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– Hay que poder detener esta locura. Siento que la democracia india es como un niño y, de la misma manera que a veces hay que sacudir a un niño, pienso que hay que sacudir al país para despertarlo.

– ¿Estás pensando en el estado de excepción?

Indira asintió con la cabeza. En realidad, no buscaba consejo sobre qué decisión tomar, porque ya la había tomado el día anterior. Su hijo Sanjay se lo había mencionado, pero la idea no venía de él sino de su protector Bansi Lal, el regordete jefe de gobierno de Haryana que le había proporcionado los terrenos para erigir la fábrica. Según Bansi Lal y Sanjay, había por lo menos cincuenta políticos en el país que era necesario eliminar de la vida pública. El primero, por supuesto, era J. P. Narayan.

Declarar el estado de excepción era una huida hacia adelante…

Pero ¿qué opción le quedaba a Indira? Entre una salida deshonrosa y el estado de excepción, prefirió lo último.

– Quiero hacerlo todo de una manera impecable desde el punto de vista legal-precisó la primera ministra.

– Déjame estudiar el aspecto constitucional. Dame unas horas y te diré algo.

– Por favor, que sea rápido -le rogó ella.

Ray se fue y regresó a las tres de la tarde. Había pasado varias horas revisando el texto de la Constitución india, y de la norteamericana también.

– Bajo el artículo 352 de la Constitución -le dijo a Indira-, el gobierno puede imponer el estado de excepción si hay riesgo de agresión externa o de disturbios internos.

– ¿La llamada de J. P. Narayan a que el ejército y la policía se amotinen no es una amenaza interna suficientemente grave?

– Sí, lo es.

– Entonces, al hacerlo, han caído en su propia trampa.

– En efecto. Te han entregado en bandeja de plata la justificación que necesitas para suspender la actividad parlamentaria e imponer el estado de excepción.

Hubo un silencio. Los ojos de Indira brillaban en la oscuridad.

Faltaba un requisito, la firma del presidente de la República, pero éste era un aliado e Indira no dudaba de su lealtad.

– ¿Me acompañas al palacio del presidente? -le pidió a Ray.

– Vamos.

Con el documento de cuatro líneas que el presidente firmó esa misma noche en el espléndido salón Ashoka en el antiguo palacio del virrey, y que ratificaba la proclamación del estado de excepción, la mayor democracia del mundo se convertía en una dictadura virtual. El gobierno de la India estaba ahora autorizado a arrestar a gente sin orden previa, a suspender los derechos civiles y las libertades, a limitar el derecho de interferencia de los tribunales ya imponer la censura.

Rajiv llevaba dos días fuera de casa, volando, y en una de las escalas de su ruta, se llevó una gran sorpresa al enterarse por la prensa de que la víspera su madre había declarado el estado de excepción. Nadie le había dicho nada. La medida chocaba con su carácter pacífico y, aunque no era un hombre político, le parecía que iba contra los principios democráticos de la tradición familiar. Sobre todo, lo que le preocupaba era que su madre había claudicado ante su hermano. Conocía el ascendente que Sanjay tenía sobre su madre. Por alguna oscura razón, su madre era incapaz de resistir el chantaje emocional al que su hermano la tenía sometida. Y nadie mejor que él conocía a Sanjay, sus puntos fuertes, sus limitaciones y el peligro que podía representar. Por eso estaba entre turbado y alarmado, y la idea de Sonia de ir a Italia una temporada volvió a rondarle por la cabeza.

– No sé qué es lo que deberíamos hacer -le dijo Sonia-. Me preocupa mucho el comportamiento de tu hermano. Está cada vez más metido en política.

Le contó que Maneka estaba en Cachemira, donde la había enviado Sanjay por indicación de Indira, ya que temía que la chica, tan locuaz, pudiese revelar sus intenciones respecto a la declaración del estado de excepción, que mantuvieron en un secreto total hasta su promulgación. Le siguió contando que la víspera Sanjay había estado reunido en el despacho de Indira hasta muy tarde con el secretario Dhawan y con el segundo del ministro del Interior.

