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Por la tarde, Sanjay llegó de la «fábrica». Se había enterado de la noticia por la radio. Entrando en casa, se encontró con su hermano:

– ¿Qué va a hacer? -le preguntó.

– Dimitir. No le queda otra.

– No -dijo Sanjay-, eso no puede ser.

En un segundo Sanjay vio su sueño de ser un gran empresario hecho añicos. Si su madre cedía ante sus enemigos, podía despedirse para siempre de Maruti Ltd. Entró en el salón abarrotado de gente y, sin apenas saludar a nadie como era costumbre suya, cogió a su madre del brazo y le pidió hablar a solas unos minutos. Se retiraron al estudio contiguo.

– Me ha dicho Rajiv que piensas dimitir.

– Lo estamos sopesando. No tengo muchas opciones.

– No debes hacerlo, mamá. Si cedes ahora y dimites por esos cargos tan nimios, cuando no tengas inmunidad parlamentaria conseguirán meterte en la cárcel por cualquier cosa que se inventen.

– Tengo la conciencia tranquila. Estamos pensando en cambiar los papeles. Que el presidente del partido asuma el cargo de primer ministro hasta que mi recurso sea tramitado en el Tribunal Supremo. Mientras, yo me encargaría de la presidencia del partido.

– ¡Eso es una locura, mamá! -dijo Sanjay, y el grito se oyó en el salón contiguo-. ¿Te crees que el presidente del partido, una vez esté en tu sillón, te lo devolverá después? Nunca lo hará. Parecen todos muy leales y muy amigos, pero sabes mejor que yo que sus sonrisas esconden sus ambiciones personales. Todos quieren tu sitio. Todos buscan el poder. No debes dimitir bajo ningún concepto.

Aceptar la derrota no era algo fácil para Indira. ¿Podía retirarse con el rabo entre las piernas por algo tan trivial, ella que había dedicado su vida a la política y que había ejercido de primera ministra durante casi una década? No se correspondía con su concepto de dignidad. ¿Podía dejar en la estacada a sus compañeros de partido, a todos los que dependían de ella? ¿Al país entero? ¿No decían que India es Indira e Indira es la India? ¿Iba a permitir que J.P. Narayan acabase con la democracia hundiendo el país en la anarquía? Es cierto, estaba cansada, a veces hasta deprimida por no encontrar soluciones a los males del país. Si sólo tuviera que escuchar su voz interior, esa que le pedía sosiego, quizás optaría por la dimisión. Por ella, lo haría. Pero no estaba sola. Pensó en Sanjay… ¿Qué sería de él, si ella perdía el puesto? Se lanzarían como sabuesos a devorarlo por haberse atrevido a ser emprendedor, o simplemente por ser quien era. ¿Qué sería del resto de la familia? El poder se revelaba como una defensa necesaria contra todos los enemigo s que ese mismo poder había creado al filo de los años. El poder protegía a la familia. Sin ese escudo, estaban en peligro.

Indira volvió al salón. «Estoy decidida a luchar para mantenerme en el cargo», le dijo a su abogado. Quedaron en que éste solicitaría a la Corte Suprema el aplazamiento de la sentencia hasta que el tribunal decidiese sobre su recurso. La maniobra permitiría ganar tiempo y mantenerse como primera ministra hasta conseguir reunir fuerzas y apoyos. Nada más anunciar su decisión, la tensión en casa se relajó. Para disimular su decepción, los que ya se habían atrevido a soñar con relevarla se fundieron en los más serviles elogios. Sonia estaba desconcertada. En el fondo, le hubiera gustado que su suegra dimitiese, porque echaba de menos una vida más sosegada.

18

En los días siguientes, Sanjay y su compinche el secretario Dhawan organizaron manifestaciones y marchas de apoyo a Indira. No tuvieron reparo en requisar los autobuses de la empresa municipal de transportes de Delhi para transportar a miles de manifestantes. Todo el aparato del partido se movilizó para que se oyese alto y fuerte la voz a favor de Indira. Llegaron a la capital trenes fletados especialmente para los mítines llenos de simpatizantes.

