Sin embargo, Indira pensaba que una existencia privilegiada no significaba que no hubieran sufrido en su niñez. Habían vivido en una casa siempre llena de adultos, cuyo ambiente estaba impregnado de la gravedad de las discusiones y de la solemnidad de lo que se dirimía en los despachos, los salones y los estudios de Teen Murti House. Que no se hubieran aficionado a la lectura quizás era una reacción contra ese mundo oficial y protocolario en el que les tocó ser niños, pensaba ella, siempre buscándoles una disculpa. Cuando se lo pasaban bien de verdad era cuando iban a visitar a su padre, los fines de semana y en vacaciones. Firoz era extrovertido, charlatán' afectuoso y les daba su atención total. Sabía jugar con sus hijos y entretenerlos. Les enseñaba a montar y desmontar juguetes, a plantar y a cuidar rosas, porque era muy aficionado a su cultivo. Lejos de la adusta formalidad del palacete del primer ministro donde vivían, Rajiv y Sanjay encontraban en su padre a una persona con una capacidad de diversión desbordante. Además supo instigarles el sentimiento de que eran muy importantes para él, lo que les causó un profundo impacto. Como en todos los matrimonios separados, al final son los hijos quienes soportan las tensiones de los padres, aunque no las entiendan. ¿Pero acaso podía Indira explicárselas? ¿Podía contarles que no vivía con Firoz porque éste le había sido reiteradamente infiel? ¿Porque no se entendían y estaba harta de pelearse? Su propia dignidad se lo impedía. Los hijos veían que el abuelo Nehru no albergaba simpatía alguna por su yerno, y ellos lo acusaban. Quizás, inconscientemente, culpasen a su madre de que Firoz fuese apartado y no formase parte del hogar del primer ministro. Después de la cremación, Sanjay, devastado, echó en cara a su madre haber descuidado a su padre. La acusó directamente del infarto que le había matado.
Indira encajó el golpe. Debía de sentirse culpable de que su matrimonio no hubiera funcionado. Y por lo tanto culpable de que sus hijos hubieran sufrido por ello. Su debilidad con Sanjay quizás escondía su voluntad de enmendar esa culpa. A Sonia le chocaba que ella, la mujer más fuerte de la India, fuese de una debilidad tan asombrosa con su hijo pequeño. Sus numerosos enemigos no tardarían en darse cuenta de que Sanjay era su talón de Aquiles.
Indira, que tenía una confianza total con Sonia, charlaba a menudo con ella. Era quizás la única de la casa con quien compartía confidencias. Un día le confesó que su matrimonio había conocido muchos altibajos, pero que no hubiera podido casarse con ningún hombre salvo Firoz. Fue el único al que de verdad amó. Le hablaba de él a menudo, y con cariño porque decía que Rajiv le recordaba a su marido. Ambos tenían los pies en la tierra, eran sensibles a la belleza de la naturaleza y a la música, hábiles con sus manos y prácticos en su manera de encarar los problemas. Nunca pensó que Firoz moriría tan pronto, tan joven. Es cierto, reconocía que lo había desatendido en los últimos tiempos, pero lo había hecho pensando que ambos tenían la vida por delante y que recuperarían el tiempo perdido. Se habían reconciliado en 1958, después de un primer infarto. Para que se recuperase, Indira organizó unas vacaciones en familia en una casa-barco sobre el lago de la ciudad de Srinagar, la Venecia de Oriente, como se conoce a la capital de Cachemira. Firoz y los chicos se lo pasaron en grande, nadando, montando en barca y haciendo fotos. Indira aprovechó para empezar a aprender castellano, un idioma que siempre le atrajo.
