Ante el espectáculo desolador que ofrecía el país, un héroe del movimiento de liberación y antigua amigo de la familia Nehru, un hombre frágil de setenta y dos años llamado J.P. Narayan, fue capaz de unificar distintos grupos opuestos a Indira. Su programa abogaba por una federación de aldeas y pretendía lanzar una revolución total, una democracia sin partidos. Era una locura, la idea vaga de un idealista mesiánico, pero sirvió para galvanizar a las multitudes contra el partido de Indira, acusado de corrupción. En realidad, la semilla de la caída de Indira estaba ya plantada y yacía en el inmenso poder que había conseguido acumular y que actuaba como un veneno que lo inundaba todo, hasta su propia casa a través de Sanjay. Como no existía un sistema legal de financiación de partidos, el congreso dependía de sustanciosas donaciones privadas. Demasiados miembros de su partido, conscientes del poder que les otorgaba el hecho de contar con una abrumadora mayoría en el Parlamento nacional y en la mayoría de parlamentos estatales, se hicieron codiciosos y expertos en intercambiar ayuda económica por favores políticos.
El movimiento de J.P. consiguió organizar varias huelgas importantes, que acabaron en enfrentamientos con la policía. La protesta degenero en una revuelta general cuando salió a relucir que un líder del Partido del Congreso había permitido una subida del precio del aceite de cocina a cambio de una importante donación de los productores. Fue la chispa que hizo estallar la furia popular. Hubo pillaje de viviendas y tiendas, incendio de autobuses y destrucción de bienes del gobierno. Rajiv estuvo varios días sin volver a casa porque su avión no había podido despegar al cerrarse los aeropuertos. Indira, incapaz de controlar todas las chapuzas y los tejemanejes de los miembros de su partido, se sintió amenazada. Su miedo se sumaba a la paranoia que sentía desde el año anterior, cuando tuvo lugar el golpe, apoyado por la CIA, que derrocó en Chile al presidente democráticamente elegido Salvador Allende, otro socialista. Conocía bien a los que lo habían orquestado, y temía que intentasen aprovecharse de la situación caótica de la India para intentar lo mismo con ella. Sobre todo, porque Nixon acababa de ser reelegido, y Kissinger estaba de nuevo a su lado.
¿Qué hacer? No se planteaba dimitir, por lo menos sin luchar. Achacaba los disturbios a la pérfida manipulación de la oposición, empeñada en expulsarla del poder, y a una oscura conjura internacional. Le costaba creer que el pueblo estuviese perdiendo su fe en ella. Pero no podía dejar por más tiempo que la anarquía se extendiese como una mancha de aceite, nunca mejor dicho. Así que se armo de coraje para enfrentarse al mayor desafío de su carrera, una huelga nacional de ferrocarriles que amenazaba con paralizar el país. Ganar ese pulso era decisivo para ella y para la India. Se enfrentaba a millón y medio de trabajadores ferroviarios que exigían, entre otras reivindicaciones, horarios de trabajo de ocho horas y un aumento de sueldo del 75 por ciento, concesión ésta que era imposible otorgar. «En un país donde hay millones de desempleados y muchos millones más con empleos precarios -explicó con audacia en una conferencia sindical-, lo que se necesita es una justa distribución de oportunidades. En este sentido los trabajadores deberían reconocer que en nuestro país ser empleado es en sí mismo un privilegio.» Palabras que inflamaron aún más los ánimos, de modo que la huelga fue convocada. Un millón de ferroviarios la secundaron. De pronto subieron el listón de sus exigencias: «Lo que queremos es cambiar la historia de la India y derrocar el gobierno de Indira Gandhi.»
Como siempre en estos conflictos, estaba en juego la vida de los más pobres. La paralización de los trenes, al alterar el transporte de mercancías, era susceptible de provocar hambrunas, algo que Indira no estaba dispuesta a consentir. Así que aplicó una reciente ley (MISA, Maintenance of Security Act) que permitía realizar detenciones preventivas. Un despliegue nunca visto de policías invadió las railway colonies, los antiguos barrios creados por los ingleses para alojar a los ferroviarios y que se encontraban cerca de las estaciones de tren. «Parecía un país ocupado», diría un líder sindical que no salía de su asombro. Al alba, la policía entraba en las viviendas de los ferroviarios y detenían a todo el que se negaba a ir a trabajar. Algunas familias fueron expulsadas de sus casas -eran propiedad del gobierno- y obligadas a vivir a la intemperie. Los arrestos eran a veces violentos -hubo un caso en que la policía prendió fuego a la casucha de un ferroviario- y algunos huelguistas acabaron heridos. En total, sesenta mil trabajadores fueron arrestados. Indira actuaba como un general en el fragor de la batalla. Mandó al ejército y a la marina a proteger las instalaciones ferroviarias contra eventuales sabotajes. Los militares hicieron funcionar las señalizaciones y las telecomunicaciones, y manejaron los trenes bajo la protección de guardias armados. Estaba convencida de que si aplastaba esta huelga, no habría otra en cincuenta años.
Indira estaba muy lúcida, con pleno dominio de sus facultades, como era habitual en momentos de alta tensión. Confiaba en sí misma. Procuraba hacer varias cosas al mismo tiempo, era su receta infalible para relajarse y encontrar soluciones a problemas difíciles. Una tarde, mientras atendía una rueda de prensa en el jardín de su casa y veía a su nieto Rahul entretenido en el césped jugando a la guerra con armas de plástico, se le ocurrió una idea. Pensó que había llegado el momento de dar la autorización que los científicos llevaban esperando desde hacía años para detonar una bomba nuclear. Había sido precisamente la decisión de Nixon de mandar un portaaviones nuclear a la bahía de Bengala lo que había provocado la aceleración del programa atómico indio. No era precisamente una idea de abuelita, pero sí la de una brillante estratega. La mantuvo en secreto hasta el momento de la explosión, que tuvo lugar en Pokhran, en el desierto de Rajastán, próximo a la frontera con Pakistán, unos días más tarde.
Tal y como había previsto, la noticia provocó el entusiasmo de ciertas capas de la población que la vivieron con auténtico fervor patriótico. Los diputados que se levantaron en la gran sala del Parlamento para felicitarse los unos a los otros parecían haber olvidado los acuciantes problemas económicos y la huelga de trenes. Indira había conseguido su propósito, que era desviar la atención del país. La India, superpoblada y casi paralizada, cuya renta per cápita la situaba en el puesto 102.0 del ranking mundial, se convertía, en gran parte por necesidades de política interna, en la sexta potencia nuclear mundial. Las críticas arreciaron en el extranjero. Indira se defendió: «… India no acepta el principio del apartheid en ningún ámbito, y la tecnología no es ninguna excepción.»
Tardó veintidós días en aplastar la huelga con mano de hierro. A pesar de que la prensa condenó la brutalidad de la represión, la clase media, la gente que siempre había apreciado la puntualidad de los trenes, alabó la firmeza de la primera ministra. Las cámaras de comercio también, aunque eso no significaba muchos votos. Para Indira, fue una victoria agridulce. Mientras que la de Bangladesh la había elevado a la categoría de diosa, ésta dejaba un amargo sabor de boca. La primera ministra había demostrado que podía ser dura y hasta despiadada. Su manera de reprimir la huelga dejó una estela profunda de miedo en amplios sectores de la sociedad. El efecto contraproducente de tanta severidad fue que la oposición se unió aún más contra ella. Hasta los observadores políticos más afines tuvieron que admitir que su popularidad caía en picado. En las elecciones previstas para 1976, una derrota del Congress aparecía ahora como una posibilidad real.