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El sexto día, Sam llegó con el semblante grave. Sonia le oyó decir que varias unidades de su ejército se habían estancado en ciénagas cercanas a Dacca, la capital de Bangladesh. Estaban perdiendo unas horas cruciales. El general informó a Indira del número preciso de bajas y de aviones derribados. Parecía muy afectado. Ella hacía preguntas, siempre sosegada y positiva. «Sam, no puedes ganar todos los días», le dijo a modo de consuelo. Sonia les vio salir al porche. No había el más mínimo resquicio de ansiedad en el rostro de Indira mientras daba la mano al comandante en jefe. El general Manekshaw decía que el coraje de Indira era una inspiración para todos. Sonia pudo comprobarlo cuando escuchó, del otro lado de la verja, a la gente lanzar gritos de victoria.

Ni siquiera ese día dejó Indira de interesarse por los asuntos de la familia. Cuando regresó a casa después de una jornada agotadora en el Parlamento y en su despacho de South Block, se encerró con Usha para dirimir cuestiones que le merecían la misma importancia que las que había discutido durante el día: cómo organizar la fiesta nacional del Día de la República sin conocer el resultado de la guerra, por ejemplo, o qué regalar a Sonia el 9 de diciembre, día de su cumpleaños, y elaborar una lista de regalos para las próximas navidades.

Quizás la procesión iba por dentro e Indira no estaba tan segura de sí misma como quería aparentar porque en esa época empezó a solicitar los servicios de astrólogos y quirománticos. Aquella noche llegó su profesor de yoga, un gurú llamado Dhirendra Brahmachari, bien parecido, con barba y cabellos largos, siempre vestido con una kurta naranja y calzado con sandalias. Se encerró largo rato en una habitación con ella. A las nueve, mientras Usha, Rajiv y Sonia veían las noticias en la televisión sobre las tropas indias empantanadas, Indira entró en el salón, con el semblante un poco inquieto. Acababa de despedir al visitante. «Piensa que vamos a pasarlo mal hasta febrero», dijo algo perturbada.

El 6 de diciembre, mientras el ejército indio salía de la ciénaga y se acercaba a Dacca, Indira anunció en el Parlamento el reconocimiento oficial de la nueva nación de Bangladesh. Una sonora ovación recibió sus palabras. De todas partes recibió un apoyo incondicional. La oposición y todos los sectores de la sociedad se mostraron unidos como una piña bajo su liderazgo. El pueblo empezaba a identificarla con Durga, la diosa de la guerra que cabalga sobre un tigre y que venció a los demonios después de que éstos hubieran expulsado a los dioses del cielo.

Sonia no estaría dispuesta a olvidar aquel 9 de diciembre en el que cumplía veinticinco años con una barriga de ocho meses. Indira llamó a media mañana para decir que no asistiría a la comida familiar de celebración porque había surgido un tema grave. Muy grave tenía que ser para que Indira no estuviera presente en el cumpleaños de su nuera, pensaron los que la conocían. La noticia, que venía de Estados Unidos, hizo que el mundo se estremeciera. Nixon había decidido despachar a la Séptima Flota a la bahía de Bengala, encabezada por el portaaviones nuclear Enterprise. Toda una provocación que podía desencadenar una conflagración mundial.

Mientras unos amigos festejaban el cumpleaños de Sonia en la intimidad de su casa, Indira, excitada, hacía un discurso incendiario en la explanada de Lila Ram en Nueva Delhi, frente a una multitud de cientos de miles de personas. Unos cazas indios sobrevolaban el lugar para prevenir cualquier ataque sorpresa de la Fuerza Aérea pakistaní. Indira había desoído el consejo de sus asesores de seguridad de hablar por la radio en lugar de hacerlo en público. Era valiente; parecía que nada le daba miedo.

Por la noche, se reunió con el general Manekshaw y su consejero. Sin amedrentarse por la provocación estadounidense, Indira confirmó su decisión de seguir con la guerra. Pensaba que el gesto de Nixon era un farol porque los americanos no estarían tan locos como para abrir otro frente en Asia después del de Vietnam. Pero también era cierto que de un tipo como Nixon podía esperarse todo. Se giró hacia el general Manekshaw:

– Sam, ahora es imperativo capturar Dacca antes de la llegada de la Séptima Flota a aguas indias -le dijo-, ¿Lo crees factible?

