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Sonia se había convertido en la presencia indispensable en esa casa. Indira la quería como la hija que no había tenido. Ahora que había más recepciones y cenas de dignatarios extranjeros, Sonia asumió con su suegra el papel que Indira tenía cuando vivía en Teen Murti House con su padre. Era muy concienzuda a la hora de elegir los menús, en los que no se incluía nunca carne de vaca ni de cerdo. Los hindúes vegetarianos no comían huevos pero sí lácteos, y los más estrictos, los veganos, no admitían nada animal. También preparaba comida halal para los musulmanes y kosher para los judíos. Cuidar de que todo estuviera en perfecto orden no era tarea fácil, sobre todo cuando venían extranjeros. Era difícil obtener productos indispensables para un buen menú occidental, incluso en el economato de la embajada norteamericana. Sonia aprendió a planificar las comidas con mucho tiento, mezclando platos indios y europeos según la disponibilidad de los ingredientes. Lo grave es que de nuevo había escasez de alimentos básicos. Después de seis años de abundantes monzones, las lluvias habían vuelto a fallar. La nube de polvo que asfixiaba Nueva Delhi era tan densa que Sonia no se desplazaba sin su inhalador. Veía el desorden en las calles desde el interior de su Ambassador blanco con cristales negros. Por doquier había manifestaciones, vías cortadas, gente que protestaba. «¡Indira no acaba con la pobreza! -decía un hombre armado de un megáfono frente a una pequeña multitud en un cruce de Nueva Delhi, haciendo alusión al eslogan electoral de Indira-, ¡sino que está acabando con los pobres matándonos de hambre!» La victoria no había perdonado al vencedor, y la India estaba herida. La atención a los refugiados había vaciado los graneros del país. Las arcas del Estado estaban a cero. La crisis petrolera mundial había disparado el precio del crudo y la inflación estaba desbocada. Si antes Sonia tardaba veinte minutos en llegar a Connaught Place, ahora tenía que prever más del doble por las vueltas que había que dar, tal era el desorden en las calles. Era paradójico tener que recorrer la ciudad haciendo la compra para banquetes de lujo mientras los pobres pasaban hambre en las calles. Ésa era una realidad a la que Sonia no se acostumbraba. De vuelta a casa, controlaba que cada bombilla funcionase, y que los grifos de los cuartos de baño no goteasen. Se aseguraba de que los invitados altos tendrían sillas apropiadas y que los muy bajitos podrían contar con reposapiés.

Cuando estaba en casa, siempre que podía Indira seguía utilizando su pequeño estudio en la veranda adjunta a su dormitorio, a pesar de que dispusiese de un despacho grande en Akbar Road, a unos cincuenta metros de distancia. Pero dentro de casa, sentía cercana la presencia de los suyos, podía escuchar el trajín doméstico, veía pasar a Sonia con el bebé en brazos y eso le hacía la vida más dulce. Para ella, el trabajo, el ocio y los deberes familiares no eran actividades compartimentadas, sino que fluían las unas en las otras. Rendía más cuando se dedicaba a varias cosas al mismo tiempo. «Cuanto más haces, más puedes hacer» era su máxima favorita. Sus facultades funcionaban simultáneamente, y eso quizás era el secreto de que pudiera despachar mucho más trabajo que la gente normal. Sonia observó que para su suegra el trabajo y el descanso no eran periodos separados. De lo que se trataba era de hacer algo distinto, aunque fuese por poco tiempo, como leer, arreglar ramos de flores, ordenar libros o ropa, o hablar con la familia. Durante el almuerzo, Indira a veces se dedicaba a completar un crucigrama, lo que parecía extraño con la cantidad de problemas que la acechaban. «Me ayuda a relajarme y a organizar las ideas», decía. En casa seguía con la costumbre de dejar notas: «Hoy te has perdido una foto bonita -le dejó escrito a Rajiv un día-. Esta mañana en Akbar Road, dos periquitos posaron largo tiempo en la rama de un árbol. También había un par de pájaros carpinteros aleteando sin descanso.»

