Las razones de la incapacidad de su hijo en emular al cura católico salieron a relucir en la entrevista que tuvo lugar entre Indira, Sanjay y el ministro de Economía, Subramanian, que había sido el arquitecto de la «revolución verde». El ministro pidió a Sanjay el informe del proyecto.
– No puede haber informe del proyecto antes de realizarse el proyecto -contestó Sanjay.
El ministro pasó a explicarle que aunque posiblemente pudiese diseñar un coche, debía tener un informe con la especificación de cada componente, la manera en que se producirían y el coste por pieza.
– Eso ya no es necesario -contestó Sanjay con su punto de arrogancia-. Ésas son viejas maneras de operar.
El ministro dijo a Indira que su hijo, por muy dinámico que fuese, carecía de los conocimientos necesarios para triunfar en semejante empresa. Le prometió conseguir la ayuda de profesionales para aconsejarle, pero Sanjay se opuso a ello con vehemencia. No quería que nadie le hiciese sombra ni perder el control de su negocio. Todo hacía presagiar que Indira escucharía a su ministro, pero no lo hizo. Presa entre su deber de gobernante y la fe ciega que tenía en su hijo, no sólo hizo caso omiso de los consejos de Subramanian, sino que apartó a los consejeros más críticos con Sanjay. El poder absoluto del que ahora disponía Indira exigía gente sin carácter y maleable alrededor. No admitía sombras, ni discrepancias, ni crítica, aunque fuese amistosa. El poder, que estaba envenenando al hijo y cegaba a la madre, sólo admitía sumisión.
A Rajiv nunca le había gustado el proyecto de su hermano, que veía como el sueño de un megalómano que podía dañar la reputación de su madre, y por extensión la del resto de la familia. Ambos hermanos tuvieron su primer gran desencuentro de adultos cuando Rajiv, al regresar de un viaje, se enteró de que Sanjay había convencido a Sonia para que firmase varios documentos que la hacían socia de una nueva empresa, Maruti Technical Services, con sueldo, bonificaciones y gastos de viaje incluidos. También aparecían como socios los pequeños Rahul y Priyanka.
– ¿Cómo has podido hacer eso? -le dijo enfurecido a su hermano-. No quiero acabar pringado en tus tejemanejes, ni que metas a Sonia y a los niños en líos…
– Líos ninguno…
– ¿Cómo que no? ¿Cuánto tiempo crees que va a tardar la oposición en enterarse de esto?
– No es nada ilegal.
– Sí lo es. Te has olvidado de que Sonia, por ley, no tiene derecho a poseer acciones de una empresa india por ser extranjera.
Sanjay alzó los hombros, como si aquello no tuviera la más mínima importancia. Rajiv estaba también enfadado con Sonia.
– He aceptado por hacerle un favor a tu hermano -le dijo ella-. Siempre ha sido muy cariñoso conmigo, y si me pide un favor, no iba a decirle que no.
– Pero has firmado que vas a cobrar un sueldo, ¿te das cuenta?
– He firmado a ciegas, no sabía lo del sueldo, ni he tenido nunca intención de cobrar nada, eso lo sabes tú…
– Vas a ver cómo tarde o temprano, el lío del Maruti va a acabar por salpicarnos.
Rajiv estaba furioso, como pocas veces le había visto Sonia. Bajo la denominación de empresa de consultoría, era en realidad una tapadera creada para desviar dinero de la empresa matriz Maruti Limited a manos de Sanjay y de los que habían invertido grandes sumas en la fábrica de coches que no acababan de existir. Ahora Rajiv sólo quería una cosa: alejarse completamente de todo lo que tuviera que ver con el Maruti.
