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– Alguien quiere hablar con usted por la radio -le dijeron. Era Sanjay. Allí, frente a una tripulación que no salía de su asombro, vivieron su penúltima escena de amor. Sanjay le rogó que regresase a Nueva Delhi: «Démonos una última oportunidad», le suplicó. Sabine no pudo resistirse al hombre que amaba y por eso había vuelto. Le daba un poco de vergüenza haber cedido. Sonia estaba encantada, y volvió a soñar con que su amiga podía convertirse en su cuñada.

Pero unas semanas después rompían de nuevo, y esta vez para siempre. El sueño de Sonia de tener a su amiga cerca se esfumó, pero sólo durante una temporada. Sabine no se instaló en Inglaterra. Se había acostumbrado a vivir en la India. En Europa, echaba de menos el calor de la gente, la cortesía asiática, el ritmo de vida. «A mí me pasa lo mismo», le confesó Sonia. Además, Sabine tenía un trabajo que le permitía vivir mejor que si se hubiera marchado a Londres. De modo que, para gran alegría de Sonia, volvieron a pasar tardes juntas, y fines de semana en los alrededores, como aquel que terminó en una pequeña tragedia cuando se acercaron a un nido de avispas y acabaron cubiertas de picotazos.

Sabine acabó conociendo a uno de los profesores del Instituto Goethe de Nueva Delhi y se casó con él. Vivieron seis años en la capital india. No tuvieron hijos hasta más tarde, cuando se hubieron mudado a México, pero tenían perros que juntaban con los de Sonia cuando se iban al campo, para delicia de los niños. Sabine guardó de Sanjay el recuerdo de un chico serio, con empuje, pero demasiado egocéntrico.

Para Indira, fue mejor así, porque el hecho de que sus dos hijos se casaran con dos europeas no hubiera sido políticamente lo más correcto. Habría sido como confirmar públicamente que los Nehru se hacían del todo occidentales y se alejaban para siempre de sus raíces indias, y para entonces Sanjay ya se había metido en política, no tanto por vocación como para defenderse de las críticas que le llovían por doquier a consecuencia de su nefasta gestión del asunto Maruti.

Fue en un cóctel para celebrar la próxima boda de un antiguo amigo del colegio donde Sanjay conocería a su futura esposa. Era el 14 de diciembre de 1973, y la fecha coincidía con su cumpleaños. Ese día Sanjay estaba muy animado, y no era por el alcohol porque no bebía nunca. Pero era consciente de ser el soltero más codiciado de la India. Guapo aunque a sus veintisiete años ya tenía una calvicie avanzada, procuraba tener cuidado de no liarse con mujeres que sospechaba podían estar interesadas únicamente en convertirse en miembros de la primera familia de la India. El amigo que se iba a casar le presentó a una prima suya llamada Maneka Anand, una chica larguirucha, con facciones regulares y bien proporcionadas, pecosa, suficientemente atractiva como para haber ganado un concurso de belleza y que trabajaba esporádicamente de modelo para una marca de toallas. Era guapetona y fotogénica, con un carácter vivaracho y enérgico. A Sanjay le atrajo inmediatamente y pasó la velada hablando con ella. Maneka le contó que había abandonado sus estudios de Ciencias Políticas en el Sri Ram College de Nueva Delhi y que quería convertirse en periodista. Era hija de un coronel del ejército, un sij, y de su esposa llamada Amteshwar, hija de un terrateniente y ganadero de Punjab.

A partir de ese día, Sanjay dedicó todo su tiempo libre a Maneka. Se veían a diario. Como a él dejó de gustarle salir a restaurantes o al cine, prefería verla por las tardes en casa de una de las dos familias. A Sonia esta nueva novia no le causó una gran impresión. Comparada con Sabine, era una chiquilla inmadura que duraría con Sanjay lo que éste tardase en darse cuenta de lo ambiciosa que debía de ser. Porque ahora Sonia se había contagiado de la desconfianza que viene con el poder o la cercanía al poder. Como su suegra, pensaba que todo el que se acercaba a la familia lo hacía por interés. La mayoría de las veces no le faltaba razón. Pensó que Maneka, una más de las que cortejaban al soltero de oro de la India, sería flor de un día.

