceros a felicitar a Indira, que entraba y salía de su estudio atiborrado de colegas del partido sentados en el suelo con las piernas cruzadas. Otra habitación, cerca de la entrada, se vio pronto invadida de gente. Los teléfonos sonaban sin tregua. Los perros también participaban en la excitación general y se colaban entre las piernas de los visitantes a los que Sonia atendía con el pequeño Rahul en brazos. Indira procuraba disimular su regocijo, pero en verdad había conseguido para su nuevo mandato una holgada mayoría de dos tercios. Una victoria que la convertía en la primera ministra más poderosa desde la independencia. En la persona más venerada, más temida, más querida y en ciertos ambientes, la más odiada.
Pero también fue una victoria para la India. Las elecciones demostraban ser una genuina fuerza unificadora de la nación, por encima de las diferencias y la diversidad. La democracia se confirmaba como la nueva religión de este país tan antiguo y tan poblado de dioses, una religión que ayudaba a despejar el camino hacia el futuro.
No tuvo mucho tiempo Indira de saborear su triunfo. Quince días después del anuncio de su fenomenal victoria, el ejército pakistaní lanzó un ataque feroz contra los ciudadanos bengalíes de Pakistán oriental. Las imágenes en la televisión mostraban una marea humana, compuesta por millones de refugiados, en su mayoría mujeres, niños y ancianos, que cruzaban la frontera buscando refugio en la provincia india de Bengala occidental, ya de por sí muy poblada, y cuya capital era Calcuta. Ni Sonia, ni Rajiv ni Sanjay se perdían un informativo. Aquella marea de refugiados recordaba los trágicos acontecimientos de la Partición. Sabían que Indira estaba frente a una crisis de enormes proporciones. ¿Cómo un país pobre como la India podrá acoger tantos refugiados?, se preguntaban angustiados. ¿Habrá que intervenir en Pakistán oriental para detener el flujo de los que llegan? ¿Qué hará mamá?