– No quiero un funeral, Usha. Apunta… Quiero que pongan mi cuerpo en un ataúd y que lo dejen caer desde un avión sobre las nieves eternas del Himalaya. Quizás así consiga disfrutar de una paz que no he disfrutado en vida.
– Madam, lo importante es tener paz en esta vida, ¿no cree? En la otra está garantizada…
– Sí, lo sé, pero no está en mis manos y no creo que ya sea posible.
– Tiene que serlo, señora. Además, déjeme decirle que nadie estará de acuerdo en disponer de su cuerpo de esa manera. Si fuesen cenizas todavía… pero ¿cómo quiere que tiren un ataúd desde un avión y que se estrelle contra el suelo?
– Pues no quiero ni ser enterrada ni que me quemen -zanjó Indira.
En ese estado de ánimo, la perspectiva de casar a su hijo con una chica de diecisiete años de una familia que consideraba «ordinaria» no era algo que le levantase la moral Lo único que pudo hacer fue retrasar la boda. Cuando se enteró de que en la fecha fijada Maneka no habría cumplido la mayoría de edad, le dijo a su hijo:
– Tendrás que esperar a que cumpla los dieciocho. No puedo permitir que incumplas la ley.
El problema de los casamientos infantiles seguía siendo un tema espinoso en la India que había sido denunciado por Gandhi, Nehru y por todos los que querían modernizar el país. Miles de niñas acababan siendo «negociadas» por sus padres, casadas y convertidas en criadas de la familia del marido, sin poder alguno para decidir sobre el número de hijos que tendrían. El caso de Maneka distaba mucho de esto, pero Indira no estaba dispuesta a que Sanjay no predicase con el ejemplo. Además, ganando tiempo, quizás su hijo acabaría recapacitando.
Pero no ocurrió. Ese verano, Sanjay tuvo que someterse a una pequeña operación de hernia. Después de sus clases matutinas, Maneka pasaba la tarde y parte de la noche en la sala privada del All India Institute of Medical Sciences, el hospital más puntero de Nueva Delhi. Unas semanas después de su convalecencia, el 23 de septiembre de 1974, se casaron en una ceremonia civil en casa de un viejo amigo de la familia, Moharnmed Yunus. La boda fue una demostración de la India aconfesional que siempre habían defendido los Nehru: el hijo de un parsi y una hindú se casaba con una chica sij en casa de un amigo musulmán frente a una nuera católica. Indira fue generosa con Maneka: le regaló veintiún saris de las telas más finas, algunas joyas de oro y, lo más valioso, uno de los saris de algodón que Nehru había hilado en la cárcel con su rueca. Cumplió al pie de la letra con su deber de suegra. Para recibir a su nuera, asignó a la nueva pareja un dormitorio que daba al salón principal, cerca de la puerta de entrada, en la parte de la casa opuesta al cuarto de Rajiv y Sonia. Lo decoró y lo arregló con mimo, colocó objetos y frascos sobre la mesa del tocador y eligió unas pulseras que, por tradición, Maneka debía ponerse en su noche de bodas y que dejó en la mesilla.
Justo después de la celebración, Maneka ingresaba en el hogar de los Gandhi – Nehru igual que Sonia lo había hecho con Rajiv seis años antes. «La boda ha transcurrido tranquilamente -escribió Indira a Dorothy Norman esa misma noche-, Maneka es tan joven que tenía mis dudas sobre el asunto y no acertaba a adivinar si sabía lo que estaba haciendo. Pero parece que ha encajado, y es jovial y alegre.»