Ahora Sonia y Maneka no podían entrar y salir tan fácilmente de casa porque permanentemente había una multitud a las puertas reclamando la presencia de Indira, que salía una vez al día a saludarlos. Ni a Sonia ni a Rajiv les gustaba el cariz que tomaban los acontecimientos. Ella estaba asustada porque el coche que la llevó una mañana a Khan Market había recibido una pedrada. Sólo había causado un rasguño en la carrocería, pero había bastado para meterle el miedo en el cuerpo. Además, la convivencia con Maneka se le hada muy difícil. Y Sanjay parecía otro. Apenas le veía, pero cuando lo hacía ya no era tan cariñoso como antes. Se daba cuenta de que la presencia de Maneka estaba envenenando las relaciones entre los hermanos, y entre ella y Sanjay también.

– ¿Por qué no nos vamos a Italia una temporada -le pidió a su marido- hasta que las aguas vuelvan a su cauce?

A Rajiv le apetecía la idea, y reconocía que sería bueno para los niños. Pero se mostraba preocupado.

– ¿Cómo se lo decimos a mi madre? ¿Podemos abandonarla en un momento así?

Sonia se quedó ensimismada, sin respuesta. Por primera vez tenía miedo, por ella y por los niños. Nunca había estado el ambiente tan caldeado.

El 20 de junio de 1975, Sanjay tuvo la idea de que la familia entera asistiese a un mitin de solidaridad que había organizado en el Boat Club de Nueva Delhi.

– Es bueno que nos vean a todos juntos -había dicho.

– Prefiero que no decidas por nosotros -le espetó Rajiv.

– Es por mamá -le contestó su hermano.

Puestos en un compromiso, Rajiv y Sonia accedieron a regañadientes. Fue quizás el primer acto político de Sonia. Le impresionó encontrarse frente a una multitud de más de cien mil personas. Vestida con un sari color caqui, estaba junto a Rajiv, Maneka y Sanjay detrás de Indira. Desde allí, daba vértigo imaginar la desmesura de su país de adopción. Tanta gente, tantas creencias, tantas religiones… Cuando su suegra se giró hacia ellos, Sonia le sonrió. De pronto la veía en contacto con el pueblo del que siempre hablaba, ese contacto privilegiado que justificaba todos sus sinsabores y que ahora no era algo abstracto, sino bien real. Estaba allí, rendido a sus pies. Sonia pudo comprobar el enorme apoyo popular del que todavía disfrutaba Indira, que excedía en mucho la mera presencia de los simpatizantes pagados por Sanjay. Se le puso la piel de gallina cuando escuchó a su suegra decir a la muchedumbre que servir al país era la tradición de la familia Nehru-Gandhi, y que se comprometía a seguir sirviéndole hasta su último suspiro. Era la primera vez que Indira se mostraba flanqueada por su familia y el mitin fue un gran éxito. Sonia se dio cuenta de lo mucho que Indira necesitaba tener a la familia a su lado. No, no era momento de abandonarla.

Los seguidores de J. P. organizaron contramanifestaciones frente al palacio del presidente de la República y en varias ciudades del inmenso país. La periodista Oriana Fallaci fue la primera en enterarse de boca de un líder de la oposición que planeaban bloquear la entrada del número 1 de Safdarjung Road con hordas de gente para convertir a Indira en prisionera en su propia casa. «Acamparemos allí día y noche -dijo el líder-. La forzaremos a dimitir. Para siempre. La señora no sobrevivirá a nuestro movimiento.»

En la mañana del 25 de junio, Indira convocó a su despacho de casa a Siddarta Shankar Ray, el jefe de gobierno de Bengala, que se encontraba casualmente en Nueva Delhi, y que al hacerse pública la sentencia le había aconsejado no dimitir. La encontró muy tensa. Su mesa estaba cubierta de informes del Servicio de Inteligencia.

– No podemos permitirlo -le dijo Indira-. Tengo información de que J. P. Narayan, en un mitin esta misma noche, va a pedir a la policía y al ejército que se amotinen. Es posible que la CIA esté implicada. Sabes que estoy en los primeros puestos en la lista de personas odiadas por Richard Nixon… ¿Qué podemos hacer?

Ray era un experto en asuntos legales, con fama de honesto y de duro. Seguía pensando que Indira debía mantenerse en su puesto. Ella continuó describiendo cómo el país estaba sumido en el caos.