– No puedo, Dorothy. Será demasiado bonito. No podré soportarlo.
Estaba a punto de echarse a llorar. Dorothy se quedó preocupada, pero al día siguiente notó aliviada que Indira «había recuperado su equilibrio».
En los demás países, Indira se topó con el mismo mensaje. Le pedían que tuviera paciencia, que aceptase la presencia de observadores de la ONU y que encontrase una solución pacífica. «El mayor problema con el que me encuentro -dijo a la prensa- no es la confrontación en la frontera, sino el esfuerzo constante de la gente de otros países en desviar la atención sobre lo que es la cuestión básica.» En la televisión inglesa, se mostró como una primera ministra a la altura de las circunstancias. Había perdido peso y en sus facciones aparecían rasgos de su padre, el mismo aire imperioso, de gran dignidad, y una mirada de fuego. Cuando el periodista le habló de la necesidad de la India de ser paciente, Indira estalló: «¿Paciencia? ¿Paciencia para que siga la masacre? ¿Para que continúen las violaciones? Cuando Hitler estaba agrediendo a todo el mundo… ¿os quedasteis sin hacer nada? ¿Dejasteis que matase a todos los judíos? ¿Cómo se controla un éxodo semejante? Si la comunidad internacional hubiera reconocido la situación, ya se habría solucionado el problema.» No era sólo al periodista a quien se dirigió, sino a todos los líderes mundiales que la ignoraban.
Cuando regresó a la India, se enteró de que el número de refugiados había ascendido a diez millones. Ahora estaba convencida de que la guerra era inevitable, pero no dijo nada en casa. Omitiendo las tensiones de los viajes y de lo que se avecinaba, les contó que había conseguido arañar tiempo para asistir a la ópera Fidelío en Viena donde también había visto un espectáculo que le había gustado mucho, la escuela de equitación española. En París, había cenado en casa de unos amigos donde había conocido a Joan Miró y a un político llamado François Mitterrand que le había causado muy buena impresión. Parecía que regresaba de un viaje de placer en lugar de una agotadora y frustrante gira internacional. Pero Rajiv y Sonia no se dejaban engañar. Sabían perfectamente el nivel de tensión que estaba soportando y al final Indira no pudo esconderles la verdad: habría guerra. A Sanjay no pareció afectarle la noticia, pero Rajiv y Sonia se inquietaron. El pequeño Rahul gemía en su cuna.
– Tendréis que acostumbraros a salir menos y a vivir rodeados de mayor protección, por lo menos mientras dure todo esto -dijo Indira-. El país entero reclama una acción rápida y eficaz. El tiempo se acaba.
Esa noche, vino su amigo el general Sam Manekshaw, y Sonia y Rajiv pudieron oír fragmentos de la conversación en la que el general hablaba de los preparativos del ejército, de las bases de operaciones que había montado en el interior de Bangladesh y de cómo había protegido la frontera de Pakistán occidental con unidades de defensa.
– Me temo que hay que ir a la guerra, Sam -oyeron decir a Indira.
– Si vamos, tiene que ser ya, aprovechando la luna llena del 4 de diciembre. Ese día, podemos atacar Dacca.
Indira se quedó un momento pensativa. Nunca pensó que le tocaría algún día iniciar una guerra. Pero si el mundo se abstraía del problema y la situación se hacía insostenible, no tenía más remedio que tomar el asunto en sus propias manos. Se acordó de unas palabras que le dijo un día su padre: «Sé la dueña de tu propia vida, de tu presente y de tu futuro, consúltame si lo necesitas, pero decide tú.» No podía consultarle, pero sí podía decidir. Volvió la cabeza hacia su viejo amigo y le dijo:
– Adelante, Sam
En casa, procuraba no dejar traslucir su preocupación. En realidad, todos hacían el mismo esfuerzo. Temían por Sonia, que estaba en avanzado estado de gestación. Los Nehru estaban acostumbrados a disimular sus sentimientos cuando la cosa se torcía. En eso, eran muy británicos. ¿Y si se iban a Italia una temporada? La sugerencia había venido de una amiga, pero Sonia la desestimó. No tenía intención de dejar a Indira sola en ese trance. Eso no se correspondía con su concepto de lealtad. Sonia conocía suficientemente bien a su suegra para adivinar que ahora más que nunca necesitaba el calor y la cercanía de los suyos. Además, tanto ella corno Rajiv tenían confianza en la vida, en el futuro, en Indira y en la India, y nunca se les ocurrió pensar en las consecuencias en caso de derrota. Esa eventualidad simplemente no se contemplaba.