El espectáculo de la naturaleza de Cachemira, la tierra de sus antepasados, la llenaba siempre de emoción. Las puestas de sol sobre las aguas centelleantes del lago Dal eran sublimes. Había magia en el aire. Parecía que los martines pescadores estuvieran amaestrados. Uno de ellos entró en la casa-barco y se posó sobre el hombro de Rajiv. Luego hicieron una excursión de varios días a Daksun, un lugar paradisíaco donde pescaron truchas silvestres en caudalosos ríos que bajaban entre prados cubiertos de flores y bosques de pinos y abetos enmarcados por cumbres de nieves eternas. Firoz le contó que acababa de comprar un terreno en Mehrauli, cerca de Delhi, y hablaron de construirse una casa algún día. Sería su propia casa, para no tener que vivir más en las del gobierno (Firoz, como diputado del estado de Uttar Pradesh, también vivía en una vivienda oficial). Fue un hermoso reencuentro para Indira, después de un matrimonio tan tormentoso, con tantas peleas, traiciones y humillaciones, aún más dolorosas porque la mayoría habían acabado expuestas a la luz pública. Ahora la sombra de los picos del Himalaya actuaban de bálsamo que curaba las heridas del pasado. Durante ese tiempo en el que pudieron disfrutar de la paz de las montañas, volvieron a hablar de un futuro juntos. Fue entonces, en ese intervalo de felicidad, tan fugaz como intenso, cuando Indira decidió, una vez que su padre hubiera muerto, consagrarse totalmente a Firoz. Pero el 8 de septiembre de 1960 vino el infarto a romperle el ensueño.
16
Sanjay ya no tenía la reputación de mujeriego que se había granjeado en Inglaterra. Obsesionado con el Maruti, llevaba una vida de puro trabajo. Salía de casa antes del amanecer y regresaba a las siete u ocho de la noche para ver cenar a sus sobrinos o para compartir un tentempié con Sonia. Rara vez con su hermano o con su madre, porque estaban tan absorbidos por el trabajo que en aquella época se dejaban ver poco en casa.
Desde su regreso de Inglaterra, Sanjay había tenido dos relaciones, una con una mujer musulmana, que duró poco, y otra, más seria y más larga, con una alemana, Sabine von Stieglitz, la hermana de Christian, el amigo que había presentado Sonia a Rajiv, y que trabajaba en Nueva Delhi como profesora de idiomas. Sabine, alta, rubia, guapa y cosmopolita, era culturalmente más inglesa que alemana porque casi toda su vida había vivido en Inglaterra. Era muy amiga de Sonia. Pasaban muchas tardes juntas, ocupándose de los niños, jugando con ellos o leyéndoles cuentos. Uno de ellos, «Los animales de mi ciudad», era especialmente gracioso porque describía al elefante, al mono, la boa, el cuervo, el buitre, la corneja… como los animales familiares. Y era cierto, estaban en todas partes. El graznido de las cornejas era la banda sonora de la vida en la India.
Sonia era muy madraza, y muy meticulosa con la educación de los pequeños. No toleraba caprichos con la comida, y sabía ponerles límites en su comportamiento, sin llegar a ser severa como lo había sido Stefano con ella y sus hermanas. Les hablaba en italiano cuando estaban a solas, y en inglés si estaban todos juntos o en presencia de Sabine. En realidad, Sonia era meticulosa en todo, de ahí que quisiese hacer un curso de restauración de pinturas antiguas. Esa afición cuadraba con su personalidad discreta, hacendosa, detallista y concienzuda. Pensaba dedicarse a ello en cuanto los niños creciesen un poco y la necesitasen menos.
Sonia albergaba la esperanza de que la relación entre Sanjay y Sabine se estabilizaría algún día y acabaran casándose. Pero Sabine se cansaba de esperar.
– Sanjay está más enamorado del Maruti que de mí -le confesó un día a Sonia-. Ya no me creo que acabe comprometiéndose conmigo. Sólo piensa en su proyecto de negocio, no cabe nada más en su vida.
– ¿Qué vas a hacer?
– Me vuelvo a Europa.
– ¡Qué pena!. Hubiera sido formidable tenerte de cuñada.
– También a mí me hubiera gustado -le dijo a Sonia, mientras Priyanka y Rahul se peleaban por una galleta.
Sonia la acompañó al aeropuerto a despedirla. Lo que no sabía es que la volvería a ver dos días más tarde.
– ¿Pero qué ha pasado? ¿No estabas en Londres?
Sabine le contó que en la escala de Teherán, el piloto del avión de Indian Airlines la mandó llamar por megafonía. Sabine, sorprendida, acudió a la cabina del Boeing.