Sonia aprendió mucho de ella, por la relación afectuosa que ambas habían tejido y que se consolidaba con el tiempo. Los problemas de Indira, que en gran parte eran los problemas de la India, acababan siendo discutidos en casa. No se hablaba tanto del día a día de la vida política como de los grandes temas: la severa crisis económica que había empezado en 1972 y que amenazaba con convertirse en la más seria de todas, la sobrepoblación que asfixiaba el desarrollo del país, las eternas tensiones entre comunidades religiosas, la ocupación por chabolistas de terrenos públicos en todas las ciudades o los efectos de los desastres naturales, eternos compañeros de la existencia del hombre en Asia. El amor que Indira sentía por el pueblo llano se lo contagió también a Sonia, a quien conmovía el papel de su suegra como adalid de los pobres, un eco de sus sueños adolescentes con heroicos misioneros. Además, la admiraba, no tanto por sus éxitos en la vida política, sino porque era espontánea e informal, totalmente carente de soberbia. La italiana apreciaba «su capacidad de querer y de dan›. «Para nosotros, era alguien que compartía generosamente sus amplios conocimientos, su calidez y su presencia. Cuando iba de viaje, nos escribía sobre sus encuentros y sus experiencias. Cuando estaba aquí, velaba por todos y cada uno de nosotros.» Indira se tomaba muy en serio los pequeños acontecimientos del día a día de sus nietos, como el primer diente o los primeros pasos. Le maravillaba el fenómeno extraordinario, tan viejo como la humanidad y sin embargo siempre nuevo, de cómo un niño desarrolla su conocimiento del mundo exterior, con ese inacabable sentido de la aventura, esa pasión por la investigación de todo lo que le rodea… «Verás que muy rápidamente el niño pasa a través de milenios de historia humana, e inconscientemente, y en parte conscientemente también, vivirá dentro de sí la historia de su raza», le había escrito una vez su padre, y había querido mostrarle la carta a Sonia. A la italiana le conmovía que a pesar de toda la presión del mundo exterior que recibía Indira, ésta siguiese sensible al espectáculo, pequeño y grandioso a la vez, de ver crecer a sus nietos.

A pesar de que estaba muy pendiente del bienestar de su suegra, Sonia mantenía su vida privada con Rajiv. Que hubiera una cena en el comedor principal no significaba que tuvieran que asistir ellos también. A veces lo hacían, otras no. Ellos tenían su vida familiar muy organizada, tan estable como lo era su relación. «Siempre se quisieron mucho; nunca he visto una pareja igual de unida desde el día en que se conocieron», diría Christian, el amigo que les había presentado en Cambridge. «Nuestro matrimonio funcionó siempre muy bien, desde el primer momento. Sonia fue siempre muy comprensiva», confesó Rajiv, que había ascendido a piloto y ahora volaba un avión inglés, el Avro HS-748, otro digno sucesor del famoso DC-3 Dakota. Entre sus colegas de la aerolínea, se le tenía por un buen profesional, aunque a veces le tomaban el pelo por ser demasiado meticuloso con los planes de vuelo, con los problemas técnicos y con los horarios. No soportaba la chapuza, pero siempre estaba dispuesto a hacerse cargo de un vuelo si por alguna razón un colega le pedía el favor de reemplazarle. Era buen camarada, campechano e indiferente con la jerarquía.

15

Por quien estaba preocupada Indira era por su otro hijo, Sanjay. «Rajiv tiene un trabajo, pero Sanjay no lo tiene y está metido en una empresa costosa. Se parece mucho a mí cuando tenía la misma edad -con sus asperezas también-, tanto que me da pena el sufrimiento que debe soportar.» Dos años después de haber conseguido la licencia del gobierno para fabricar un coche autóctono, la empresa de Sanjay no había producido un solo vehículo que se pudiera comercializar. No le había faltado ayuda, desde la posición privilegiada que el auge de su madre le proporcionaba. Había conseguido que algunos políticos y hombres de negocios, deseando congraciarse con Indira, invirtiesen grandes sumas de dinero en su empresa. Sabían que en caso de perder la inversión podrían reclamar favores políticos. Del jefe del gobierno del estado de Haryana, un individuo regordete con gafas llamado Bansi Lal, que buscaba acercarse a la cúpula del poder como fuese, había obtenido cincuenta hectáreas de tierra agrícola a las afueras de Delhi. «Cuando cazas al ternero, es seguro que la madre le seguirá», había declarado con una lógica primaria Bansi Lal a un amigo. Cuando la prensa destapó que fue necesario «realojar» a más de un millar de campesinos para levantar la Fábrica Maruti, el Parlamento reaccionó con virulencia a lo que llamó un nuevo acto de «flagrante nepotismo». El precio conseguido era sospechoso, y la ubicación de los terrenos, próximos a un antiguo polvorín del ejército, violaba las leyes del gobierno que prohibían levantar una fábrica industrial a menos de un kilómetro de una instalación de defensa. Pero nunca se pudo probar que hubiera cohecho. Indira se mantuvo callada, como si no fuese con ella, a pesar de que su principal consejero y hombre de confianza le advirtiese sobre la ingenuidad de los planes de su hijo y su inexperiencia con proyectos industriales.