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El 12 de junio de 1975 amaneció con gruesos nubarrones negros en el cielo, que anunciaban las ansiadas lluvias, o quizás predecían tiempos aciagos. El calor, a esas horas de la mañana, ya era intenso, pero Indira siguió con su rutina diaria de hacer veinte minutos de ejercicios de yoga en su habitación. El llanto de su nieta Priyanka le provocó la tentación de interrumpir el ejercicio, pero como en seguida remitió, pensó que Sonia se había levantado ya y estaba ocupándose de la pequeña. Luego se duchó y se vistió en cinco minutos «algo que pocos hombres pueden hacer», le gustaba presumir. En su mesilla de noche los libros se amontonaban. Con jornadas que duraban dieciséis horas, no tenía tiempo de nada, ni de estar con la familia ni de recibir a amigos, ni por supuesto de leer, y lo echaba de menos.

Estaba desayunando en su habitación frente a una bandeja con té, fruta y tostadas cuando su secretario R. K. Dhawan, ese que se mostraba tan solícito con Sanjay, llamó a la puerta. Traía una mala noticia. D. P. Dhar, viejo amigo y consejero de Indira, el hombre que había enviado a Moscú cuando la crisis de Bangladesh para asegurarse el apoyo de los soviéticos y que desde entonces oficiaba de embajador en la URSS, había muerto minutos antes de ser operado para instalarle un marcapasos. Otro pilar de confianza y amistad desaparecía de su vida. Indira fue rápidamente al hospital a consolar a la familia y a ayudar en la organización de los ritos funerarios.

Volvió a casa hacia mediodía, donde le esperaba otra mala noticia. Su secretario le comunicó que en las elecciones de la víspera en el estado de Gujarat, el Frente Janata, una coalición de cinco partidos que incluía a los simpatizantes de J. P. Narayan, el idealista que quería derrocarla, habían vencido al Congress. No le sorprendió demasiado. Lo malo era que esos resultados auguraban derrotas en otros estados. ¿Era quizás el principio del fin?, se preguntaba. ¿No seguían todas las empresas humanas el mismo modelo de evolución que el de la naturaleza, es decir una fase de crecimiento, otra de desarrollo, y un final? Había intentado hacer las paces con J. P., pero su idea utópica de establecer un gobierno sin partidos era inaceptable porque significaba la muerte del funcionamiento democrático. Así se lo había expresado, pero J. P. era un revolucionario que seguía creyendo en grandes ideas abstractas. No cejaba en su empeño ni se mostraba flexible en sus demandas.

– ¿Estarás de acuerdo conmigo en que el gobierno de Bihar es muy corrupto? -le preguntó J.P. con su voz temblorosa.

– Sí, eso lo sabemos todos -replicó Indira.

– Pues insisto en que tienes que destituirlo y convocar nuevas elecciones.

– No puedo hacer eso, J.P. Es un gobierno elegido democráticamente y carezco de autoridad para destituirlo.

No hubo reconciliación, al contrario. Indira acabó acusándolo de contar con el apoyo de la CIA y Estados Unidos para derrocarla, y él le reprochó querer hacer de la India un satélite soviético.

Sin embargo, al terminar la reunión, J.P. pidió verla a solas, sin sus consejeros. Pasaron al salón y allí, ante la sorpresa de Indira, el hombre tuvo un gesto de amabilidad personal, a pesar de lo enconado de su enfrentamiento político. Le entregó una vieja carpeta que había pertenecido a su esposa y que contenía cartas que la madre de Indira, Kamala, le había escrito cincuenta años antes en el fragor de la lucha por la independencia.

– Las tenía guardadas desde que murió mi mujer -le dijo J. P.- con la esperanza de dártelas cuando tuviera la oportunidad de verte.

A Indira le conmovió el gesto de ese hombre que sin embargo estaba empeñado en destruirla. Qué rara es la política -debió pensar- que permite el odio y el afecto al mismo tiempo y en la misma persona. Sintió un pellizco en el corazón cuando leyó esas cartas, que resucitaban a su madre, tan frágil, tan enferma siempre, y que ahora revelaban su infelicidad por sentir el desprecio de las hermanas de Nehru que la encontraban demasiado tradicional y religiosa. Le dio las gracias a J.P. de todo corazón, aun a sabiendas de que éste cumpliría su amenaza de intensificar su cruzada contra ella.