Pero a principios de 1974, Sanjay la invitó a comer a casa, signo de que el chico estaba tomándose su relación más en serio de lo habitual. La chica estaba muy nerviosa porque tenía que pasar por el trance de conocer a la primera ministra. Sonia la entendía perfectamente, ella que había tenido un ataque de nervios el día que Rajiv debía presentársela. La diferencia era que entonces ella y su novio llevaban un año juntos, y no un mes, como Sanjay y Maneka. Pero conocía a su cuñado, sabía lo impulsivo y lo impaciente que era. También, en la época de Inglaterra, Indira era otra mujer, más pausada, sin el agobio ni la tensión del poder. Maneka, visiblemente intimidada, miraba todo como un pajarito asustado: los muebles, los cuadros, las fotos. Cuando de pronto se encontró frente a Indira, no supo qué decir. Se puso roja y empezó a balbucear. Indira rompió el hielo:

– Como Sanjay no nos ha presentado, dime cómo te llamas y a qué te dedicas -le dijo.

Maneka siguió balbuceando como pudo, omitiendo que hacía de modelo para una marca de toallas, lo que no le pareció digno de mención.

Indira charló un rato con ella y, como estaba acostumbrada a ver desfilar a chicas que Sanjay seducía, no pensó nada en especial, excepto que era un poco joven. Aunque le hubiera gustado encontrar una nuera entre las buenas familias de Cachemira, no se metía en los asuntos sentimentales de su hijo, como tampoco lo había hecho con Rajiv. Hacía tiempo que había abandonado la idea de organizarle un «matrimonio concertado» a lo indio. Eso lo dejaría para otra vida en la que tuviera más tiempo y más sosiego…

Pasaron los meses y parecía que Maneka estaba allí para quedarse. No era una más en la vida de Sanjay. Éste se había enamorado y, fiel a su carácter impulsivo, quería casarse ya. Indira no tuvo reparo, al principio, en admitirla. Que fuese de una familia sij no suponía un problema para los Nehru, que habían pregonado siempre la igualdad entre las comunidades religiosas del país. Presionada por las prisas de su hijo, no tuvo tiempo de informarse sobre la familia de su futura nuera y fijaron la fecha del 29 de julio para la pedida. Ambas familias se reunieron en el número 1 de Safdarjung Road donde después de una breve ceremonia, se sentaron todos a celebrarlo comiendo. Indira se dio cuenta en seguida de que no eran gente educada, ni cosmopolita, ni culta y en la madre fue capaz de adivinar la satisfacción profunda de haber colocado a su hija en la familia más codiciada del país. Hubiera podido decir algo parecido de la familia de Sonia, pero la diferencia es que aquéllos eran sencillos, no presumían de nada y carecían de ambición. Éstos eran ruidosos y ostentosos, con un gusto hortera en la manera de vestir y de exhibir sus joyas. De todas maneras, Indira estuvo a la altura de las circunstancias. Nobleza obliga. El anillo de pedida que luda su nuera se lo había regalado ella. Y era un regalo muy especial. Había pertenecido a Kamala, su madre, y había sido diseñado por su abuelo Motilal. Confiaba secretamente que algún día esa chiquilla llegaría a entender el profundo significado de tan preciado presente. También le ofreció un conjunto oro y turquesa, así como un sari de una seda muy fina y bordada al estilo Tanchoi, mezcla de estilos indio y chino. Un mes después, le regaló un sari de seda italiana por su cumpleaños.

Los temores sobre la familia de Maneka se vieron confirmados por la información que empezó a fluir después de la pedida. Indira se enteró de que Arnteshwar, su futura consuegra, había estado diez años litigando con su hermano por la herencia del padre, que era una mujer con una educación muy elemental y, según los que la conocían, intrigante y codiciosa. Le llegaban rumores de que los demás miembros de la familia eran rudos y descarados. Otras fuentes les tildaban de arribistas. Se había colado en la vida de Sanjay justo el tipo de persona que siempre habían intentado evitar. Aunque rara vez los padres están contentos con la elección de las parejas de sus hijos, ahora Indira iba a beber la misma copa que dio a beber a su padre cuando le informó de su decisión de casarse con Firoz. Como en aquel caso, también ahora se trataba de familias que venían de mundos opuestos, que no compartían los mismos valores. ¿Pero serviría de algo enfrentarse con su hijo, como Nehru se había enfrentado con ella? Pocas veces en la vida lo había pasado tan mal como entonces, de modo que no estuvo dispuesta a hacer lo mismo. No podía abrir un frente más. La cantidad de problemas con los que tenía que lidiar la habían deprimido. No veía cómo sacar a la India de la pobreza, yeso la desesperaba. Su fiel secretaria Usha recordaría que, al regresar de un funeral a finales de julio por el eterno descanso de un viejo amigo de la familia, Indira le confesó que estaba cansada de vivir. Le dio instrucciones sobre la manera de disponer de su cuerpo cuando hubiera muerto.