– ¿Sabes qué hacían? Se estaban poniendo en contacto con jefes de gobierno locales y les mandaban órdenes de detención. Tenían una lista negra de «enemigos». Lo peor no es eso, lo peor es que lo hacían en nombre de tu madre.

– Sé que detuvieron a J. P. Narayan de madrugada, me enteré en el aeropuerto -dijo Rajiv, suspirando-. Una patrulla de la policía se lo llevó esposado al calabozo. Parece ser que Narayan no podía creérselo; le parecía inconcebible que mamá hubiera tomado una medida tan drástica.

Sonia le siguió contando que a las tres de la madrugada, Siddharta Shankar Ray, después de haber ayudado a Indira a terminar el borrador del discurso que iba a anunciar el estado de excepción a la población, se disponía a marcharse cuando se cruzó en el pasillo con el secretario Dhawan, que le dijo: «Ya están tomadas las medidas para cortar el suministro eléctrico a los principales periódicos del país y para cerrar los tribunales.»

– Ray se quedó de piedra -prosiguió Sonia-, y se puso furioso. Pidió que despertasen a tu madre, que estaba agotada después de un día tan largo. En ese momento, salió Sanjay, que empezó a discutir con Ray. ¿Sabes lo que le dijo? Le dijo: ¡Vosotros no sabéis llevar un país!

– ¡Como si él supiera! -dijo Rajiv alzando la vista al cielo.

– El caso es que no se marchó hasta que apareció tu madre, que estaba asombrada porque ella no sabía nada de esas órdenes de detención. Las había dado tu hermano. Le pidió que le esperase unos minutos, y se fue a hablar con Sanjay.

– Lo que Sanjay busca con esas medidas es protegerse a sí mismo y a su negocio, haciendo ver que también protege a mamá de las acciones legales emprendidas contra ella.

– Tu madre puede tener tentaciones autoritarias, pero tiene principios. Cuando salió de la habitación en la que se había encerrado con Sanjay, tenía los ojos rojos de haber llorado. Le dijo a Ray que los periódicos tendrían electricidad y no se cerraría ningún tribunal.

– Pero es mentira -dijo Rajiv-. Hoy no hay periódicos en la calle porque les han cortado la luz. De nuevo, Sanjay se ha salido con la suya.

Hubiera sido un gran éxito de Indira si el estado excepción hubiera durado poco tiempo, y sobre todo si Sanjay no hubiera crecido como un poder en la sombra. El primer día, cuando el ministro de Información, I. K. Gujral, un hombre respetado, culto y suave en sus modales, llegó al despacho de Akbar Road, Sanjay le ordenó que todos los boletines de noticias le fuesen sometidos antes de su difusión. Usha, sentada en su despacho, fue testigo de la escena.

– Eso no es posible -le dijo el hombre-, los boletines son confidenciales.

– Pues de ahora en adelante, tendrá que ser posible.

Indira estaba en el quicio de la puerta y escuchó la conversación:

– ¿Qué ocurre? -preguntó.

El ministro repitió su explicación.

– Entiendo -le dijo Indira-, si no quieres dárselos a Sanjay, te sugiero que un empleado de tu ministerio me los traiga a mí todas las mañanas para que los pueda ver.

El ministro se marchó con la firme intención de presentar su dimisión, pero fue convocado de nuevo por la tarde a lo que ya llamaban «el palacio», que no era sino la residencia de Indira Gandhi. Sanjay le pidió que expulsase del país al corresponsal de la BBC, un periodista muy conocido y muy querido llamado Mark Tully, por haber enviado una crónica que «distorsionaba» los hechos.

– No es tarea del ministro de Información arrestar a corresponsales extranjeros -le contestó Gujral.

Cuando acto seguido Sanjay le reprochó que el discurso de su madre no había sido difundido en su integridad por la televisión, el ministro perdió la paciencia:

– Si quieres hablar conmigo, tendrás que aprender a hacerlo con cortesía -le dijo-. Eres más joven que mi hijo y a ti no te debo explicaciones.