Ambos hermanos se habían criado en la misma casa, pero desde la más tierna infancia habían mostrado marcadas diferencias. La maestra de escuela infantil que les dio clase describía a Rajiv como un niño cortés, dócil, un estudiante correcto. En cambio Sanjay era rebelde, destructivo, porfiado, sin interés alguno por las actividades de la escuela, soberbio con sus profesores y muy difícil de tratar. Creció como un adolescente turbulento y caprichoso, trasteando con coches y atrayendo a dudosas amistades. Ambos ingresaron en el Doon School, el colegio más elitista de la India, creado a imagen y semejanza de las grandes instituciones educativas británicas como Eton o Harrow. Pero Sanjay no aguantó la disciplina ni el ritmo de estudios. Tenía tan poco interés por la lectura que en una entrevista que le hicieron de adulto no pudo nombrar un solo libro que le hubiera influenciado o inspirado, ni siquiera los escritos por su abuelo. Sólo le gustaban las actividades del taller mecánico. Vivía obsesionado con los coches y los aviones. A pesar de ser quien era, fue expulsado del colegio. Fue entonces cuando Indira, desesperada, lo mandó a hacer un curso de aprendizaje a la Rolls-Royce en Inglaterra. «Lo que más le gustaba era hablar de política india y burlarse de la política inglesa», diría su supervisor antes de añadir: «Una vez, cuando le llamé la atención por un error que había cometido, me dijo: "Mira, los británicos han jodido a la India durante siglos, y ahora yo he venido a joder a Inglaterra."»
Criado entre primeros ministros que la gente adulaba como a dioses, Sanjay acabó pensando que la India era su dominio personal. Nunca conoció privaciones, al contrario que su madre y su abuelo. Nehru, después de una vida de lucha, daba rienda suelta a sus ganas de mimar a sus nietos, como si haciéndolo compensase los sufrimientos que había padecido. A veces les hacía regalos excéntricos, como un cocodrilo que se convirtió en la mascota preferida de Sanjay hasta que Indira terminó por mandarlo al zoo cuando casi le mordió los dedos. Tampoco Sanjay heredó de ellos su inmenso amor hacia la gente de la India ni su genuina compasión por los pobres. Nunca le tocó ver los rostros esqueléticos de ancianas llorando a sus muertos, nunca le tocó mirar a los ojos de los campesinos que contemplaban sus campos resquebrajados por la sequía, nunca sintió el silencioso clamor de un pueblo que desde hacía siglos pedía protección. A Sanjay parecía molestarle el atraso de su país y no entendía su complejidad. Era un rebelde contra la tradición, impaciente con las leyes y los reglamentos. Pasaba de ser cariñoso y atento a franco y brutal en un santiamén, pero esa brusquedad era chocante en un país donde las relaciones entre la gente están impregnadas de una antigua cortesía, como una pátina, producto de miles de años de ininterrumpida civilización. Para él, la vida era un juego en el que había que ganar y los problemas de la vida eran obstáculos que había que franquear para conseguir llegar a la meta. Y tenía prisa. Prisa por cambiar las cosas, por llegar antes, por acumular un poder que no le correspondía. Tenía tanta prisa que no le importaban los medios para llegar al fin.
Su hermano había crecido en una dirección opuesta. Desde pequeño había sido siempre más sensible al sufrimiento de los demás. Había heredado la sensibilidad de su madre hacia los más desfavorecidos y su amor a la India, y eso se manifestaba en las fotos que hacía. De joven, visitaba a los amigos de sus padres que estaban enfermos, de forma espontánea, sin que nadie le empujase a ello. Un día, cuando tenía diecisiete años, Indira se lo encontró cuando fue a dar el pésame a la familia de un amigo y veterano líder del Congress que acababa de morir. Así se enteró de que su hijo le había estado visitando los últimos días. Rajiv era el tipo de persona que no dudaba en detenerse y ofrecer su ayuda si veía un accidente en la carretera; y si fuese necesario, llevaba a la víctima al hospital y luego se preocupaba por su evolución. En el jardín de casa, vigilaba un nido de petirrojos y si se encontraba con una cría herida, la llevaba al hospital de pájaros de Chandni Chowk, arriesgándose a llegar tarde a su trabajo. Rajiv era feliz con lo que tenía, con Sonia, sus hijos, sus perros y el lujo de poder dedicarse a sus aficiones. No pedía más a la vida, y precisamente en eso consistía su sabiduría. Pero su madre no parecía apreciarla; más que sabiduría, ella veía en ello falta de ambición, lo que no suscitaba su admiración.