Pero Maneka no era Sonia y, aunque venía de una familia que vivía a un kilómetro de distancia, su adaptación resultó mucho más ardua que la de su cuñada que venía de la otra punta del mundo. A pesar del deseo de Indira, a la chica le costaba encajar en esa casa. Para empezar, fumaba, un hábito que era muy mal visto. Sanjay odiaba el tabaco; Indira, que había sido tuberculosa, lo detestaba; y Sonia, asmática, era alérgica al humo. Mal comienzo. Además, era locuaz y hablaba en un tono de voz alto. «En mi propia casa éramos informales y a veces deslenguados -diría Maneka-. Los Gandhi mantienen el decoro entre ellos en toda circunstancia.» Sanjay y ella tenían temperamentos diametralmente opuestos y sumaban muchos ingredientes para un fracaso matrimonial. Es cierto que no siempre debía ser fácil comunicarse con Indira, una presencia imponente. A veces durante las comidas Maneka se ponía a hablar de libros que había leído o que estaba leyendo como si quisiera impresionarla con su capacidad intelectual. Indira levantaba la vista, le lanzaba una mirada de reojo y seguía comiendo. «Era fogosa e inteligente -diría Usha, la fiel secretaria de Indira- pero al mismo tiempo era ambiciosa y muy inmadura.» Varias veces mencionaba que Sanjay sería un día primer ministro, lo que provocaba vergüenza ajena en los demás. Otras veces hablaba de la felicidad con cara mustia: «Sabía que no se refería a una búsqueda filosófica -recordaría Usha- sino a su propia infelicidad causada por la ausencia de Sanjay.» Lo que le gustaba de verdad era salir y ser vista, precisamente lo que su marido no podía ahora permitirse, ocupado como estaba en dejar su huella en la sociedad india.
Consecuentemente, Maneka se aburría mucho en una casa donde nadie fumaba, ni bebía ni decía palabrotas. Pasaba las horas muertas en la oficina de Usha preguntando por el programa de su marido, que estaba siempre muy cargado, e intentando descubrir las claves de ese mundo nuevo en el que estaba metida. El mundo tradicional, a ese no quería ni acercarse. Cuando Sonia le propuso enseñarla a cocinar, aunque sólo fuese para que se distrajera, porque nadie mejor que ella sabía por lo que estaba pasando su cuñada, Maneka le contestó que no le interesaban ni la cocina ni las cosas de casa.
Todos se dieron cuenta rápidamente de que Maneka era una nota discordante. A Rajiv le ponía nervioso encontrársela tumbada en un sofá del salón fumando mientras Sonia estaba atareada con la casa.
– ¡No pega ni golpe! -decía en voz baja a Sonia-. ¿Quién se cree?
Sonia alzaba los hombros, como diciendo: es lo que hay. Tampoco les gustaba su manera de tratar al servicio, a gritos y sin respeto, muy típico de la clase pudiente india. A Indira también le disgustaba su comportamiento vulgar y chillón. El problema es que el único lugar donde encontraba protección contra la dureza de la vida política era su casa, que ahora se veía perturbada. El número 1 de Safdarjung Road dejó de ser un remanso de paz.
17
El humor de Indira reflejaba el de la India, que no levantaba cabeza después de la guerra de Bangladesh. El paro subía y con ello el descontento popular. La cadencia de huelgas y manifestaciones era infernal, y muchas acababan en violentos choques con la policía. Para Sonia, la tarea de hacer la compra podía convertirse en un auténtico vía crucis: calles cortadas, desvíos arbitrarios, reyertas a pedradas, tiendas cerradas por falta de avituallamiento debido a una huelga de transportes, etc. No había un día normal, era como si el país hubiera perdido el norte y abrazase la anarquía. En toda la geografía nacional no se hablaba de otra cosa que no fuese corrupción, disturbios, encierros, sentadas y huelgas. A Sonia le impresiono mucho el escándalo del azúcar como se dio a conocer, que causo la muerte de mucha gente, especialmente niños. Unos comerciantes sin escrúpulos habían puesto a la venta una mezcla de azúcar con cristal molido, que resulto letal y que sacaba a relucir la falta de control y la desidia completa de la administración. Sonia que siempre tenía presente a sus hijos, se preguntaba horrorizada: ¿y si ese azúcar habría acabado en la guardería de Rahul?