– Sí -respondió el militar sin dudarlo-, a menos que los chinos intervengan.

El consejero de Indira tomó la palabra:

– Están molestos con la situación, pero no han lanzado ninguna amenaza directa -dijo.

– Entonces -continuó Indira- mandaré mañana mismo al ministro de Asuntos Exteriores a Moscú para activar el tratado que tenemos con los soviéticos y asegurarnos su apoyo en caso de un ataque americano o chino. Mi opinión, lo repito, es que tenemos que seguir con la guerra. ¿Estáis de acuerdo?

Ambos respondieron con un gesto afirmativo.

La visita del ministro de Asuntos Exteriores indio sirvió para que los rusos despacharan una flota a la bahía de Bengala que en pocos días seguía la estela de los barcos americanos. La situación había alcanzado un punto crítico. Desde la Casa Blanca, Nixon lanzaba furibundos ataques contra la «agresión india». Su administración anunció la supresión de la ayuda económica y militar a la India, pero seguía enviando material bélico a Pakistán, algo que fue denunciado por la propia prensa norteamericana. Indira le escribió una carta tajante: «Esta guerra se hubiera podido evitar si las naciones, especialmente Estados Unidos, hubiera usado su influencia, su poder y su autoridad para encontrar una solución política. Usted, como presidente de Estados Unidos y representante de la voluntad, las aspiraciones y el idealismo del gran pueblo norteamericano, por lo menos hágame saber dónde exactamente nos hemos equivocado para que sus representantes y su portavoz nos traten con un lenguaje tan duro.» Indira pasó el día dudando sobre si debía mandar la carta o no. Por la noche, decidió enviarla. El norteamericano tendría una razón suplementaria para aborrecerla aún más.

El 13 de diciembre, cuando su ejército se encontraba a las puertas de Dacca, el general Manekshaw mandó un ultimátum a su homólogo pakistaní en el que le daba tres días para rendirse. A las cinco de la tarde del día 16, Indira estaba siendo entrevistada por un reportero de la televisión sueca más interesado en saber qué ropa le gustaba ponerse y cómo había sido su infancia que en el desarrollo de la guerra, cuando de pronto sonó el teléfono. Era Manekshaw: «Señora, les hemos vencido. Acaban de rendirse. Dacca ha caído.» Indira cerró los ojos y apretó los puños.

– Gracias, Sam -le dijo.

Terminó su entrevista apresuradamente y se fue al Parlamento. Ante la asamblea de diputados expectantes, empezó diciendo: «Dacca es hoy la capital libre de un país libre…» Pero una intensa ovación mezclada con gritos de júbilo ahogó el resto de su discurso. «¡Hemos ganado!», vociferaban hasta los diputados de la oposición. «¡Aplastemos al enemigo para siempre!», decían otros. «¡Larga vida a Indira Gandhi!», clamaba el pueblo.

Más tarde se reunió con la cúpula del ejército. El balance para los indios era de cuarenta y dos aviones y ochenta y un tanques destruidos; los pakistaníes habían perdido ochenta y seis aviones y doscientos veintiséis tanques. La mayor disparidad residía en el número de prisioneros. Los pakistaníes habían conseguido un puñado de prisioneros en los combates en el oeste. La India se encontraba con noventa y cuatro mil prisioneros pakistaníes. Indira se dedicó a calmar los ánimos de sus generales, que no estaban de acuerdo con el alto el fuego unilateral que ella reclamaba. El alto mando se hacía eco de una gran parte de la opinión pública, que quería seguir coleccionando victorias bélicas «hasta la derrota total del enemigo». Pero Indira era pragmática: «Tenemos que detenernos una vez alcanzados nuestros objetivos, no demos ni a China ni a Estados Unidos excusas para intervenir. Hay que devolver los prisioneros y zanjar el conflicto ya.» Los militares carraspeaban, excepto Sam, que escuchaba impertérrito, su larga nariz apuntando a los interlocutores según iban hablando. Indira explicó que su posición estaba basada en una apreciación política de la situación y que hablaba con la autoridad que le daba el respaldo de un gabinete unánime. Una vez hubo terminado, los militares se levantaron, saludaron y dijeron que llevarían a cabo las instrucciones del gobierno. «Esto es algo que no hubiera podido ocurrir en muchos países, y no sólo del Tercer Mundo», recordaría Indira.