La tercera mala noticia del día llegó a las tres de tarde. Rajiv, vestido con su uniforme de piloto, irrumpió en el dormitorio de Indira. Al volver del aeropuerto, se había cruzado con uno de los secretarios de su madre que le había puesto al corriente de una noticia que acababa de llegar por el teletipo.

– Ha salido el veredicto del Juez de Allahabad… -dijo Rajiv.

– ¿Y…? -preguntó Indira, girando un poco la cabeza, como si esperase el golpe que iba a recibir.

Rajiv le leyó el texto de la sentencia que le había entregado el secretario. Decía que la primera ministra había sido declarada culpable de negligencia en los procedimientos electorales del sufragio de 1971. En consecuencia, el resultado de esas elecciones quedaba invalidado. El tribunal daba veinte días al Congress para tomar las medidas necesarias de cara a que el Gobierno siguiese funcionando. Además, se le prohibía asumir un cargo público en los siguientes seis años.

Indira suspiró y se mantuvo serena. Miró al jardín. Sus nietos jugaban en la hierba. Todo parecía tan normal y tranquilo, excepto por los nubarrones que seguían amenazando con descargar lluvia. Qué curiosa era la vida, debió pensar. El mayor mazazo de su carrera se lo daban en su ciudad natal, en los mismos tribunales donde su abuelo Motilal Nehru hizo sus más brillantes alegatos. Se volvió hacia su hijo:

– Creo que no queda otra solución que la de dimitir. Ha llegado el momento -dijo sin el menor atisbo de emoción.

Esperaba una sentencia condenatoria, pero no tan desproporcionada. La oposición había utilizado una triquiñuela legal para acorralarla. La sentencia correspondía a la denuncia que un rival político llamado Raj Narain, que había perdido por cien mil votos de diferencia, había presentado cuatro años antes en el juzgado de Allahabad. Las acusaciones eran triviales y se referían al uso indebido de personal y transporte propiedad del gobierno durante la anterior campaña electoral. En privado, todo el mundo, incluido sus adversarios, reconocían que los cargos contra ella eran ridículos y que los jueces se habían excedido. Según el diario Times de Londres, era equivalente a «destituir un primer ministro por una multa de tráfico». Pero en la India de 1975, la gente se echó a la calle a celebrarlo.

Su amigo Siddharta Shankar Ray, jefe del gobierno de Bengala, llegó a casa poco tiempo después. Era un hombre de confianza, Íntegro, la vieja guardia de los amigos incondicionales. El partido estaba conmocionado, le dijo. Luego prosiguió:

– … Lo que la oposición no ha conseguido en las urnas, intenta manipularlo a través de una sentencia jurídica.

– Tengo que dimitir -soltó Indira, impasible.

El hombre tomó asiento. Miró a Indira: su rostro dejaba traslucir un cansancio infinito.

– No tomes esa decisión a la ligera. Vamos a pensarlo.

Indira alzó los hombros:

– ¿Hay otra solución?

– Siempre se puede apelar.

– Tardará meses… Sabemos cómo funciona la justicia.

La conversación fue interrumpida por la llegada de dos ministros, seguidos poco tiempo después por la del presidente del partido y varios colegas más. La casa se fue llenando de gente. Sonia les ofrecía dulces y bebidas. Con sus propios ojos, veía cómo unos estaban preocupados por perder el puesto, otros al contrario, excitados porque el sillón de Indira estaba al alcance. Los rumores, la incertidumbre y el calor hacían que el aire fuera irrespirable. Unos hablaban con Indira, intentando disuadirla de que presentase su dimisión; otros hacían corrillos, midiendo las fuerzas de distintos líderes que podrían reemplazarla. La todavía primera ministra escuchaba a todos, callada. «Creo que debería dimitir inmediatamente», repetía.