Lo que hicieron fue rodear a Indira de afecto, sin hacer demasiadas preguntas y procurando no agobiarla más de lo que estaba. Eran muy cariñosos con ella y cuando la veían especialmente preocupada, Rajiv le daba un largo abrazo.
Indira viajó a Calcuta el 3 de diciembre de 1971, un día antes del previsto ataque. En la gran explanada en el centro de lo que fue la capital del imperio británico, se dirigió a una multitud de medio millón de personas: «India quiere la paz, pero si estalla la guerra estamos preparados para luchar, porque es tanto cuestión de nuestros ideales como de nuestra seguridad…» Justo cuando pronunciaba estas palabras, un ayudante subió al podio y le pasó una nota: «Cazas pakistaníes han bombardeado nueve bases aéreas nuestras en el noroeste, el norte y el oeste, incluyendo las de Amritsar, Agra y Srinagar en Cachemira.» Indira terminó su discurso apresuradamente, sin anunciar lo que acababa de leer. Nada más salir del mitin le dijo a su ayudante: «¡Gracias a Dios, han atacado ellos!» La tercera guerra indo-pakistaní había estallado. Y Pakistán era el agresor.
Esa noche, Indira voló de regreso a Nueva Delhi, y su avión estaba escoltado por cazas indios. Existía el peligro de que la Fuerza Aérea pakistaní localizase el avión y lo derribase. Pero Indira no parecía afectada por la aceleración de los acontecimientos. Al contrario, cogió de su bolso un libro de Thor Heyerdal sobre la expedición del Ra y estuvo leyendo durante todo el vuelo. De nada servía ya ponerse nerviosa: la suerte estaba echada. Cuando aterrizó, la capital estaba sumida en la oscuridad más completa, fruto del apagón que habían ordenado las autoridades militares. Indira se fue directamente a su oficina de South Block donde, en la sala de mapas, fue informada de los daños infligidos por la aviación pakistaní. Después se reunió con miembros de la oposición para informarles de que había dado órdenes para que el ejército indio invadiese Bangladesh. La describieron «tranquila, serena y confiada». Era más de medianoche cuando se dirigió a la nación por radio para anunciar la agresión pakistaní y advertir sobre los grandes peligros que amenazaban a esa región del mundo. Ese día no durmió en casa. Se quedó toda la noche monitorizando la escalada de la situación militar. A la mañana siguiente, en el Parlamento, anunció a los representantes del pueblo que debían prepararse para una larga lucha.
Sonia, a punto de dar a luz cuando estalló el conflicto, estaba más preocupada por el parto que por una guerra que percibía lejana, a pesar de haber tenido que pasar las últimas noches a oscuras por el apagón. Si sintió angustia, en ningún momento lo demostró. Aparte de un retén suplementario del ejército protegiendo la casa y de que ahora el general Sam Manekshaw venía a desayunar todas las mañanas para informar a la primera ministra sobre el desarrollo del conflicto, la vida discurría con normalidad. A Sonia le gustaba servir el té al general, un hombre simpático y muy cortés, conocido por su afición a las tradiciones militares británicas. Todos los días, nada más levantarse a las cinco y media, le gustaba tomarse un trago de whisky, escuchar las noticias en la BBC y cuidar un poco el jardín antes de ir a trabajar. El mismo comportamiento sereno y seguro de Indira, que inspiraba tranquilidad a todos los que la rodeaban -colegas, militares, soldados- también repercutía en casa.